Análisis político

El peligro de los outsiders

Jerónimo Giorgi escribe sobre esos redentores provenientes del mundo del entretenimiento o profesiones que les han permitido acumular prestigio, quienes lograron cargos políticos gracias a su popularidad en redes.
domingo, 12 de mayo de 2019 · 00:00

Jerónimo Georgi   Latinoamérica 21

Hace décadas que en América Latina nos hemos acostumbrado a la llegada de los mesías, salvadores de la patria que dos por tres desembarcan triunfales en el mundo de la política para salvar a su pueblo del establishment, o sea, la política. Se trata de redentores del más diverso pelaje provenientes del mundo del entretenimiento o profesiones que les han permitido acumular prestigio –y sobre todo dinero–, que se ven obligados a sacrificarse en nombre de todos para poner orden. O mejor dicho desorden.

El origen de los outsiders se remonta a las nuevas formas de comunicación política surgidas a mediados del siglo pasado con la aparición de la televisión. Originalmente, los candidatos eran básicamente representantes de partidos, instituciones o ideas y desarrollaban roles secundarios. Pero a la revolución de la TV, se sumó a inicios de la década del 90 “la era de la comunicación”, que dio paso a lo que los académicos denominan como la “humanización progresiva de la política”. Y a medida que las pantallas se fueron apoderando de nuestra atención, las posibilidades de los outsider se multiplicaron.

Si bien fue Internet quien terminó de abrir el telón, es la actual desafección a la clase política tradicional, consecuencia de la crisis política global y la corrupción, la que ha impulsado a manadas de outsiders a salir en escena. Este descontento hacia los “políticos profesionales” ha llevado a que “los electores se muestran atraídos por personajes que no tienen experiencia política, puesto que esa falta de experiencia es considerada como algo positivo”, según explica Roberto Rodríguez Andrés, en su artículo “El ascenso de los candidatos outsiders como consecuencia de las nuevas formas de Comunicación Política y la desafección ciudadana”. 

Si bien no hay una definición consensuada del término outsider, los académicos coinciden en una serie de características que Rodríguez Andrés clasifica de la siguiente manera:

1. Se trata de candidatos electorales provenientes de fuera del sistema que carecen de toda experiencia político. Sin embargo, no todos quienes se acercan a la política son outsiders, ya que lo que cuenta es la inercia de la fama. Una inercia a la que se aferran y prolongan a lo largo de su carrera política. 

2. Se ubican al margen de las reglas establecidas para criticar a la clase política tradicional y atribuirle todos los males de la sociedad, asumiéndose como auténticos “agentes del cambio”. Esta antipolítica, sin embargo, puede atribuirse  no sólo a ajenos, sino a candidatos que, como afirma Rodríguez Andrés, “aun habiéndose dedicado durante buena parte de su vida a esta actividad, se presentan con ansias renovadoras o rupturistas con respecto al orden establecido”, como sería el caso de Jair Bolsonaro.

Las estrategias electorales de los outsiders son otro aspecto donde tampoco hay unanimidad. Ciertos académicos se limitan a incluir a aquellos que crean formaciones políticas nuevas, mientras que otros incluyen también a aquellos que utilizan a los partidos tradicionales como trampolín, como lo hizo Donald Trump.

3. La última característica y la que mejor los describe es que contra viento y marea logran convertir sus campañas en fenómenos virales que los elevan como la espuma hasta terminar ganando elecciones perdidas desde la teoría.

Desde esta última perspectiva, el outsider más que un personaje sería un fenómeno, un suceso, un milagro que como aporte reincorpora a la política a muchos de los desilusionados con los de siempre. Pero este fenómeno es sobre todo un engendro, una aberración que arrastra una serie de riesgos para los sistemas políticos y las democracias de los países. 

El primero y más evidente de estos riesgos es la inexperiencia y el desconocimiento de estas personas para liderar un país o siquiera conformar gobiernos sólidos. El segundo es la posibilidad de que estos personajes, sobre todo los surgidos de la televisión, como el humorista y presidente guatemalteco Jimmy Morales, desarrollen campañas con objetivos autopromocionales y terminen, como afirma Rodríguez Andrés, de “banalizar la actividad política, convirtiéndola en una suerte de circo mediático”. Otro riesgo es la erosión que provocan en los sistemas debido a que fraccionan y polarizan la política, lo que lleva a la conformación de parlamentos hiperfragmentados y gobiernos débiles que giran en torno al líder. Y el último y quizás el más peligroso de los riesgos es el sobredimensionamiento del personalismo, el populismo y la demagogia, que en la actualidad están en aumento, no sólo en varios país de la región, sino en gran parte del mundo.

En el contexto actual, el envalentonamiento de los outsiders es inevitable ya que se trata de un fenómeno social que se retroalimenta de la desilusión, la desazón, la desesperación y la rabia, así como de la irracionalidad, la irresponsabilidad y la ignorancia. Por ello, a corto y mediano plazo nuestras sociedades seguirán siendo vulnerables al surgimiento de candidatos ajenos a la política, de los cuales muchos, disfrazados de mesías se convertirán en reyes en esta “era de la comunicación”. 

En este marco, no queda otra que ir pensando en alternativas a futuro. Y, como ejemplo, un debate que viene a colación es el que despertó Juan J. Linz, hace algunas décadas con su ensayo “Los peligros del presidencialismo”, donde criticaba el sistema utilizado en la mayoría de los países de América. Allí, entre varias críticas, mencionaba que la “personalización del poder” era una carácter inherente del presidencialismo. Y “el lado negativo de las elecciones populares directas es que pueden resultar elegidas personalidades ajenas a la clase política (outsiders)”, lo que incentiva la demagogia y el populismo, según explicaban Matthew Soberg Shugart y Scott Mainwaring, en su ensayo “Presidencialismo y democracia en América latina: revisión de los términos del debate”.

Este debate es simplemente uno más de muchos. Lo que verdaderamente importa es ir pensando alternativas para que al menos en el largo plazo podamos blindar nuestras democracias de los caprichos, egocentrismos y excentricidades de los outsiders.
 

 

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