La generación de la nueva democracia

Para lograrlo se necesita un corazón templado, que sepa rechazar el racismo y la discriminación, que siempre está por asaltarnos.
domingo, 03 de noviembre de 2019 · 00:05

En estos salvajes tiempos de liberación necesitamos un joven corazón templado. Casi todo tiempo de liberación es salvaje. Salvaje, pero no por su violencia, sino porque crece como la hierba, sin forma determinada, pues se abre como una sombra de luz sobre un futuro incierto. Toda liberación comienza con un descontento y así es menos que un claro deseo, aunque un poco más que la simple nada. En muchas ocasiones ese tiempo de libertad no es más que un rechazo, un hartazgo y un no poder más. Sólo con un corazón templado se puede construir en medio de la barbarie.

¿De qué están hartos los que ahora se arrojan a las calles a marchar, cantar y abrazarse? Ellos están hartos de injusticias como el robo del Fondioc, del Banco Unión, el desvío de fondos de las rentas, la ideologización de la educación nacional, la demagogia del sistema de salud, los abusos en contra de los indígenas del Tipnis, de la represión en Chaparina, de los abusos en Los Yungas, en Oruro y en Potosí, así como del ecocidio en la Chiquitania, y también están hartos de los privilegios de los cocaleros y los dirigentes comprados.

Los que están en las calles no aguantan más la corrupción de todos los días, ni el poder y ventaja que goza el que se aviva, el que se salta las filas, el que roba bajo el caso del jefazo, el que se beneficia del favor político. Ellos están hartos de los jueces corruptos, de los ladrones liberados, de las falsas acusaciones y del nepotismo. Están tan cansados del racismo como de la discriminación y del desprecio e infravaloración de sus reivindicaciones. Cansados están ellos de la obligación de saber que algún familiar suyo está obligado a marchar para conservar su pega, condición que no depende ya de su capacidad laboral, sino de su facultad de sumisión.

Los que allí se mueven entre cánticos y banderas, con sus pitas, llantas, botellas de agua y quizá alguna mochila con cuadernos. Ellos son los que están cansados del fraude del 21F y del actual fraude de octubre.

Lo sabemos bien. A los que están allá en las calles se ha buscado aquietarlos con el miedo, miedo al chicote, a los fusiles empolvados, a los cuerpos desnudos en las plazas, al neocolonial racismo, al garcía-mezismo, miedo al retorno del neoliberalismo. No obstante, los que están allá en las calles ya no temen al futuro incierto, pues se cansaron del temor al terror presente y real. El actual gobierno reparte palos, encuartela a policías y militares, envía ambulancia como carros de guerra. Los jóvenes de las calles sólo tienen la fuerza de su cuerpo y la infinita energía de su creatividad.

El gobierno sólo lucha contra aquellos que les quieren restringir los privilegios que han ganado mediante la creación de un Estado totalitario y ahora dictatorial. En cambio, los que están en las calles  libran una doble batalla. Luchan contra el gobierno y contra el miedo acumulado durante años. Morales pensó que podría crear una “generación Evo”, su reciente tiranía ha ayudado a crear “la generación de la nueva democracia”. Los que están en las calles nos recuerdan que no queremos ser colonia venezolana o china, aunque tampoco queremos ser aplastados por el FMI. Hay que ser capaces de pensar mucho más allá de Evo Morales y Carlos Mesa. Los que en las calles se mueven  lo hacen porque se cansaron del sentimiento de no tener más el futuro en sus manos.

Los que allá se mueven, saltan, cantan y marchan quieren tomar el futuro en sus manos. Todo salvaje tiempo de libertad necesita de un joven corazón ardiente.

Es verdad que  detrás siempre están los oportunistas de élite, los dirigentes aprovechados y los oportunistas de base, pero éstos van siendo controlados cada vez más por los nuevos grupos que muestran mayor consciencia de autocontrol. Hoy las llamadas masas, esos multiformes cuerpos sociales, buscan autoregularse. Sus miembros buscan calma los unos a otros, evitan beber alcohol, se organizan para dispersar los gases y diferencian a los infiltrados. Los que están allá abajo ya no son los ingenuos de antes, si es que acaso los de antes lo fuimos. Y es que estos salvajes tiempos de libertad nos afectan existencialmente.

