Tecnología y pandemia

La revolución blanca

Según este análisis, es probable que pronto se inicie un cambio tan potente que se tendría un mundo aséptico, libre de virus y enfermedades.
viernes, 31 de julio de 2020 · 00:00

Sergio Lea Plaza
Master en comunicación política, trabaja en proyectos de comunicación

Unas moléculas invisibles se están encargando de recordarle al ser humano del siglo XXI algo que estaba olvidando: la sensación de vulnerabilidad ante su entorno. 

Desde que Aristóteles sostuvo que el hombre es el único ser al que la naturaleza le concedió la palabra, para percibir el bien del mal, nuestra construcción civilizatoria se ha basado en la lucha por lograr la supremacía del humano sobre su entorno. 

En esa lógica, en los últimos siglos se ha dibujado un imaginario que eleva al hombre por encima de todo lo que le rodea, como un semi dios de carne y hueso que cree controlar y manipular la “realidad”.

 Con la perspectiva que abre la cuarta revolución industrial, la ciencia y su tecnología pueden profundizar aún más el divorcio con nuestro entorno.

Las pandemias no son nuevas para la humanidad, de hecho muchas anteriores han tenido efectos mortales muchísimo mayores. Lo que parece nuevo para el habitante del planeta del 2020 es el alto nivel de incertidumbre que ha causado la Covid- 19 en un mundo que creía tener controlada la incertidumbre.

 La inédita reacción planetaria ante la expansión del virus es la prueba de ello; no sabíamos qué había que hacer, tuvimos que recluir a la gente en sus casas por meses y parar la economía.

Por ello, una vez que pase la situación sanitaria crítica, será crucial para el propio relato civilizatorio que la ciencia, la política, la economía y la sociedad converjan para restablecer la certidumbre a partir de un nuevo esfuerzo por el dominio del entorno, pero ahora desde lo interno, desde la salud.

No sólo se colocará a la salud en el foco de la agenda global, es probable que pronto se inicie una potente revolución de la salud en el planeta, una revolución blanca, por un mundo aséptico, libre de virus y enfermedades. 

Sin duda que esta revolución se llevará adelante con la tecnología. La ciencia ha dado pasos gigantes en la creación de biotecnologías, manipulación genética, inteligencia artificial, cibernética, tecnologías de información y comunicación, nanotecnologías, etcétera. 

Se descifró el mapa del genoma humano con el ADN en los 23 pares de cromosomas, la clonación se practicó con éxito en animales como la oveja Dolly, la robot Sofía ya dicta conferencias, la nanotecnología esta desarrollando implantes para detectar riesgos de contraer un ataque al corazón, la tecnología 5G ofrecerá increíbles niveles de velocidad para la transmisión de datos que permitan el “internet de las cosas”, etcétera. 

Pero sólo una parte de los avances es conocida públicamente, una buena parte se mantiene en secreto. En el contexto de la post crisis, las “necesidades” de la salud podrían hacer que esos secretos emerjan y converjan. 

La tecnología de manipulación genética, por el enorme potencial de cambio que encierra, podría convertirse en uno de los hilos conductores de esa convergencia. Sabemos que es posible la manipulación genética, sólo que todavía no se han consolidado legislaciones que permitan abrir su uso al público, por la tremenda controversia que genera.

Pero, a título de revolución de la salud, los Estados más ricos levantarían las restricciones en esta materia y darían paso hacia un primer nivel de manipulación genética. Ello abriría la puerta para la manipulación genética plena. Lograr que se controlen o eliminen enfermedades en una célula y a partir de ella en un organismo sería una fórmula perfecta para cuidar la salud. 

Eliminar enfermedades mortales, así como blindarnos a nivel celular de virus y bacterias podría ser posible. Pero también sería posible encontrar la forma de reducir la oxidación de las células para permitir su rejuvenecimiento. Y, con ello el sueño más grande del hombre en todos los tiempos estaría cerca de cumplirse: vencer a la muerte. 

Sería el tiempo de la eugenesia, como manipulación genética hacia el “perfeccionamiento” de la especie humana. Se podría diseñar al ser humano desde el embrión, no sólo eliminando  enfermedades, también definiendo rasgos.

Y si en esa construcción articulamos a las tecnologías de información podríamos proyectar la constitución de un “súper humano”. No estaríamos tan lejos: en 2019, Elon Musk (CEO de Tesla), comunicó los avances de su empresa NeuraLink en el proyecto de conectar el cerebro humano a internet a través de la implantación (en el cráneo) de un chip con conexión Bluetooh para enlazarse con una computadora y con sensores instalados en la masa cerebral. 

Imaginemos los enormes “beneficios” que podrían traer para la salud. Pero, al mismo tiempo, imaginemos las posibilidades que se abren para la biopolítica, el control y la vigilancia digital total. Michel Foucault observaría “fascinado” cómo por fin el poder habría obtenido acceso directo a tu cerebro, para seducirte (con sus algoritmos invisibles) y construir la “realidad” en tu mente. 

Y, cómo a partir de la sinergia de todos esos avances podría erigirse un nuevo orden humano, dividido entre quiénes acceden y quiénes no acceden a la tecnología científica. 

Y entonces, el relato de la revolución blanca, de la mano de la eugenesia, será irresistible para la política y la sociedad, como promesa de un nuevo mundo. 

¿El Mundo Feliz que vislumbró Aldous Huxley?

 

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