Brockmann: «Busco establecer, con solidez, que no fue golpe»

El nuevo libro de Brockmann reconstruye los hechos que derivaron en la caída de Morales. “El actor más importante fue el/la manifestante pitita en la calle”, sostiene.
domingo, 27 de septiembre de 2020 · 00:04

Liliana Carrillo V.  / La Paz

El reto autoimpuesto por Robert Brockmann fue reconstruir, paso a paso, los hechos que derivaron en  la caída de Evo Morales después de 14 años en el poder. No poca cosa, pues en  el periodo comprendido entre el 23 de octubre y el 12 de noviembre de 2019  hubo una vorágine de sucesos que marcaron la historia de Bolivia. El resultado es el libro de crónica  21 días de resistencia – la caída de Evo Morales.   

  “No pretendo ser neutral, pretendo ser veraz”, declara de principio el periodista e historiador haciendo suyas las palabras de  la periodista de CNN Christiane Amanpour. Con la cancha trazada, Brockmann lleva adelante una crónica de largo aliento, minuciosa y documentada,  que incluye historias de protagonistas públicos y también anónimos; pormenores de las negociaciones,  cronologías e insospechadas revelaciones. Esta la charla con el autor.

Sobre la caída de Evo Morales han corrido ríos de tinta, ¿cuál es su objetivo al presentar esta nueva crónica sobre los 21 días?  ¿Qué implica tomar abierta  posición para un periodista historiador?

Es cierto que se ha escrito mucho sobre los eventos que condujeron a la caída de Evo Morales. Por ejemplo, está esa recopilación de 34 crónicas que es La revolución de las pititas, publicada por Página Siete; está el libro de Roberto Navia y Marcelo Suárez, Nadie se rinde, que es como yo quería titular este libro originalmente; está 21 días con fe, que es la recopilación verbatim de los discursos y declaraciones de Luis Fernando Camacho durante esas semanas. Hay otros y hay, además, un hermoso esfuerzo de Alejandro Canedo por recopilar testimonios en Facebook, titulado El libro de las pititas, entre otros. Y a la vez, también es cierto que esto es apenas la punta del ovillo, porque habrá sin duda muchos más libros, al tratarse de un evento cataclísmico en la historia contemporánea de Bolivia. La caída de un presidente tan poderoso como fue Evo Morales será objeto de estudio durante décadas. 

Lo que ambiciono con 21 días de resistencia – la caída de Evo Morales es mostrar con tanto detalle como sea posible la secuencia de hechos, las causalidades, qué cosa llevó a qué. Sobre todo, busco establecer, con solidez, que esto no fue un golpe de Estado, que la caída de Evo Morales fue causada por su propio abuso del poder, que quien lo derrocó, si esa fuera la palabra, fue un levantamiento popular ciudadano a lo largo y ancho del país. Hace pocos días los candidatos presidenciales se disputaban quién de ellos había sido el que había provocado la caída de Evo Morales. Y la respuesta exacta es todos y ninguno. El actor más importante fue el/la manifestante pitita en la calle. Sin Mesa, sin Camacho, sin Tuto, sin Villegas, sin Ximena Galarza, sin Amalia Pando, sin Albarracín, sin Fernando del Rincón, si hubiera faltado uno solo de ellos, no hubiera sido posible recuperar la democracia. 

En cuanto a mi toma de posición, no me hubiera sido posible ser neutral. Imposible hacer la vista gorda de todos los esfuerzos el gobierno del MAS para pasar por encima de la voluntad de los 2,7 millones de electores que votaron por el NO el 21-F. Imposible ignorar tanto abuso y su intento descarado por prorrogarse indefinidamente en el poder. Si la democracia no tiene alternancia y si no hay separación de poderes, no es democracia, por muchas elecciones que te ofrezcan. Pero sí puedo ser veraz: puedo mostrar las cosas tal como ocurrieron, sin inventarme ni omitir cosas. 

Los 21 días se convirtieron en “una jornada interminable” como dice. ¿Cuáles son los riesgos de abordar un episodio histórico tan cercano?

Mientras escribía, sentí con creces la sensación que nos invadió a todos durante los 21 días: sucedían tantas cosas a la vez, y tan seguidas, que los días no formaban una cadena hecha de eslabones, sino que el tiempo se asemejaba a una manguera por la que fluían los hechos sin interrupción. La medianoche no dividía los días: los hechos continuaban fluyendo y eso hacía que perdieras la noción del tiempo. Como dice un buen amigo, no podías levantarte para ir a hacer pis, que cuando regresabas la situación había cambiado. Y todo terminó de manera tan favorable como sorpresiva. Mira los peores escenarios alternativos posibles: en Venezuela, con movilizaciones masivas, miseria, escasez y muchos muertos, el régimen de Maduro no se mueve. O Hafez al-Assad: con su país completamente destruido y millones de muertos y refugiados, y el tipo no suelta el poder en Siria. Eso pudo habernos sucedido. 

