Movimiento ciudadano

Las pititas se desataron, pero queda el empoderamiento ciudadano para el futuro

Según los protagonistas del movimiento de los 21 días de 2019, hay un empoderamiento ciudadano que no se puede ocultar, apuntando ahora a la renovación del liderazgo político. Desde la otra vereda, para el MAS se trata de un movimiento que nació con justas demandas, pero que degeneró en delincuencia y muerte.
domingo, 22 de noviembre de 2020 · 00:01

Fernando Chávez Virreira
 Periodista

 

Hace poco más de un año, un movimiento ciudadano salía a las calles a bloquear con “pititas”, sillas, muebles y todo tipo de utensilios, en protesta por los resultados de las elecciones ante un claro fraude. El respeto al voto y el hartazgo de Evo Morales fueron las banderas de las protestas, que crecieron tanto y sumaron tanto apoyo que obligaron a la renuncia del entonces presidente.

El movimiento ciudadano, que se conocería pronto en el país y el mundo como “la revolución de las pititas”, se constituyó en una de las protestas más significativas de la historia reciente del país. El abuso de poder del gobierno del MAS y las trampas de Morales para perpetuarse en el poder prendieron la llama de las manifestaciones, cuyo punto máximo llegó con el informe de la OEA que detectó el  fraude en las elecciones de octubre de 2019.

Hoy, aunque el futuro de este movimiento es incierto para algunos, sus líderes afirman que la lucha por la renovación del liderazgo político continúa, pero hay que “reinventarse”; por el otro lado, exlegisladores del MAS tachan a los pititas como grupos violentos que cometieron “actos delincuenciales”.

El movimiento, como dice Robert Brockmann, autor del libro 21 días de resistencia, se desvaneció al haber logrado su objetivo, que era el no retorno de Evo Morales al poder. Y hoy están desunidos, ya que luego de noviembre se dispersaron, algunos apoyando a Comunidad Ciudadana, otros a Creemos de Luis Fernando Camacho y otros que se subieron al tren del frente Juntos de Jeanine Añez. 

Jhanisse Vaca Daza es activista de derechos humanos y por la no violencia y es cofundadora del colectivo Ríos de Pie, movimiento que se autodefine como “Cerebro y músculo ciudadano. Inteligencia colectiva y no-violenta para incidir en políticas públicas”. Jhanisse fue una líder de los pititas en Santa Cruz. 

Esta joven considera que el término “pitita” ha ido diluyéndose con el tiempo porque ha sido asociado con distintas ideologías y corrientes políticas que no responden a lo que se pedía en los 21 días de paro del año pasado, un objetivo concreto: el respeto al voto, aspiración que no tenía un tinte ideológico, sino más bien democrático. 

“Con el tiempo, como esto fue asociado incorrectamente con la oposición a Evo Morales y con otros temas, se ha desvirtuado el significado de la pitita. Pero ese despertar de la ciudadanía y sobre todo de mi generación, después del proceso que hemos vivido con el gobierno de transición y este nuevo retorno del MAS, ahora se va a dirigir no solo a la defensa del voto, sino a la renovación política”, considera. 

Una renovación política, dice, no solo en sujeto, sino en la forma. “Claramente seguimos con los mismos liderazgos reciclados en todos los partidos”. “Hay un cansancio del discurso de los 14 años, así como hay un cansancio del discurso del imperio y esas narrativas ya no funcionan con la generación joven. Hay un desencanto del liderazgo político de todos los bandos y también hay un cansancio de las formas viejas de hacer política que siguen actuando como si siguiéramos en los 80, cuando hubo  una revolución en todos los niveles desde entonces hasta el 2020, sobre todo tecnológica, con la que nuestros líderes no se han puesto al día”.

En esa línea que menciona la joven, destaca la “innegable conciencia ambientalista, que está despertando con esta nueva generación”. “Hemos avanzado de la defensa del voto, de una fractura de la sociedad, que creo que ahora se va a redirigir, sobre todo cuando veamos la gestión de este nuevo gobierno dentro de la crisis económica que le va a tocar y su fracaso al intentar generar unidad en la sociedad, vamos a ver una necesidad de renovación”.

Consultada sobre si ese nuevo liderazgo debe surgir de este movimiento de las pititas, dice que “todos son líderes y eso es lo bonito de ciertos aspectos de las protestas del año pasado, cuando hemos visto liderazgos a nivel barrio, comunidad y ciudad”.

“No puedo hablar a nombre de toda la juventud, pero sí a nombre de Ríos de Pie:  el mejor tipo de liderazgo es el descentralizado. Seguir concentrando poder en una sola figura, que es lo que se hizo con Evo Morales y con otros, termina deslegitimando la causa. La causa pierde fuerza y ahí tenemos momentos de crisis como el de ahora”.

