Natusch el Breve

El golpe cívico-militar del coronel Alberto Natusch Busch el 1 de noviembre de 1979 fue el más irracional y absurdo, y uno de los más sangrientos. En 15 días hubo 76 muertos y 204 heridos, todo ello registrado y verificado con nombres, apellidos y pormenores de cada caso por la APDHB.
domingo, 03 de noviembre de 2019 · 00:03

La crónica es un género del periodismo que se construye como un puente entre la narración histórica y el relato testimonial. En ello radica su originalidad. Cada quien cuenta la fiesta según cómo le ha ido, porque nadie baila igual la misma música, de modo que toda crónica es distinta en sus matices, aunque el eje sea el mismo. En este caso el relato de un episodio oscuro y lamentable en la historia de Bolivia.

Han pasado exactamente cuarenta años desde ese hecho bochornoso que algunos políticos preferirían no recordar, si vivieran aún.  Dirigentes del MNR, del MNRI y del Partido Comunista de Bolivia, no quisieran que recordemos que apoyaron la aventura golpista de Alberto Natusch Busch, o Natusch el Breve.

Su brevedad en el paso por el Palacio de Gobierno no es sinónimo de intrascendencia, todo lo contrario:  pocos golpes militares han hecho tanto daño en tan poco tiempo. En 15 días hubo 76 muertos y 204 heridos, todo ello registrado y verificado con nombres, apellidos y pormenores de cada caso por la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia (APDHB).

¿Por dónde empezar? ¿Qué imágenes me invaden cuando recuerdo la balacera en la Plaza Pérez Velasco? ¿Y las conferencias de prensa de Natusch en el palacio y de Guillermo Bedregal en su oficina de la Cancillería? ¿Y las tanquetas del Regimiento Tarapacá con el coronel Arturo Doria Medina a la cabeza? ¿Recuerdan cuál era el emblema del Tarapacá? Era una máscara de gorila que ostentaban orgullosos, antes de disparar contra los ciudadanos.

No se puede entender el golpe de Natusch el 1 de noviembre de 1979 sin remontarse al golpe de otro coronel, Hugo Banzer Suarez, el 21 de agosto de 1971. Sus lugartenientes Juan Pereda Asbún y Alberto Natusch Busch, protagonizaron dos golpes contra la democracia después de la caída de Banzer: el primero montó un fraude electoral tan burdo que se cayó por su propio peso, y el segundo protagonizó un sangriento golpe que tampoco prosperó, aunque contaba con apoyo parlamentario de varias fuerzas políticas: el MNR, el MNRI y el Partido Comunista. Pero detrás estaba siempre Banzer, irritado por el juicio de responsabilidades que llevaba adelante el diputado socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz.

Toda la década de 1970 está marcada por la figura dominante de Banzer, cuya influencia se extendió incluso en 1980 propiciando el golpe de Luis García Meza. El contexto de la década de 1970 es indispensable para entender la aberración del golpe de Natusch y de la masacre de Todos los Santos.

El golpe cívico-militar del coronel Natusch fue el más irracional y absurdo, y también uno de los más sangrientos. Fue un golpe inexplicable contra un presidente constitucional, Walter Guevara Arze, en momentos en que concluía en La Paz la reunión hemisférica de la Organización de Estados Americanos (OEA) con una declaración sobre la reivindicación marítima que significaba un triunfo diplomático para Bolivia.  ¿A quién se le ocurre dar un golpe, sin motivo, en ese momento?

Le tocó a Natusch Busch, militar considerado progresista (como su tío Germán Busch), empujado por políticos que estaban ajustando cuentas dentro de sus tiendas partidarias, antes de pensar en Bolivia. La historia estableció que este militar oscuro y sin carisma fue un instrumento en la reconfiguración de las fuerzas políticas a la caída de Banzer en 1978, y en la pelea por un espacio de poder entre los líderes históricos del MNR: Paz Estenssoro, Hernán Siles Zuazo, Juan Lechín Oquendo y el propio Guevara Arze, convertidos en enemigos irreconciliables.

Conservo recuerdos de esos días y algunos documentos que se salvaron de la “limpieza” que los paramilitares hicieron en mi departamento en Los Pinos, meses más tarde, cuando se produjo el golpe del general García Meza.