Pero no veo riesgos en abordar un hecho tan cercano, porque este no es un libro de historia, sino de crónica periodística. En su momento será, como dice Ignacio Vera en su reseña, un insumo importante para la historiografía. 

 Los días previos a la caída de Evo hubo una escalada de violencia. ¿Cuáles fueron los mayores excesos de ambos lados?

No me cabe la menor duda de que, producidas las primeras protestas la noche del 20 de octubre,  el grueso de la violencia vino primero, y en mucho mayor medida e intensidad, por parte del gobierno y de sus movimientos sociales clientelares. Del lado de las pititas hubo excesos en Cochabamba y en Vinto, con el tema de la alcaldesa de esa localidad. Pero la Resistencia Juvenil Cochala no hubiera existido si no hubiera habido años previos de abuso y asedio cocalero a la ciudad de Cochabamba. Recordemos a Christian Urresti. 

Durante los 21 días, los tres muertos y los heridos más graves fueron de la oposición. Tres muertos inmediatos, uno en Huayculi, Limbert Guzmán, y dos en Montero (Marcelo Terrazas y Mario Salvatierra), y un cuarto —don Julio Llanos— que murió un mes después a consecuencia de las lesiones recibidas en octubre. Y hubo heridos graves: individuos jóvenes atacados con una brutalidad que produce náusea por grupos de agresores, sobre todo en Cochabamba. Así murió Guzmán. Peor aun, los agresores, usualmente escondidos en el anonimato masivo de los movimientos sociales, contaban con el aval, el amparo y el apoyo económico y logístico del gobierno. En el escalofriante ataque a las caravanas del sur fue un milagro que no hubiera más muertos de la resistencia. La violencia de esas emboscadas no debe ser olvidada, aunque sucedieron ya sobre el filo de la renuncia de Morales. Sobre ello, ni sobre la quema de la casa de Albarracín ni de la periodista Casimira Lema  los organismos internacionales de Derechos Humanos no han abierto la boca.

Hay en su libro un explícito reconocimiento a los jóvenes “pititas”. Tras los hechos posteriores ¿hay decepción en ellos, porque no tomaron el espacio político que legítimamente les corresponde?

Este es un hecho político natural. La gente que salió a las calles a resistir, sobre todo jóvenes y mujeres, las “armas de casa”, como les dice Amalia Pando, no es gente política. Los manifestantes cumplieron su rol y se fueron a sus casas. Luego, entraron en escena los políticos e hicieron lo suyo. Siempre es así, en todas partes. No digo que esté bien. Simplemente es así. Camacho es un buen ejemplo: un protagonista pitita que se tradujo muy mal a la política. Y por supuesto, entre la gente que estuvo en las calles, el desencanto es grande. Los que se movilizaron, fueron golpeados y respiraron los gases y lograron la caída no están gobernando ni tienen voz, pero tienen voto. Salieron a las calles con absoluta espontaneidad y honestidad, pero su objetivo no era la toma del poder. Era la recuperación de la democracia. Y doña democracia es una dama ingrata y muy imperfecta, pero es una dama con la que queremos vivir.

El festejo  tras la renuncia de Morales, el 10 de noviembre.
Fotos: 21 días de resistencia-la caída de Evo Morales

Hay posiciones radicales sobre el papel que asumieron policías y militares durante los 21 días. A  la luz de la investigación, ¿cómo evalúa las acciones de ambas instituciones?

No se entendería lo sucedido con policías y militares si no se recuerda lo sucedido en octubre de 2003. En ese año el gobierno de Goni les ordenó restablecer el orden a cualquier precio. Ese precio fueron 63 muertos y varios generales purgando hoy largas penas de cárcel. Los pititas fueron largamente un movimiento pacífico, pero no pasivo. Fueron una resistencia activa que resultó muy golpeada. Y tenían además la legitimidad y la convicción democrática de su parte. En la lucha que se desencadenó entre el gobierno y la resistencia, unos defendían el poder y los otros la democracia. A la luz de 2003 y de los acontecimientos de los 21 días, policías y militares se dieron cuenta de ello. A la corta o a la larga, si continuaban reprimiendo, jefes policiales y militares iban a terminar ante las cortes de justicia. Tuvieron que elegir entre la lealtad a una persona y lealtad a la Constitución y las leyes. Eligieron bien. 

¿Realmente no había plan B en el MAS? ¿Por qué se dispersaron sus militantes el 6 de octubre para volver violentamente  tras la renuncia de Morales?

Morales admitió que no tenían un plan B (en caso de perder las elecciones). No concibieron que Mesa estaría a menos de 10 puntos de distancia. Se confiaron en su largo historial de salirse con la suya a como dé lugar y que la gente se resignaría otra vez, como sucedió tantas veces durante su gobierno. Entraron en pánico, apagaron el TREP y eso fue el principio del fin. Gente del MAS con la que conversé me dijo que Morales no quería muertos —un mérito— y que cuando murieron Terrazas y Salvatierra en Montero replegó a su gente la primera vez, y cuando murió Limbert Guzmán replegó a su gente la segunda vez. El regreso de este último repliegue fueron los desmanes ocurridos ya después de su renuncia, demasiado tarde. Sin esos repliegues Morales probablemente seguiría siendo presidente, pues sus huestes eran más numerosas y estaban mucho más dispuestas a ejercer violencia extrema.

