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La verdad sobre medio ambiente y pandemias

En los últimos 50 años, las enfermedades emergentes se han cuadruplicado en gran parte debido a la intervención del hombre en la naturaleza.
sábado, 30 de mayo de 2020 · 00:00

Alejandra Gonzales Rocabado
Asistente de dirección de SDSN Bolivia

 

La humanidad entera se vio sorprendida y se regocijó ante los efectos en la naturaleza debido al confinamiento que se está viviendo en el mundo. La naturaleza está recibiendo, parcialmente, un descanso de algunas de las actividades humanas que fomentan su degradación. Se han visto delfines en la bahía de Cartagena, leones en las carreteras de Sudáfrica, una reducción del 25% en los niveles de emisiones de dióxido de carbono, entre otros. En el caso de Bolivia, se observaron ríos con aguas cristalinas y otros ejemplos.

Sin embargo, esta realidad va más allá de eso. El hecho de que gran parte de la humanidad haya pausado sus actividades normales y que esto represente, de cierta manera, un respiro para la naturaleza nos da indicios de lo mal encaminada que está la humanidad en cuanto al trato con el medio ambiente. Asimismo, es necesario mencionar que no nos encontramos ante una “regeneración” de la naturaleza, puesto que se necesitan años de cambios en el patrón de vida para poder paliar el daño ambiental que ya existe. Lamentablemente, ese respiro a la naturaleza carece de plenitud y de constancia.

Si bien el confinamiento ha permitido reducir las emisiones de dióxido de carbono de una industria que no está funcionando al 100%, además de permitir a los animales volver a lugares donde antes habitaban, lo cierto es que algunas actividades que suscitan la degradación ambiental aún se mantienen o incluso se han intensificado.

En Bolivia, a pesar de la cuarentena decretada el pasado 21 de marzo y de los incidentes hace unos meses en la Chiquitania, se han registrado altos niveles de alertas de incendios. Según la captación satelital de alertas de incendios   de la NASA, del 22 de marzo al 17 de mayo de 2020 (época de cuarentena) las alertas llegaron a 1.539 en toda Bolivia, una cifra mucho más alta que las 616 para el mismo periodo en 2017 e incluso 15% superior al promedio de alertas de incendio del 1 de enero al 17 de mayo entre 2016 y 2019.

De estas alertas, aproximadamente un 78% pertenecen al departamento de Santa Cruz, siendo San José de Chiquitos, San Miguel de Velasco y Cordillera los municipios más afectados. 

Bolivia ha llegado a ser el cuarto país en el mundo con mayor deforestación per cápita, lo cual no solo nos ha hecho grandes emisores de dióxido de carbono por deforestación, sino que también es la principal causa para la pérdida de biodiversidad. Del total de pérdida de biodiversidad por deforestación en Bolivia, aproximadamente el 67% es por deforestación en el departamento de Santa Cruz. 

Los municipios de San José de Chiquitos y San Miguel de Velasco se encuentran entre los 10 primeros con mayor índice de pérdida de biodiversidad, debido a las altas tasas de deforestación y los altos niveles de riqueza de especies.

Pero ¿cuál es la relación de este panorama con las pandemias? En realidad, lo que algunos desconocen y muchos prefieren ignorar es que existe una relación bastante estrecha entre la salud humana y la salud de la naturaleza. En los últimos 50 años, las enfermedades emergentes se han cuadruplicado en gran parte debido a la intervención del hombre en la naturaleza. Sobre todo las enfermedades zoonóticas; aquellas transmitidas de animales a humanos. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, 75% de todas las enfermedades infecciosas emergentes en humanos son de origen animal. 

Enfermedades como el sida, el ébola, la gripe aviar y el SRAS, tienen un posible origen por intervenciones del hombre a la naturaleza, las cuales han causado pandemias o amenazan con hacerlo. 

Un ecosistema biodiverso y sano hace más difícil la propagación de patógenos, debido a que este sistema ecológico sirve de amortiguador natural, separando a los humanos de la vida silvestre, ayudándo a protegernos de posibles enfermedades zoonóticas. Con la destrucción del hábitat, se crean puentes para que distintos patógenos pasen de los animales a las personas, los cuales se coadyuvan con el comercio ilegal de especies y mercados de animales, que posteriormente pueden ser ingeridas por las personas.

Esta situación se ve exacerbada por el cambio climático que, al generar cambios en la temperatura, humedad, ciclo hidrológico y estacionalidad, afecta directamente la supervivencia de microrganismos. Enfermedades como el dengue, la malaria y otras, tienden a agravarse debido al cambio climático y la deforestación, ya que ambos provocan la proliferación de mosquitos.

Al mismo tiempo, el cambio climático y la destrucción del medio ambiente extenúan nuestra capacidad de combatir epidemias. Por ejemplo, dentro de las medidas de bioseguridad principales para la actual pandemia, se ha establecido un constante lavado de manos, una desinfección frecuente de lugares y objetos de uso común. Lo cual, según un reporte del BID, titulado “El impacto del Covid-19 en la demanda de servicios”, ha derivado en un incremento en el consumo de agua en las principales ciudades. 

 ¿Cómo podríamos enfrentar futuras pandemias cuando uno de los recursos más vitales para la vida en la tierra se ve desprovisto?

Según la ONU, la escasez de agua actualmente afecta a más del 40% de la población mundial y se prevé que este porcentaje aumente. Las principales razones para la escasez del agua son: sequías, deshielos, desertificación, la contaminación del agua y el incremento en la demanda. Bolivia no solo es uno de los países más vulnerables al cambio climático, sino que depende altamente de las lluvias como fuente de abastecimiento de agua, lo que la hace especialmente vulnerable a la escasez de agua. Un claro ejemplo es la pasada crisis de agua vivida en las ciudades de La Paz y El Alto en 2016.

Y, por si fuera poco, esta relación entre la salud de la naturaleza con la salud humana continúa. Puesto que como se ha mencionado, combatir pandemias no solo implica intensificar el uso de ciertos recursos naturales, como el agua, sino que también las mismas necesariamente van a tener un impacto ambiental. 

Según el reporte del Banco Mundial, titulado “What a Waste 2.0”, el mundo genera un total de 2.010 millones de toneladas de residuos sólidos anualmente, el mismo equivaldría en peso a más de 14 millones de ballenas azules. Las estimaciones del reporte sugieren que esa cifra (en condiciones normales, vale decir sin pandemias) incrementaría a 3.400 millones de toneladas de residuos sólidos para el año 2050, claramente un panorama nada alentador. Toda la basura generada está “ahogando” los océanos, lagos, ríos, está destruyendo el hábitat de cientos de especies, obstruyendo drenajes y causando inundaciones, transmitiendo enfermedades y convirtiendo nuestro planeta en un basural. 

Lo que está claro es que la pandemia del coronavirus no será la última, ya que éstas serán más frecuentes mientras mantengamos el mismo trato con la naturaleza, destruyendo hábitats y promoviendo actividades que agraven el cambio climático, y lo más probable es que no siempre tengamos las mismas condiciones para hacer frente a una pandemia, que desde luego también tiene efectos negativos sobre el medio ambiente.

Las decisiones que tomemos para revivir la economía después de la pandemia, deben considerar no solo los beneficios a corto plazo que genera una degradación ambiental, sino que deben velar por el cuidado medioambiental que sin duda también tiene grandes beneficios económicos y sociales. Que esta crisis sanitaria no nos haga perder de vista la crisis ecológica que puede llegar a ser permanente e irreversible. 
 

 

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