Desde el semanario Aquí habíamos adelantado que se preparaba un golpe militar. En el artículo “La espada de Damocles y la brujería de Empédocles”, publicado en la edición del 6 de octubre, afirmé que los militares no necesitaban de excusas para golpear y que lo único que frenaba el golpe eran las desinteligencias dentro de las propias Fuerzas Amadas. El viernes anterior las guarniciones militares de Santa Cruz habían parado un intento de golpe nacido en La Paz. En el mismo artículo mencioné que el Ejército se estaba dotando de armamento que no era para defender la integridad del país sino para reprimir en las ciudades. Ahora que leo esto no puedo evitar los escalofríos: faltaban tres semanas para el golpe.

El 1 de noviembre los ciudadanos salieron a las calles sin armas, para resistir con barricadas improvisadas que no pudieron detener el avance de las tanquetas del coronel Doria Medina. ¿Quién dio la orden de matar a mansalva? No fue Natusch, según se ha establecido posteriormente. ¿Doria Medina actuó por su cuenta, o recibió instrucciones de García Meza o de Banzer?

A Edgar Arandia, amigo pintor, lo alcanzó una bala de ametralladora en la calle Pichincha, cerca de la plaza Pérez Velasco y, malherido, fue interrogado hasta que perdió el conocimiento. Lo llevaron a la Clínica de la Policía,  en la Plaza España. Los amigos temíamos por su vida, todo era posible en aquel momento. Nos introdujimos en la clínica con una cámara fotográfica escondida, y tomamos una foto que demostraba que Edgar estaba herido pero vivo.  Revelamos el rollo y corrimos a Ultima Hora con la foto para publicarla como prueba de vida.

La Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia (APDHB) publicó dos meses después, en enero de 1980, “La masacre de Todos Santos”, que queda como testimonio de aquellos días de sangre y resistencia. Las fotografías de Domingo Politi (en color), y las de Viviana de Soruco, Freddy Alborta, Félix Valdivia, David García y Charles Steiner dicen tanto como los textos que las acompañan. “La fiesta de Todos los Santos se alargó en un interminable Día de Difuntos…”, leemos en la breve introducción del libro, y luego “ese pueblo moría sin saber por qué moría”. Las fotos de Politi atestiguan las horas de resistencia y de represión, como testimonio que ningún boliviano debiera olvidar.

El presidente Walter Guevara se reunía en la clandestinidad con su gabinete de ministros (entre los que estaba mi primo hermano Mariano Baptista Gumucio), ofrecía conferencias de prensa que trascendían internacionalmente o hacía apariciones sorpresivas en San Francisco y en el propio Congreso, desconcertando a quienes habían conspirado contra él. Rechazó asilarse en una embajada.

Tuve la oportunidad de estar en el Palacio Quemado en la conferencia de prensa que brindó Natusch para explicar el golpe a los corresponsales extranjeros. Fui el único boliviano presente ya que había sido contratado como asistente de un equipo de la televisión alemana. En los pasillos pululaban paramilitares con metralletas, entre ellos Luis Fernando Perou, a quien yo conocía. Sin embargo, curiosamente, recuerdo más la conferencia de prensa que ofreció Guillermo Bedregal en la Cancillería, porque me ha quedado grabada la imagen de su despacho lúgubre y oscuro, con las cortinas cerradas. No acababan de hacerse con el poder, que ya mostraban nerviosismo e inseguridad. Sentían que sus días estaban contados. La huelga general decretada por la Central Obrera Boliviana (COB) precipitó la caída del régimen el 16 de noviembre.

Cuando pudimos salir de nuevo a la calle con el semanario Aquí, el 17 de noviembre, publiqué “Maniobras en el Congreso”, donde subrayaba la tibieza con que los parlamentarios —secretamente coludidos con el efímero dictador— se habían pronunciado contra el golpe. Ese artículo tuvo cola, porque ponía en evidencia la fractura entre los diputados comunistas obreros que se opusieron al golpe (Reyes y Salas) y los que negociaban en secreto (Kuajara y Domic) la posibilidad de un triunvirato (militares, parlamentarios y la COB) que legitimara el golpe.

No recuerdo de dónde obtenía yo tanta información, pero en su momento causó irritación en los aludidos. La caída de Natusch y lo que se supo después sobre las maniobras de los partidos, corroboró lo que había escrito. Para un periodista de 29 años, descubrir que lo que escribía importaba, era estimulante.  Y claro, en el semanario Aquí teníamos todo el apoyo de Lucho Espinal (mientras afuera se acumulaba la sed de venganza de los militares).

Alfonso Gumucio Dagron / Escritor y cineasta

”Concluía en La Paz la reunión hemisférica de la Organización de Estados Americanos con una declaración sobre la reivindicación marítima que significaba un triunfo diplomático para Bolivia”.

 

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