Democracia y estado de derecho

Populismo, una peste peor que el Covid

En nombre del “pueblo” que dicen representar, estos líderes tienen la última palabra, ellos deciden, y se convierten en la ley misma.
domingo, 17 de enero de 2021 · 05:00

Oscar Antezana Malpartida
 Economista

Donald Trump no es un tipo cualquiera; todo lo que dice o hace es tóxico. ¿Desaparecerá del escenario político mundial a partir del 20 de enero próximo? Una de las perspectivas más alicientes de un mundo posterior a Trump era simplemente que ya no se pensaría más en él. No más tuits vulgares, no más conferencias de prensa idiotas, no más mítines llenos de odio: el final del ciclo interminable de noticias falsas de Trump. 

Pero a este señor lo respalda una base electoral descomunal (74 millones de personas votaron por él a pesar de su indecencia y pésimo gobierno) y la gran mayoría de los congresistas republicanos y otras personalidades. Ha logrado recaudar alrededor de 300 millones de dólares que, se dice, es para su defensa legal que tendría que asumir así salga de la presidencia, para su campaña del 2024, para solventar sus frágiles finanzas empresariales, entre otros. 

La invasión en días pasados al Capitolio por vándalos de sus bases fue ocasionada por las arengas propias del mismo Trump para no permitir la certificación oficial de Joe Biden como nuevo presidente. Parece que este evento, por fin, habría sepultado la vida política de Trump. Sería un alivio mundial. Si se logra procesar y culminar este segundo juicio político (impeachment), podría ser así, por lo menos formalmente. 

Pero no hay que estar tan seguro. Es decir, existiría la posibilidad de que sus bases, y buena parte de los congresistas republicanos, ahora y en el próximo futuro, lo sigan como líder de facto a pesar de no ser próximo candidato ni tener ningún cargo político formal dentro del partido Republicano. ¿Por qué?

Porque los populistas, como él, Evo en Bolivia, Perón en Argentina, Chávez en Venezuela, Erdogan en Turquía, Orbán en Hungría, y otros utilizan su carisma para beneficio propio.

 Los populistas cantan a voz en cuello de que la voz del pueblo es la voz de Dios, de que el pueblo es la mismísima democracia, de que se deben al pueblo, y de que hay que hacer lo que el pueblo quiere. Si el pueblo es manipulado por estos políticos populistas con mentiras y frases que el “pueblo” quiere escuchar (como lo hacen o hicieron Trump, Evo, Chávez, etcétera), el pueblo termina creyendo y siguiendo al populista. Así, estos “flautistas de Hamelín” controlan con su música sedante plagada de frases como soberanía, imperialismo, depredación, etcétera, o culpando a la derecha y al capitalismo, logrando obnubilar al pueblo. 

¿Cuál es el resultado infalible? El autoritarismo de líderes elegidos democráticamente. Pero sólo elegidos, porque ellos no son demócratas; son oportunistas, aprovechadores, personas angurrientas de poder y sed financiera. Y claro, siempre habrá dirigentes y seguidores que desean lo mismo, y alcanzan a ser una masa crítica significativa con poder político. Claro está, en estos países no se hace ejercicio de la democracia porque la piedra fundamental de ésta es el estado de derecho. 

Pero esto no va con los populistas porque, en nombre del “pueblo” que dicen representar, ellos tienen la última palabra, ellos deciden explícita o implícitamente, y se convierten en la ley misma. El otro resultado es que estos países sometidos al autoritarismo se gobiernan en función de las personas y no de las leyes. Gobiernan con la mentira repetida una y mil veces, como la novela ficción de George Orwell –1984– expandidas por los medios de comunicación que controlan, hasta que la mentira se convierte en verdad porque no hay otra información, porque se ocupan de acallar o restringir otras fuentes de información. 

Eso pasó con Trump, ¿no? Con Chávez y Maduro, ¿no? Con Evo, ¿no? Bien tendría que escuchar Evo y su pandilla a las afirmaciones, gratamente sorprendentes, de su correligionario y presidente del Senado, el señor Andrónico Rodríguez: “Así es la vida en política, son tiempos, etapas y ciclos que uno tiene, nadie puede creerse imprescindible, el político también pasa de moda o su etapa concluyó, o su ciclo terminó, o su tiempo se acabó (…). Un político con mucha ambición de poder pone en vergüenza internacional a su país, intentando forzar por encima de la decisión del electorado a favor del político que se cree imprescindible”. 

Evo puso en vergüenza a Bolivia muchas veces, y lo sigue haciendo. El señor Rodríguez también calificó  de “vergüenza mundial” el asalto al Capitolio por vándalos de Trump. 

¿Cuántas veces Evo ha incitado a asaltar instituciones públicas y bloquear caminos amenazando la salud pública y la vida de sus conciudadanos? Decenas. Si ese gringo atorrante que entró al Capitolio disfrazado de búfalo era izquierdista, ya los caviares estarían diciendo que era “un representante ancestral de los oprimidos pueblos indígenas y de su sabiduría milenaria”.

Evo también ha querido perpetuarse en el poder, como Trump, haciendo arrodillar a las leyes de su país porque se creía, ya hacía creer a sus acérrimos seguidores, de que él era el salvador de la patria, el único. Evo ha evitado, de una y mil maneras, incluyendo el amedrentamiento y las amenazas, a lo Trump, que otros puedan ser elegidos o tengan esa oportunidad. 

Los populistas son narcisistas, se creen perfectos y les gusta que los idolatren y les rindan culto y pleitesía. Pensemos en Perón y Evita, Evo, Chávez, Fidel, y tantos otros. Este culto a la personalidad gira peligrosamente en el vacío, sin rendir cuentas a nadie.

Trump, así como Evo y los populistas, deben desaparecer de la vida política, pero no va con ellos. Creen que la única forma de transferir el poder es cuando ellos mueran; se creen imprescindibles y/o tienen un gran temor a que les caiga el peso de la Ley. Esto es claro con Trump que tiene abiertos tantos frentes personales como empresariales, y ahora políticos.

 Imagínense qué haría Maduro si le exigen rendición de cuentas. Sabemos qué haría Evo: buscar asilo, vivir bajo la sombra de Maduro, o más seguro, de Castro, o volver a postularse como congresista para tener inmunidad; lo que sea, pero no viviría en Bolivia, en su chacra, como lo hace Pepe Mujica.

 

 

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