Según Jhanisse Vaca, no hay que buscar un nuevo líder, sino más bien abrir la puerta a todos los nuevos liderazgos y entender que en la diversidad del liderazgo está la fuerza de la ciudadanía. “Si hay un solo líder es muy fácil para un gobierno autoritario derribarlo; si hay muchos líderes descentralizados que escuchan a la gente es mucho más fácil avanzar y es más difícil que nos derroten”, dice. 

En su perspectiva, luego de la misión cumplida en 2019, este movimiento continúa vigente. “Lo que ocurrió en octubre y noviembre de 2019 fue un proceso de acumulación histórica ante muchos abusos cometidos por el Estado frente a los que la gente se reveló, pero el empoderamiento ciudadano no es algo a lo que le puedes poner una tapa, es como agua que está hirviendo y que va a continuar hirviendo si es que la opresión sigue y en su momento se va a volver a levantar; ojalá de forma no violenta”.

“Nos toca como jóvenes ver si estamos a la altura del proceso histórico actual y entender que la  renovación política no solo pasa por quiénes son los líderes en los partidos y en la sociedad, sino por cómo se hace política y cuáles son las mañas que se dejan atrás y qué nuevas formas éticas de participar en la política de forma más transparente y horizontal, descentralizada, se puede trabajar”, agrega.

Vaca considera que el movimiento de las pititas sigue activo, solo que “en distintas formas”. “Ni siquiera hay que volver a activarlo; el empoderamiento ciudadano es innegable y sea éste o cualquier gobierno que oprima a su pueblo, ya hay una experiencia de la ciudadanía de que el poder está en la ciudadanía y el gobierno es un empleado nuestro”.

Tenemos que “reinventarnos”

En la mirada de D.P., un joven de 22 años que participó activamente en el movimiento en 2019, de lo que se trata hoy es de ser menos confrontacionales y más empáticos.

D.P., que solicitó mantener su nombre en reserva, dijo a Página Siete que “este movimiento de casi la mitad del país no ha muerto. De aquí en adelante ante posibles excesos del MAS, si vuelven a caer en los mismos excesos que Morales, creo que este movimiento ciudadano joven volverá a salir a las calles”.

“Lo que sí creo, agrega, es que tenemos que reinventarnos, no solo los pititas, sino todos los bolivianos, porque nos guste o no ganó el MAS con un margen gigantesco y esta es la situación. Ahora es momento de dejar el discurso de conflicto, el discurso de ellos versus nosotros y trabajar desde una oposición al MAS, pero en un plan de construir puentes, de no hacer comentarios racistas como pasó muchas veces con los pititas el año pasado, de tratar de ponernos en los zapatos de las personas que apoyan al MAS. Si bien no va a desaparecer este movimiento, al que se llama pititas, definitivamente se tiene que reinventar”.

La victoria del MAS en las elecciones de octubre de este año generó desconcierto y desencanto en miles jóvenes que sintieron que la lucha fue en vano.

 D.P.  sintió esa decepción. “Cuando se conocieron los resultados de la elección estaba decepcionado y estoy seguro que miles de jóvenes también. Al principio me dije ‘toda la lucha fue en vano’, pero la verdad no fue en vano porque ahora no está Evo Morales, y esa línea del MAS que era la más autoritaria y antidemocrática  está más débil. Mal que mal hubo una renovación, por lo menos del presidente y ahora sí que me animo que no fue en vano lo que hicimos”.

Sobre este desencanto, Jhanisse Vaca dice que “el desencanto   pasa por las formas, en las que no se han podido solucionar estas diferencias y que se ha usado el conflicto para dañarnos entre bolivianos y al mismo tiempo distintos gobiernos han usado el conflicto parea dividir y quedarse en el poder”. 

“El desencanto es la falta de madurez de los políticos para conciliar nuestras diferencias y hacerlo de una forma que una a la sociedad y que honre los derechos humanos y la Constitución, cosa que no ha ocurrido en los últimos años”.

 

El movimiento derivó en muertes

Para el exsenador del MAS  Efraín Chambi, que participó en las negociaciones para pacificar el país en noviembre de 2019, los pititas “fue un movimiento de las ciudades, principalmente de los cascos viejos, donde han expresado su descontento, que en derecho les asiste, pero lo que no se puede permitir y aceptar es la violencia”.

“Lamentablemente todo ese movimiento de las pititas ha derivado en que hayan muertes en Senkata, en Huayllani, que son extremos que nunca debieron haber concluido en esas situaciones. Sin embargo, el pueblo boliviano es sabio y en las elecciones ha expresado su vocación democrática y hoy tenemos un gobierno constitucional y democrático”, asegura. 

