Matasuegra

Extremos peligrosos

Una crítica a Camacho, que “es tan populista como Morales, tiende hacia el autoritarismo y ya ha dado muestras de mitomanía”.
domingo, 11 de octubre de 2020 · 00:00

Willy Camacho
Escritor

Después de 18 años pudimos ver nuevamente a candidatos presidenciales debatiendo, o intentando hacerlo. Es que el primer evento, el del sábado 3, más pareció un foro, muy informativo, con preguntas preparadas para que algún candidato pudiese lucirse, aunque, en honor a la verdad, quien se lució fue Tuto. 

El del domingo 4 tuvo algo más de picante, y claro, la ausencia de Luis Arce y Luis Fernando Camacho (los dos Luchos) le restó algo de brillo, o de chispa, porque todos esperábamos un debate como los que se dan entre demócratas y republicanos, donde se disparan munición de alto calibre.

En fin, el caso es que, horas después, el candidato de Creemos tuvo a bien “desafiar” a un debate a Mesa y Arce, “un debate serio”, dijo. Primero, la elección de términos; “desafiar” es muy adolescente, suena a “te espero a la salida”, carga una agresividad innecesaria; por otra parte, si ahora quiere un “debate serio”, ¿quiere decir que el del sábado, al que él asistió,  no lo fue? ¿O no fue seria su participación? (aunque no llegara a la payasesca histriónica de soltarse en llanto como en alguna entrevista televisiva).

La gente de Creemos quiso justificar la ausencia de su candidato al debate del domingo con un pretexto absurdo, algo así como que lo engañaron (¿?). Yo creo que la explicación es distinta. Tanto en entrevistas, como en el debate del sábado, se desnudaron las limitaciones discursivas e intelectuales de Camacho, de modo que no valía la pena exponerlo a otra vergüenza. Claro, ahora quieren hacerlo lucir como un gallito de pelea que desafía a lo mero macho a sus oponentes. ¿Qué haría si alguno le acepta? Eso sí sería gracioso.

Lo mismo pasó con Evo Morales, sus asesores le prohibieron asistir a debates, pues quedaba en evidencia; sus limitaciones son tantas, que lo preferible es que se dedique a la bravuconería a larga distancia y no al intercambio de ideas y menos aún que enfrente una interpelación.

Asimismo, Camacho se parece a Morales en su falta de contacto con la realidad, ambos confían ciegamente en la interpretación (interesada) de la realidad que les comunican sus asesores. Camacho asegura que va a ganar en primera vuelta (si lo logra, me como mi reloj…). No pues, basta de delirios. Ya hemos soportado 14 años a un delirante megalómano narcisista. Otro, aunque sea de derecha, no es lo que necesita Bolivia.

Lo peor es que las declaraciones de Camacho alimentan la teoría del futuro fraude. Arce no se cansa de repetir que si el MAS pierde, es porque se está gestando un fraude, y bajo esa premisa, los radicales de su partido ya amenazan con acciones violentas para tomar el poder. Pues el Lucho cruceño hace algo similar, dice que las encuestas están amañanadas, que él sabe que están adelante en la preferencia del pueblo y que no tiene un plan B porque está seguro que ganará en primera vuelta. 

Jerjes Justiniano, uno de sus asesores, dice que luego de su victoria en primera vuelta quieren ver cómo se disculpan las encuestadoras corruptas con el pueblo boliviano. Es decir, si Camacho pierde, según Creemos, es porque ha habido fraude.

No entiendo a qué juega esta alianza. Todo lo que está haciendo ayuda a que el MAS, en primer lugar, gane las elecciones y, aún perdiendo en segunda vuelta, tenga el control del parlamento; y por otro lado, si el MAS pierde, apoya su pretexto bochornoso para alzarse contra el Estado: el supuesto fraude.

Camacho es tan populista como Morales. Tiende hacia el autoritarismo y ya ha dado muestras de mitomanía. Ahora, asegura que solo estará cinco años, que, si fuere presidente, no irá a la reelección, aunque la Constitución se lo permite. Sería más fácil creerle si hubiese cumplido su palabra hace unos meses, cuando, con tono ofendido ante la insistencia de la prensa, aseguró que no pretendía ser candidato, que su lucha era desinteresada. Pero a vuelta página, dijo la verdad, y con un toque de cinismo sorprendente, pues confesó que, mientras comandaba los bloqueos en Santa Cruz, ya tenía la intención de postularse, pero que no lo había dicho porque no quería que la lucha cívica fuese tergiversada. En pocas palabras, confesó que usó al movimiento cívico como un trampolín, igual que Morales hizo con el movimiento cocalero.

Así también es difícil creer que Wálter Chávez, exdirector de campaña de Morales, no esté participando de la campaña de Creemos, como lo dijeron en un comunicado público, pese a que medios serios indicaron que Chávez era el estratega electoral de Camacho. En ese comunicado, Creemos, además de negar vínculos contractuales con Chávez, afirmó que el director nacional de su campaña era Ronald McLean Abaroa; sin embargo, este último declaró, semanas atrás, que ya en mayo se había alejado de Camacho por desacuerdos en la estrategia, y que nunca fue director nacional porque, al vivir fuera del país, no podría ocupar tal cargo.

Entonces, si Chávez asesora a Camacho, es probable que las mismas malas artes que en otra época le sirvieron al MAS, ahora estén siendo ejecutadas por Creemos. Y claro, la mentira, la bravuconería y la polarización extrema son evidentes en el accionar de ambas organizaciones políticas.

Siguiendo esa línea, también es probable que Chávez, cuyo corazón es albiazul, esté usando a Camacho para restarle votos a Mesa, ya que, si el MAS no puede conseguir mayor votación que la señalada en encuestas, le conviene que su inmediato perseguidor vea mermados sus números de intención de voto. ¿Será tan ingenuo Luis Fernando Camacho? Según su propia gente, sí lo es. A tal punto que puede caer en una treta absurda y por eso ausentarse del debate electoral más importante.

No hay que confundirse, aunque Camacho es antimasista, no deja de ser populista. Su pensamiento apunta hacia el autoritarismo, la toma del poder usando cualquier medio, incluso grabaciones filtradas para dejar mal parado a su aliado coyuntural. Si es peligroso que el MAS vuelva al poder, no implica menor riesgo que un populismo de derecha controle el gobierno. Los extremos son malos, siempre.

 

 

 

 


   

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