Caso Terrorismo

Aún queman las preguntas

Esta tercera entrega de la serie de persecuciones durante el gobierno de Evo Morales está dedicada a la masacre del Hotel Las Américas, el aún polémico hecho registrado en 2009.
domingo, 13 de septiembre de 2020 · 00:13

Harold Olmos  y Shane Hunt
  Periodistas

Hace pocas semanas, quedó cerrado legalmente en Bolivia el mayor juicio penal de la historia reciente del país. Más de seis años de audiencias llegaron a su fin a mediados de junio, pero como en muchos otros casos, la masacre del Hotel Las Américas quedó con aristas puntiagudas y cortantes que los  historiadores tendrán el desafío de limar y esclarecer. Es tan solo una esperanza, pero sin aclararla, nunca será visible la historia central de todo lo que pasó ni por qué  ocurrió la masacre del Hotel Las Américas.

¿De dónde partió el primer boceto para la trama  oscura que, a balazos, puso fin a  la vida de tres  personas y dio lugar a  una cacería de decenas de ciudadanos cruceños como jamás en la historia de la región? Nunca se lo llegó a saber por completo.

Solo se conocieron públicamente  los trazos de un cuadro que por la magnitud del diseño solo los grandes detalles vieron la luz. Trazos fundamentales no fueron expuestos, menos todavía la identidad de la mano que los diseñó. Aún menos, las porciones de dinero entregadas para la banda por cada uno de los eventuales contribuyentes. En teoría ese sería un dato esencial, aunque a estas alturas pueda parecer irrelevante precisarlo;  incluso cuantificarlo no debería requerir de gran esfuerzo.  

Pero al declararse el fin del juicio, el juego quedó sin un final formal y sin posibilidad de retomarlo desde sus orígenes. Ha sido extraño el empeño de jueces y fiscales por acusar y atribuir la culpabilidad del hombre que venció al Che Guevara, casi medio siglo después de la batalla final que capitaneó el ahora general  Gary Prado Salmón.

Una celada del gobierno para forjar una supuesta gran conspiración  ofrecía la posibilidad de acorralar a las fuerzas adversas que el régimen consideraba más peligrosas y, de paso, ganar credibilidad dentro de su propio campo, que resultaría mejor protegido ante el enemigo común, la clase terrateniente. Pero sobre todo, el gobierno de Evo Morales podría presentar a sus congéneres radicales por el mundo un trofeo para  rubricar su vocación izquierdista.

Pero, por otra parte, el hecho de que 53 años después  de Ñancahazú todavía se buscase vengar la caída de la mayor figura guerrillera castrista del Siglo XX, evidenciaba la magnitud de la derrota de la izquierda en el sudeste boliviano. También quedaba en evidencia que la tentativa de vengar la muerte del Che colapsó al hundirse el intento de castigar penalmente a Prado Salmón por una supuesta conspiración que nunca llegó a ser sustentada.

Fue aquel un tiempo de pesadilla, con detalles que muchas familias cruceñas evocan todavía con angustia.

 Lo más claro es que en la noche del asalto al hotel, ejecutado por unos 30 hombres bien armados de la llamada entonces Unidad Táctica de Resolución de Conflictos, llegaron de La Paz solo unas horas antes. Los hombres rodearon y tomaron el hotel Las Américas  el  16 de abril de 2009. En pocas horas, antes que amaneciera del todo, los cuerpos de Eduardo Rózsa, Michael Dwyer y Arpad Magyarosi yacían tendidos en el piso ensangrentado de sus habitaciones. Fueron acribillados en sus camas sin que llegaran a defenderse.

Al poco tiempo, la UTARC cambió de nombre, opacada por la brutalidad de la operación y tal vez porque pocos querían colocarse bajo una bandera con semejante historia.

¿Quién dispuso dejar con vida a Mario Tádic Astorga y Elod Tóásó?  Al retroceder el almanaque hacia aquellos días, las preguntas surgen como disparadas desde una ametralladora.

¿Quién financió el viaje hasta Bolivia y todo el resto de la operación? Algunas interrogantes fueron respondidas durante el juicio pero sin dejar satisfechos a los investigadores ansiosos de más detalles.

