Posverdad

Efectos de las fake news para la democracia

Para que sean creídas o no, es determinante lo que afirmen dirigentes que tienen credibilidad sobre uno u otro bando.
domingo, 17 de enero de 2021 · 05:00

Carlos Guevara Rodríguez
Columnista

 

Fake news como concepto no es nada nuevo, lo que es nuevo es la tecnología que la ha amplificado exponencialmente. La extraordinaria propagación de redes sociales ha dado lugar a la difusión antes inimaginable de noticias y narrativas, en parte o en su totalidad, falsas. Complicando esta figura, lo que es fake news para unos es verdad para otros, y lo que es verdad para esos unos es fake news para esos otros. 

Para mucha gente creer en algo, sea esto cierto o falso, sin examinar los hechos y la evidencia que rodean ese algo, es fruto de la necesidad psicológica y emocional que tienen de creer ese algo. Si la gente cree en algo falso, o sea en fake news genuinamente falso, es por la necesidad de que el mundo tal como es imaginado, con las distorsiones y prejuicios que se tienen, no sea perforado por la realidad; creer es mucho más grato, o aun indispensable, para poder seguir concibiendo la vida de la misma manera familiar y reconfortante.

 Ni aun la existencia de hechos y evidencia que contradicen las fake news logra que la gente deje de creerlas; sólo la experiencia, lo sufrido en carne propia, puede dar lugar a descreerlas. Pero tal es el poder de la necesidad de aferrarse a ciertas creencias que en algunos casos ni siquiera la experiencia da lugar a desechar fake news. 

Ese es el caso con los adeptos a Trump. Trump, por razones de interés político personal, apostó a minimizar las consecuencias de la pandemia de la Covid-19. Parte de esa actitud fue el rechazo de utilizar máscaras, o al menos, dejar a la preferencia de la gente si usarlas o no, de modo que su utilización se volvió un símbolo político: si no la usas eres un individualista rudo que comparte la posición ideológica de Trump de que la libertad para el individuo es el máximo bien, orgullosamente desafiante de aquellas autoridades que quieren coartar dicha libertad obligando a la gente a usarlas.

Ahora bien, el resultado de dicha orientación, de que usar máscaras no era necesario como protección contra el virus del Covid –un claro caso de fake news– que emanaba directamente de la Casa Blanca, y en contraposición de lo que las autoridades sanitarias recomendaban, fue que mucha gente no use máscaras y consiguientemente enferme y muera con la Covid-19. 

Pero es tal la capacidad de la gente para el auto engaño, que en comunidades que abrumadoramente apoyaban a Trump, pacientes de covid que estaban al borde de la muerte como consecuencia de creer que no necesitaban usar máscaras se rehusaban a dar crédito a la evidencia de que estaban por morir a causa de esa enfermedad.

En Bolivia una gran proporción de la población, tal vez más de la mitad si es que nos guiamos por la votación del MAS, cree, a raíz de las declaraciones repetidas constantemente por casi todas las principales autoridades de ese partido, que no hubo fraude electoral el 20 de octubre 2019 y que el cambio de gobierno de Morales a Añez en noviembre de ese año fue el resultado de un golpe de Estado.

 La cruel ironía es que aquellos que supuestamente perpetraron el golpe fueron los que dieron lugar, a través de elecciones limpias e imparciales el 18 de octubre del 2020, a que aquellos que difunden  fake news de que no hubo fraude y de que hubo golpe el 2019 ganen las elecciones el 2020. 

También podemos constatar que la poderosa característica que señalábamos de las fake news respecto de la necesidad de la gente de creerlas en determinadas circunstancias, como por ejemplo en relación a la falsa aseveración difundida por el MAS de que hubo un golpe, igualmente se da en la gente que se podría denominar anti-MAS: gran parte de la población que no votó por el MAS en la elección del 18 de octubre del año pasado cree que ésta fue ganada por el MAS fruto de un fraude, cuando no existe evidencia creíble de que la hubo. 

Para aceptar esa fake news habría que creer el absurdo de que el fraude lo habría tenido que perpetrar el gobierno de Añez en contra del gobierno de Añez, o al menos que haya sido llevado a cabo sin su conocimiento, algo casi igualmente absurdo.

Otro aspecto fundamental de las fake news es que para que éstas sean creídas o no, es determinante lo que digan y afirmen aquellos dirigentes que tienen credibilidad sobre uno u otro bando. Por ejemplo, en EEUU Hillary Clinton el 2016 aceptó públicamente que Trump ganó al día siguiente de la elección, a pesar de que ella había ganado el voto popular, al constatar que Trump ganaría en el Colegio Electoral (cuerpo colegiado que en última instancia define quien es elegido presidente). 

En cambio Trump, en la elección que tuvo lugar el 3 de noviembre del 2020, a pesar de haber perdido tanto el voto popular como el voto en el Colegio Electoral, alega que fue víctima de un fraude masivo y que en realidad fue él quien ganó la elección, sin que exista evidencia alguna de esa aseveración: ejemplo clásico de fake news por su total falsedad y que sin embargo es creída por la gran mayoría de sus adeptos.

 Las consecuencias de que una gran parte de la población crea que le robaron la elección a su candidato, y que por tanto crean que el gobierno del candidato ganador, Joe Biden, será ilegítimo, podrían ser funestas para la democracia en ese país.

En cambio en nuestra patria el principal candidato perdedor, Carlos Mesa, tan pronto se supo el resultado de la votación del 18 de octubre del 2020, aceptó que el resultado del mismo había dado la victoria a Luis Arce. 

Esa decisión contribuyó materialmente a que la población anti-MAS acepte un resultado que le resultaba muy difícil de digerir, con lo cual aportó en gran medida a la pacificación del país y a la legitimidad de la democracia, esto a pesar de que en lo inmediato le hubiera podido convenir por un cálculo puramente político personal hacer lo contrario. Tal vez todavía haya esperanzas de mantener un sistema genuinamente democrático de gobierno en Bolivia, pero no mucha.

 

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