Luciel Izumi, hija de Donato Espinoza, lleva contra viento y marea el charango al rock, jazz y reguetón

Toca desde los 11 años y su camino no es fácil. La juzgan por "profanar" el folclore, pero llegó a escenarios internacionales y apoya a músicos de la calle con discapacidad, toca con ellos.
domingo, 24 de octubre de 2021 · 05:00

Ivone Juárez / La Paz 

Luciel Izumi tiene 25 años y desde los 11 está sobre escenarios musicales nacionales e internacionales. Estuvo en China, Estados Unidos, México, Argentina y Chile, con su tierno y dulce charango en brazos -como ella dice-, sacándole todo los sentimientos que la conmueven. Pero sus melodías no sólo son las que conocemos los bolivianos, sino que llevó a su instrumento a probar géneros universales, como el jazz,  interpretando al genio del jazz Chick Orea, o piezas de rock, pop,  boleros y reguetón,  ¿el resultado? los aplausos interminables. 

En Bolivia hizo oír su charango con Octavia, El Papirri y recientemente con Bonnie Lovy, en La cumbia boliviana. Pero eso le costó críticas y censuras porque para algunos comete una especie de sacrilegio al no dedicar su virtuosidad a la  música folklórica, y peor al subirse a un escenario vestida de luces, sin llevar el poncho o el aguayo tradicional. A esto se suma que es mujer y  joven. Pero eso no detuvo a Luciel, ni la detiene;  está convencida que con lo que hace el charango es más conocido.

“Cuando tocamos rock, mucha gente de 20 años escucha el charango; cuando tocamos electrónica o reguetón,  muchos de 15 o 17 años escuchan el charango; esa es la finalidad”, afirma la joven.

Y como una respuesta a la marginación  que recibió de algunos sectores, Luciel comenzó una especie de cruzada en las calles de Cochabamba, donde con su charango se suma a  cantantes callejeros con algún tipo de discapacidad y toca con ellos, como en los grandes escenarios.

“Me critican  y puede ser que mi carrera se pierda un poco buscando la inclusión que persigo, pero no importa, porque es maravilloso hacer algo por los demás desde donde se está; no sirve de nada estar en un escenario de oro si no se deja una huella”, expresa.

Luciel Izumi es hija de Liliana Núñez y de Donato Espinoza, pero supo recién a sus 15 años que uno de los más grandes charanguistas de Bolivia era  su padre;  para entonces ella ya volaba abrazada a su charango. “Mi hermano Hugo es el responsable de esta avería, él me compró mi primer charango”, señala entre risas.

Donato está en su sangre, su hermano puso el charango en sus manos, pero del resto de éxitos y reconocimientos se encargó ella; respondiendo a la discriminación con las notas de su charango que acompañan sus sentimientos y emociones de una joven música boliviana que quiere el mundo.

Esta es la conversación con Luciel Izumi Espinoza desde Cochabamba, donde vive desde sus seis años; ella nació en La Paz.

¿A qué estás dedicada?

Soy ingeniero comercial pero me dedicó enteramente a la música. Durante la pandemia abrí mi escuelita virtual para enseñar a niños a tocar el charango. Tengo alumnos en Australia y  Estados Unidos, en Francia y Canadá. Al mismo tiempo colaboro con músicos con discapacidad que están en la calle.

Luciel Izumi  en Estados Unidos, donde se presentó  con su charango.

¿Tocas en las calles?

Sí, aunque a  algunas personas les asombra, porque estuve en escenarios muy grandes, en Viña del Mar, China, Estados Unidos, y México  como solista. Me preguntan por qué lo hago y sin llevarme un peso; les respondo que es una forma de compartir la música con personas que la gente tal vez olvida en su diario vivir.

¿De dónde sale esa decisión?

Me encanta ser parte de esta movida de dar visibilidad al charango, que sea tendencia. Hace unos años pocos hablaban del charango, pocos lo ponían en el jazz, rock, pop u otros géneros, mucho menos si una chica algo joven lo tocaba. Fue muy complicado entrar al mundo musical y me costó mucho, como ser excluida de festivales folklóricos y de otros círculos destinados a los varones. Como no canto, sólo hago música instrumental, fue más complicado y lo sigue siendo.

Sé de primera mano lo que es la exclusión, que no te dejen; por eso trato de abrir espacios junto al mío a otros músicos.

¿Qué fue lo que más te costó?

Por el hecho de tener un proyecto netamente instrumental, manejar un vestuario que no tiene que ver con aguayos, por mostrar un performance diferente, con ropa con brillos, de mujeres jazzistas, con un repertorio de jazz, de boleros, dejando de lado un poco el folklore, me decían que yo no pertenecía. Me hacían a un lado y lo siguen haciendo, pero lo bueno es que al tocar otros géneros se llega a todas las edades.