¿Fueron solo  hombres de la unidad militar los que dispararon, o también hubo extranjeros, como insistentemente se alegó, que tomaron parte en la ejecución? ¿Hasta qué punto preocupó al gobierno la versión de dos ingenieros brasileños que, antes de  partir de vuelta a su país escucharon gritos doloridos de clemencia, primero,  y quejidos moribundos, después, en el cuarto piso del  hotel? La versión, que ratifica la brutalidad de la operación, es enteramente plausible y también la única independiente sobre esos momentos fatales.

Morales viajó a Irlanda en noviembre de 2015 y se entrevistó con Caroline Dwyer, la madre de Michael Dwyer, el joven asesinado en el Las Américas con un balazo que le abrió el corazón.

Fue la segunda entrevista de Morales con la señora Dwyer. En ella volvió a prometer a la familia Dwyer y al gobierno irlandés  que el proceso no sería interferido por el gobierno boliviano  y, sobre todo, su decisión de apresurarlo.

Pero nada significativo ocurrió en los cinco años que siguieron desde entonces, pues todo indica que él era el menos interesado en un esclarecimiento del caso. Ese desinterés dice mucho de la responsabilidad de su gobierno.

El día en que ocurrió la masacre, Evo Morales llegaba a Venezuela  y declaraba que él mismo esa madrugada, antes de embarcarse en el aeropuerto de Santa Cruz,  había impartido la orden  de lanzar la operación. Tiene que haber sabido todos los detalles del por qué ordenaba acabar con la  vida de tres ciudadanos justo cuando salía de Bolivia en gira internacional y el vicepresidente asumía decisiones de Estado. ¿Era solo una cómoda delegación de responsabilidades?

Tampoco se sabe si el gobierno interino de Jeanine Añez dio algún paso adelante.

Ninguna de las muchas preguntas que surgieron todos estos años ha sido exhaustivamente respondida. Por ejemplo, ¿qué instrucciones específicas recibían del Ministerio de Gobierno los jueces y fiscales del caso? Eran  ostensibles las presiones que la fiscalía ejercitaba sobre las jueces ciudadanas, el eslabón más frágil para los movimientos  del gobierno de entonces, para direccionar el timón del juicio a su favor. ¿Sabía  de eso el juez del caso? Además, nadie se ha preocupado por poner en limpio  las denuncias de  las  jueces ciudadanas que recurrentemente dijeron que eran presionadas por el juez presidente y los fiscales  para que sus decisiones ocurrieran en la dirección que quería el gobierno.

Tampoco están claras las presiones que recibían del gobierno los fiscales Marcelo Soza Álvarez y Sergio Céspedes, quien sucedió al primero. ¿A qué órdenes directas obedecían? Todo exhibe la subyugación del Poder Judicial y la urgencia de exigir su recomposición.

Uno de los capítulos más intrigantes que nunca fue explicado es ¿qué hacía el contenido de la computadora de Gabriela Montaño en la de Eduardo Rózsa Flores? ¿Cómo  consiguió Rózsa ese material invalorable como documento de espionaje? ¿Se lo dieron o lo recibió de la propietaria?

Evo Morales reconoció que Rózsa y sus acompañantes fueron acribillados porque ¨querían escapar¨. Si ya lo sabía, ¿por qué no ordenó que fuesen detenidos de inmediato? ¿O es que los quería muertos? Nadie se lo preguntó ni él tuvo interés en brindar una explicación. 

Su viaje a Irlanda  a fines de 2015 y su entrevista con la madre y hermana del joven Dwyer tampoco merecieron ninguna explicación.

¿Qué habló Morales con ellas? No puede creerse que quería darles pésames. Tampoco que hubiera hecho tan largo y costoso viaje solo para inaugurar una embotelladora de refrescos o para llegar a una latitud tan distante que, jamás, ni en sueños, creyó que llegaría.

De lo  que nadie duda es que el país está todavía ante  una oportunidad para irradiar luz sobre todo el caso. Pero no se ha visto ninguna prueba de que las actuales autoridades estén comprometidas a esclarecer el caso penal más grande de la historia boliviana y extraerlo de  la  oscuridad. Otra oportunidad no se repetirá.

 

 

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