Entre las  revelaciones del libro figuran los entretelones de las negociaciones posteriores a la renuncia de Evo Morales. ¿Cómo llegaron a ser protagonistas de ellas Tuto Quiroga y Luis Vásquez?

Tuto Quiroga no apareció de la nada. Fue y es un protagonista de la escena internacional latinoamericana antichavista con excelentes conexiones en los más altos niveles políticos. A pesar de que su presidencia fue breve e interina, es un conocedor de los hilos y los pasillos del poder, nacional y regional. 

Cuando renunció Morales y con él toda la cadena de mando, causando el intencional vacío institucional, Tuto, y Luis Vásquez, tenían un mapa mental clarísmo que evitaba ese vacío. Vásquez es otro viejo habitante y conocedor de esos pasillos. Como guías, ellos condujeron a los herederos aparentes por el laberinto legal que lleva a la silla presidencial.

¿Cómo evalúa el rol que  desempañaron en los hechos   -y la manera en que lo hicieron- Luis Fernando Camacho, Williams Kaliman y Adriana Salvatierra?

Camacho pasó de un total anonimato fuera de las fronteras de Santa Cruz el 20 de octubre, a ser el principal catalizador y protagonista de la renuncia de Morales. Sus plazos, en apariencia absurdos, crearon una presión insoportable sobre el gobierno. Sin él, el desenlace no hubiera ocurrido a los 21 días, sino quizás mucho más tarde. 

Kaliman porta una figura casi trágica: atrapado entre su lealtad al Jefazo y los hechos consumados, se vio obligado y presionado por sus camaradas a reconocer la realidad. Su concesión —sugerir la renuncia del Presidente— era la última barrera que permitió el buen desenlace, pero además aceptó a la fuerza salir a apoyar a la Policía a restablecer el orden. Tristemente, su figura ha quedado sentada sobre la muralla que divide a los buenos de los malos y no será raro que termine en un tribunal, acusado por unos o por otros, o por ambos. 

Adriana Salvatierra, por su juventud e inexperiencia, no estuvo a la altura. Muy ideologizada y todas esas cosas, pero le aterraba la idea de heredar el poder y sintió indecible alivio cuando se enteró que Carlos Mesa dijo que las masas movilizadas no aceptarían su sucesión, y más cuando Morales o Linera le pidieron renunciar para crear el vacío de poder. No hubiera podido liderar un gobierno rechazado por la inmensa mayoría de los bolivianos. 

La gente  se volcó a las calles después de  los  21 días de resistencia.

 ¿Preve polémica de parte de quienes defienden que hubo golpe de Estado?

Nunca será posible disuadir a los que creen que fue golpe de Estado, porque es gente ideologizada que cree en ese dogma por cuestión de fe. La fe es querer creer en algo. Es haber decidido, en lo profundo de tu conciencia, querer creer en algo. Y ellos ya tomaron su decisión. 

Pero en el libro se ve a las claras que fue un alzamiento popular contra el intento del MAS de secuestrar definitivamente la democracia. Si hubiera sido un golpe de Estado, se hubiera cerrado el parlamento con mayoría masista, o alguno de los protagonistas del levantamiento hubiera tomado el poder. Pero está en el poder la señora Añez, una figura que se mantuvo en los márgenes del alzamiento. Por supuesto que descreerán del libro, intentarán negar los hechos y los desacreditarán y seguramente recibiré ataques personales de esa gente, que es profesional en eso. 

Llegó la pandemia, vienen las elecciones bajo la larga sombra de los conflictos del 2019, ¿cómo ve el futuro de Bolivia? 

Como la frase que cierra el libro La dramática insurgencia de Bolivia, de Charles Arnade: “El sábado 6 de agosto de 1825 Bolivia comenzó su vida como una nación independiente; estaba en el umbral de una terrible y espantosa historia”.

El libro  21 días de resistencia – la caída de Evo Morales estará a la venta desde mañana lunes en librerías (ediciones en tapa dura y tapa blanda a Bs 250 y Bs 130, respectivamente) y en puestos de periódicos (versión popular a Bs 55). También estará disponible en los links: www.21diasderesistencia.comwww.librosdebolivia.com  
 
Obra publicada

  • Libros  El historiador y periodista Robert  Brockmann es autor de   “El general y sus presidentes: Vida y tiempos de Hans Kundt, Ernst Röhm y siete presidentes en la historia de Bolivia” (2007);  “Tan lejos del mar: Bolivia entre Chile, Perú y Paraguay en la década extraviada 1919- 1929. (2012)” y “Dos disparos al amanecer: Vida y muerte de Germán Busch” (2017)

 

 


   

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