“Fue un movimiento esporádico en su momento, ha sido gestado con mucha solvencia económica; han conseguido los objetivos que se trazaron, pero cuando una movilización de esa índole no es legítima, no está sustentada en derechos y garantías, es  una especie de acción fugaz, muy trágica por cierto. Las pititas son sinónimo de violencia y confrontación”, estima.

 “Esperemos que reflexionen y vayan a un espacio democrático. Es legítimo pensar diferente y disentir y es también un derecho generar una agrupación ciudadana o un partido político, que sea el instrumento democrático para competir en el voto popular. Ojalá las pititas ahora transiten a una lucha verdadera, democrática, electoral”, dice.  

Según el exlegislador del MAS Omar Aguilar, los pititas fueron un movimiento ciudadano al que se sumaron grupos “delincuenciales”, como la Resistencia Cochala  y  la Unión Juvenil Cruceñista.

  “Al final se han ligado (los pititas)  a la alianza Juntos, a CC, y a Creemos en Santa Cruz, por tanto hoy en política se puede decir que hay dos bandos, uno el MAS, junto a sus organizaciones sociales y campesinas, y el grupo de los pititas, que representa a la extrema derecha, no unificada”, dice. 

 Según Aguilar, este movimiento hoy está “totalmente politizado y adherido a partidos de la derecha”. “Los resultados del 18 de octubre han sido un golpe duro para ellos; en muchos casos se han desarticulado, sus líderes han desaparecido y también las convocatorias a la resistencia y a la movilización violenta, delincuencial”.

“Su futuro es totalmente incierto; estos grupos van a desmoronarse y desactivarse porque no pueden existir en un Estado de Derecho y eso significará que ya no tendrán una participación en actividad política, a excepción de la Unión Juvenil Cruceñista.  Si organizan actividades sin cometer delitos, por supuesto que sus derechos están garantizados.

Tienen que replantear sus objetivos y reencaminar sus actividades”, opina. 

Para la joven Jhanisse Vaca, mirando al futuro, “tiene que haber un elevamiento de conciencia de la sociedad”. 

“Los bolivianos y bolivianas tenemos que saber que así como les exigimos a los políticos que sean mejores, también nosotros como sociedad tenemos que erradicar lo que no queremos: la discriminación, la violencia y la corrupción”, concluye.
 

Punto de vista
robert brockmannPeriodista y escritor

“Las pititas  pudieron”

Se usa mal el término “revolución de las pititas” porque no fue una revolución la que protagonizaron, pues no intentaron tomar el poder, ni lo tomaron. Las pititas protagonizaron una resistencia popular, a lo largo y ancho del país, en defensa de su voto, en protesta contra el evidente fraude electoral, y para impedir la proclamada e ilegal eternización en el poder de Evo Morales. 

En los tres casos, las pititas alcanzaron sus objetivos. La presencia de la resistencia fue tan irreprimible en todo el territorio, que desembocó en la renuncia de Morales, pero no sin que antes él mismo anulara las elecciones, por fraudulentas. 

Si en 2019 Morales obtuvo 47 por ciento de los votos, fraude incluido, el 53% restante fue o se hizo pitita, hasta, visto en retrospectiva, algunos / varios / muchos simpatizantes del MAS.

“Las pititas” nunca fueron un proyecto, sino un producto político de aparición espontánea, resultado del cabreo de innumerables grupos pequeños, a niveles vecinales, atados por el interés coyuntural de lo arriba descrito. 

Una vez lograda la anulación de las elecciones por el propio Morales y logrado el “bonus” de su renuncia, privado él del apoyo de la COB antes que del de los militares, la razón de ser de las pititas se desvaneció. 

Ese día, la breve pero intensa efervescencia del festejo fue su acto final. La suma de poderosas circunstancias que las unió difícilmente se volverá a dar, a no ser que el/un gobierno vuelva a acumular tanta bronca por tanto abuso. Las pititas deben ser una lección para ambos bandos.

Pero toda la legitimidad que habían acumulado en sus 21 días de resistencia, con sus cuatro muertos y sus casas incendiadas, la perdieron el día que la presidenta interina Jeanine Áñez decidió candidatear a la presidencia. 

Áñez, sin rol en los 21 días, montada sobre la ola de entusiasmo por el fin de los 14 años de abuso, con su candidatura, otorgó mínima validez, pero validez al fin, a la narrativa de que había sido golpe, de que se había atacado al poder para permanecer en él. Y ese no había sido el objetivo de las pititas. Ninguna pitita estuvo en el poder.

Lo que vino después ya no fue “pitita”. “Lo  pitita” sólo existió durante los 21 días y fue unidad coyuntural con objetivos coyunturales que incluso aglutinaron a simpatizantes del MAS en desacuerdo con la eternización del Jefazo.

 Luego dejaron de ser pititas para convertirse en mesistas, camachistas, tutistas, añistas y, sí, incluso masistas.

 

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