¿Se considera al charango sólo para el folklore?

Sí, aún es así, hay gente muy cerrada. Si bien es bueno porque se conserva vivo el folklore antiguo, algo precioso, ¿qué pasa cuando   lo usas para excluir a nuevas generaciones y nuevos sonidos? No se está creando un puente entre las generaciones antiguas y nuevas de músicos.

¿Es importante ese puente?

Pienso que es algo espiritual, porque los jóvenes que buscamos hacer todo tipo de música necesitamos las bases que nos pueden dar las antiguas generaciones; necesitamos conocer para preservar la música. Muchos chicos se van a lo moderno y no saben la estructura de una cueca, de dónde nace un huayño, cómo se lo toca. Es importante que ambas generaciones estemos cerca, respetando lo que hace cada cual.

¿Desde cuándo involucras al charango con otros géneros?

Toco el charango desde los 11 años y crecí con Octavia, Grillo Villegas, Loukas, Maldita Jaqueca, Animal de Ciudad y Aviónica, bandas nacionales que unieron el folklore con el rock; pero cuando comencé a tocar de forma decente (risas) me dediqué al folklore. Sin embargo, en mi primer concierto los músicos que me acompañaban cambiaron todo mi repertorio folklórico. Me pusieron un huayño punk, un taquirari bossa nova y me encantó. Comencé a transformar poco a poco mis canciones, haciendo fusión.

 Después los grupos de rock que escuchaba de niña comenzaron a invitarme a tocar con ellos. También toqué con El Papirri, fue un desafío porque él tiene una música más estudiada, hizo una fusión de jazz con folklore increíble. También hice una colaboración de Bonny Lovy con La cumbia boliviana, Palomitay y otros temas que llegaron a Billboard. Obtuve logros y  muchos reconocimientos y me costó casi toda la vida.

Pero tienes 25 años

Sí, pero me apresuré en hacer muchas cosas. Agradezco mucho el apoyo de las bandas de rock,  de jazz y de pop porque me abrieron espacio y me dieron respeto.

¿Cuándo comenzó tu carrera?

A los 16 lancé mi primer disco. Estuve moviendo este proyecto por distintos países a donde a veces no puedo llevar a mi banda, pero como toco música universal, viajo sólo con mis partituras y la banda está donde llego. Viajé mucho como solista, y es algo complicado, porque me pongo el charango a la espalda y voy sola. Es riesgoso, no se lo aconsejo a nadie, pero si una es prudente puede llegar a escenarios grandes. Siempre que viajo lo hago con festivales y me va muy bien, tengo suerte, será porque mi mamá me lo k’oa.

¿Algún episodio que quieras contar?

En un festival en Monterrey, México, una noche había un escenario libre para todos los jazzistas y yo quería tocar una canción de jazz, pero no me dejaban, no había el momento para subir al escenario; me puse terca, insistí, hasta que cedieron. Me imagino que no pensaban que sabía tocar jazz y cuando comencé a interpretar con el charango se admiraron, pero no era el virtuosismo, era la magia del jazz, del género y el instrumento. Al día siguiente yo era la boliviana que tocaba el tema de Chick Orea y pude tocar con muchos grupos.

Algo parecido me tocó en Argentina, un periodista me dijo: Qué lindo que vengas con el charango, pero tu música pegará más en el norte, por ahí deberías probar suerte. Yo le respondí que no, que para eso volvía a Bolivia. Le añadí que me quedaría en Buenos Aires y que daría un concierto en el Teatro Colón. Espero que ese día llegue porque si no quedaré mal.

¿Qué proyectos tienes?

Ir a Buenos Aires para grabar mi tercer disco; pero antes quiero dar una vuelta más por Bolivia. Estuve en pueblos de Sucre, quiero pasear más por Tarija y la Chiquitania para sacar  música.

Lo otro es esperar a qué depara el futuro, Llegamos a muchos lugares sin pensarlo. Eso le decía a mi mamá, entiendo bien qué pasa, porque muchas veces tenía que ir solamente a Ciudad de México, por ejemplo, pero luego aparecía en Acapulco,en Guerrero o Monterrey... Pero siempre llegó a un lugar nuevo es con prudencia, no como aventura, y con mi mamá pidiendo siempre por mí, y un angelito cuidándome por ahí. 

¿Recuperas música?

