Los buenos, los malos y los desesperados

En esta edición, Ideas inicia una serie de cinco entregas especiales con motivo de la conmemoración de los 1.700 años de vida judía.
domingo, 12 de septiembre de 2021 · 05:00

En el año 70, tras la primera gran rebelión contra la ocupación romana, los judíos fueron masivamente expulsados de su propia patria, Judea o Palestina. Fue el inicio de ese calvario milenario llamado la Diáspora. Los judíos fueron obligados a dispersarse alrededor del mundo entonces conocido, que estaba en su mayoría ocupado por el Imperio Romano. Podían, y de hecho lo hicieron, asentarse en la propia Roma, pero no podían regresar a su patria.

251 años  después, es decir en el año 321, hacen hoy 1.700 años, se registró la primera presencia de judíos en la ciudad de Colonnia Agrippina, ciudad-fortaleza romana en la orilla izquierda del río Rin, entonces la frontera entre la cultura y la civilización romana y los agresivos e indomables bárbaros selváticos germanos.

Aquella presencia judía originaria fue el inicio de una larga convivencia entre judíos y alemanes, con momentos fulgurantes y oscuridades profundas, que tendría un indeseable desenlace con la llegada de Adolf Hitler al poder en 1933 y el consiguiente Holocausto de seis millones de judíos europeos.

Mauricio Hochschild –un perfecto villano según nos contó el MNR– nació judío, seglar y alemán, hizo fortuna en Bolivia y regresó a Alemania en 1935 a rescatar a su familia de las garras de los nazis. Fue tan espantoso lo que vio, que decidió rescatar a tantos judíos como fuera posible. De regreso a Bolivia, persuadió de ello al presidente Germán Busch, quien, generoso, abrió con un decreto supremo fechado el 8 de junio de 1938 las puertas de Bolivia no solo a los judíos, sino a toda persona de buena voluntad y disposición al trabajo.

Sin estar el país realmente preparado, Busch en persona recibió un río de cartas de solicitud de información: ¿formularios, condiciones, requisitos, canales, responsables, instituciones? No había nada. Una de esas cartas, fechada en diciembre de 1938, era de un ingeniero vienés –ese año la Alemania nazi se había anexionado a Austria– de 37 años, Rudolf Lawner, a quien los nazis habían dejado sin posibilidades de trabajar.

Busch, desesperado ante el flujo, le pidió a su canciller, Eduardo Diez de Medina, que mandara traducir las cartas. Diez de Medina, tan abrumado como Busch, no pudo o no quiso. Los pisó el tiempo y Lawner terminó sus días en un campo de exterminio nazi. “Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada”, sentenció Edmund Burke.

Por las mismas fechas, también en Viena, la familia del niño Wilhelm (Guillermo en Bolivia) Wiener buscaba cómo huir de los nazis. Su padre, Bernhardt, no sentía que su primera identidad fuera judía y se consideró protegido como oficial del Ejército y haber luchado con el uniforme austriaco los cuatro años de la Gran Guerra. Pero nada. En la Noche de los Cristales Rotos los nazis lo encerraron en un campo de concentración. Suerte dentro de la desgracia, el hijo mayor de la familia, Hans, ya estaba en Bolivia

¿Cómo había llegado Hans a Bolivia? Un amigo suyo, miembro de la SS lo ayudó a abordar un tren (los judíos tenían vedado el transporte público) hasta la frontera con Suiza y allí, otro guardia de la SS, amigo del primero, hizo de la vista gorda mientras Hans cruzaba un río fronterizo. “Si crees que no puedes llegar a la orilla opuesta y regresas, te disparo”, le advirtió. Desde Suiza, Hans llegó a Bolivia gracias a la red tendida por Hochschild y Busch.

En Bolivia, de alguna manera, Hans accedió al ministro del Interior, el general Demetrio Ramos, ya durante el gobierno del general Carlos Quintanilla, quien le preguntó si tenía más familia atrapada en Europa. Hans dio los detalles y Ramos instruyó al consulado boliviano en Viena otorgar visas para los Wiener. Emigrado a sus siete años, a don Guillermo Willy Wiener, los viejos paceños le debemos los cines Universo y Monumental Roby, en alguna medida el cine Bolívar y miles de películas.

“Yo me sentía tan alemán como cualquier alemán católico o protestante, sólo que de religión judía”, diría nuestro Werner Guttentag, que murió en 2008 sintiéndose cochabambino. El padre de Werner, Erich, igual que Bernhardt Wiener, tampoco se sentía particularmente judío y se sintió al principio protegido por el uniforme alemán que visitó durante la Primera Guerra.

Pero eran los nazis quienes definían quién era judío y Erich fue internado en Buchenwald. Pero allí también habría de intervenir la providencia y la bondad de los malvados.

Cuando Margarethe, la madre de Werner, fue a recoger unos certificados de antecedentes penales para interceder por la libertad de su marido, un oficial de Policía de apellido Rau le ordenó permanecer en su oficina “sin importar qué” hasta nueva orden. Margarethe quedó encerrada toda la noche.

Al ser liberada al día siguiente, se dio cuenta de que Rau la había protegido de la Noche de los Cristales Rotos, el 9 de noviembre de 1938, cuando hordas de nazis asesinaron a cientos de judíos en las calles o en sus casas en todo el Reich (otros 300 se suicidaron esa noche).

Sucedieron milagros. Erich fue liberado de Buchenwald con la condición de emigrar. La pareja dio con la red de Hochschild y los tres Guttentag terminaron afincados en Cochabamba, gracias a lo cual tenemos Los Amigos del Libro y una industria editorial moderna.

Con su soberana estupidez, la aberración nazi mutiló así uno de los componentes de la cultura occidental, greco-romana, judeo-cristiana, que se ha visto así sustancialmente empobrecida.

No faltaron los miserables. Es cierto que la presencia súbita de varios miles de judíos (dependiendo de la fuente, entre 7.000 y 22.000) en las pequeñas ciudades de la precaria Bolivia de 1938-1940 tuvieron un impacto innegable y hasta traumático. Escritores y políticos encabezaron brotes de antisemitismo que no llegaron a mayores. A la larga, la contribución judía a la vida nacional fue un incremento en la calidad de los servicios y la cultura, un enriquecimiento de la diversidad y una institución única: el anticrético.

 

Robert Brockmann / Periodista y escritor

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