Los que están en las calles no quieren que el destino hable por ellos, quieren desde ahora construir su propio futuro. Aquellos que están en las calles han dejado su trabajo, la comodidad de la casa y ponen en riesgo su integridad física. Los que están allá afuera no actúan ni por notita ni por platita; tampoco por bonito o por peguita. Para esta generación de la nueva democracia estar en las calles no sólo significa para la posibilidad de hacer respetar su voto, sino la de generar nuevas formas de cohesión social.

En las calles se está formando ahora una nueva generación de ciudadanos. Ellos se expresan de modos diferentes a las antiguas violentas, prebendalistas, jerárquicas y centralizadas formas de bloquear, de las que Evo Morales es representante. Aquellos que están en la calle, y quienes los apoyan, saben que lo que está cambiando son sus vidas y con ellas la historia del país. Se encuentran y se solidarizan con personas con las que, en otra situación, tal vez jamás habrían hablado. Hasta la Universidad Católica, que se jactaba de no haber interrumpido en décadas precedentes sus actividades por razones políticas, ha visto en esta ocasión el compromiso de sus estudiantes con el país. Para la generación de la nueva democracia el país es una prioridad.

En 2003 Evo no tumbó a Goni, ni solo El Alto, ni solo los policías; fueron todos los que se movilizaron; desde la promoción del Colegio Ayacucho hasta los vecinos que se manifestaban en Tarija. La sed de justicia de esta nueva generación se encendió todavía más con el valor de los bomberos voluntarios que por 40 días lucharon en la Chiquitania. Los jóvenes que están en las calles sienten que sus prioridades han cambiado y que ahora no importa nada más que recuperar su libertad, es decir, el sentimiento de tener el futuro en sus manos y por la posibilidad de renovar la confianza sus compatriotas.

Frente a esta nueva generación hasta los policías se han sentido capaces de expresar su descontento y la desobediencia a los excesos. Se han visto videos de esta nueva experiencia en Sucre, Potosí y en varios lugares a lo largo del país. Ahora los jóvenes corazones en las calles saben que no se trata de cambiar de presidente, se trata de cambiar el modo en que convivimos en el país, se trata de crear un nuevo futuro conjunto, una nueva forma de convivir.

La política es un asunto afectivo y del cuerpo sentido. En primer lugar, porque ella se nutre de nuestras pasiones, es decir, de lo que padecemos como placentero o doloroso en nuestra vida, como en el nudo en la garganta, la opresión en el pecho, la estrechez que nos compacta. En segundo lugar, porque ella se nutre de nuestras emociones, de lo que sentimos como impulso o movimiento de ensanchamiento, y que nos compromete a actuar o no actuar; como en el abrazo, en el grito, en correr, en el detenerse.

En tercer lugar, porque ella se nutre de los sentimientos. Estos son espaciales y no sólo estados internos de un sujeto. Los sentimientos se perciben como atmósferas de confianza, paz, cohesión, tensión, de alegría de tristeza; como en los cantos, en los saltos, en los movimientos conjuntos. Evo Morales promueve una política del resentimiento, busca asustar, intimidar, menospreciar, avergonzar. Lo contrario es lo que buscan los jóvenes corazones en las calles con sus nuevas formas de hacer protestas, nuevas maneras de convivir afecta y corporalmente. Para lograrlo se necesita un corazón templado, que sepa rechazar el racismo y la discriminación, que siempre está por asaltarnos, así como la frustración y el desgano.

 Estamos aprendiendo nuevas maneras de defendernos sin eliminar al oponente. En estos salvajes tiempos de liberación estamos aprendiendo nuevas formas de convivencia. Sabemos que lo que vendrá después en la calma será todavía una lucha más difícil, pues será la lucha por mantenernos firmes a nuestras convicciones y a esta renovación moral del país. Eso será todavía más difícil, pero es seguro que nos estamos preparando desde ahora.

En medio de estos salvajes tiempos de liberación está naciendo la generación de la nueva democracia.

Martín Mercado / Filósofo

“Ahora los jóvenes corazones en las calles saben que no se trata de cambiar de presidente, se trata de cambiar el modo en que convivimos en el país, se trata de crear un nuevo futuro conjunto”.

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