Sí, al lugar que viaje trato de quedarme mucho tiempo, mínimo dos meses, para aprender su cultura, su música. Eso hice en México, Estados Unidos y China. Mi idea siempre fue visitar los pueblos más escondidos de Bolivia para sacar la música de ahí y como todos tenemos fácil acceso a las redes, mostrar a las personas esa experiencia. Las ciudades son hermosas, pero los pueblos son maravillosos y nos permiten volvernos a encontrar con la tierra.

Luziel en una  presentación como solista en China, en 2020.

¿Cómo será tu nuevo disco?

Con composiciones propias. En cada disco tengo dos o tres composiciones, pero en éste quiero tener más música jazz y  mía, para dejar una huella de sonido con el charango.

Mencionas a tu mamá

Sí, es el pilar fundamental de todo lo que logré, y mi hermano, gracias a él se hizo la avería de tocar charango. Es guitarrista, abogado de profesión y me regaló mi  primer charango para que lo acompañara, a él y su guitarra. Me impulsaba mucho, sobre todo anímicamente. Mide como dos metros y muchas veces me da respeto (risas).

¿Dónde naciste?

En La Paz, pero a los seis años me trajeron a Cochabamba. Mi infancia no fue muy bonita porque de niña era poco agraciada y era blanco de bullying, pero a medida que crecía el charango me sacó de eso, porque yo era “la chica que toca el charango”.

Tu padre es Donato Espinoza, uno de los charanguistas más destacados de Bolivia

Claro, es uno de los mejores charanguistas y está en mi lista de  admirados, junto al maestro Willam Centellas. Siempre fue así, siempre lo admiré, pero lo conocí a mis 15 años, cuando me enteré que era mi papá. Esa etapa de mi vida es como un capítulo de  La rosa de Guadalupe (risas).

Mi papá no me educó musicalmente, de repente me dio un consejo, pero no podría decir que gracias a él soy charanguista;  pero eso  es bonito porque yo buscaba la música sola. Puedo decir que toco bien o chistoso el charango, pero es gracias a mi esfuerzo y al de mi familia... pero hubieron muchas preguntas, por ejemplo, el tener un solo apellido.

Ahora llevas el apellido de tu papá, ¿te abrió alguna puerta?

No. De hecho, los apellidos de mis papás me cerraron muchas puertas (risas). Mi mamá, por ejemplo, ayudó a mucha gente, pero es muy justiciera, reclama por las injusticias y eso no le gusta a muchos y se la cobran conmigo. Lo mismo pasa con mi papá, que pudo tener alguna dificultad porque tiene un carácter difícil a veces, y ahí está la hija para cobrárselas.

¿Algún trabajo con tu papá?

El primer disco lo grabamos en su estudio; fue algo tortuoso pero me sirvió mucho. Es muy exigente, perfeccionista, y yo, aún niña, pensaba: ¡Qué horror!, este personaje es un ogro. Pero su exigencia me ayudó mucho a limpiar mi sonido. Aún así, no me gustaba que mis papás tuvieran el control de mi disco, por eso el segundo lo hice yo sola; trabajé para conseguir el dinero, me costó  y eso me encantó, tener esa independencia económica y espiritual.

¿Cómo es para un niño el mundo artístico?

Cuando somos niños nos centramos en tocar bien, mejor que el otro, en competir. Eso se nota sobre todo en la música folklórica, y no se siente ese sentimiento de compartir la música. Tuve que alejarme bastante del folklore para sentir cada canción y entender que cada cosa que nos pasa en la vida se refleja en la música. Por ejemplo, yo tuve que pasar por una historia muy triste para poder tocar Alfonsina y el mar con todo el corazón. Cuando entiende eso la música va saliendo, y es genuino, por más que te equivoques, y eso de wawas no entendemos.

 A eso se suma el manejo de las emociones; es importante ir al psicólogo para tener control de nuestras emociones y sentimientos, para poder expresarlos y entender lo que te hace sentir la música. Yo entendí lo de la espiritualidad con la ayuda del psicólogo.

Un mensaje para los jóvenes músicos

Lo primero es aprender la música de donde venimos, nuestro foklore, saber tocar una cueca, un bailecito; de ahí a hacer nuestra música, el resto será más amable con nosotros.

La chranguista  de 25 años marca su estilo con el charango.

¿Dónde te ves como artista, como charanguista, dentro de cinco años?

En Tokio. Es una de mis metas es dar un concierto en Japón, lo sueño todos los días y estoy tratando de hacer música asiática con el charango para llegar a esos escenarios. Cuando llegue ese momento desde ahí mandaré saludos y agradeceré a Página Siete por esta entrevista.

 

Sé de primera mano lo que es que la exclusión, por eso trato de abrir espacios   para otros músicos.

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