La obsesión de AMLO con España

El mandatario mantiene una relación ambigua con España, país de sus ancestros maternos. Expresa un populismo de cara a los titulares.
domingo, 22 de mayo de 2022 · 05:00

Sergio Plaza Cerezo 

Una alumna mexicana comenta una noticia: “hay que dar pausa a la relación con España”, pronunciaba de forma enigmática el presidente de su país Andrés Manuel López Obrador (AMLO), acrónimo original tipo JFK. El mandatario quería mostrar su enfado con la actuación de ciertas multinacionales, presentadas como remedo de los conquistadores. Un chivo expiatorio: cualquier contencioso de este tipo es asunto particular; y no debería identificarse con el conjunto de la ciudadanía española, siempre cercana al país hermano.

La petición para que España pidiera perdón por la conquista de América fue reacción temprana, al inicio del “sexenato”. En realidad, los descendientes de los conquistadores son latinoamericanos en su mayoría. Tres o cuatro presidentes de Chile en el siglo XX comparten como antepasado común a un oficial nacido en el pueblo manchego de Iniesta (siglo XVII); mientras, Juan de Garay -segundo fundador de Buenos Aires- sería ancestro de Borges y Cortázar. Un conflicto en México sobre la conquista será en clave interna: la propia televisión, cuyos conductores y tertulianos suelen ser “güeritos”, simboliza la brecha étnica.

La obsesión con España hila una amalgama de declaraciones periódicas de AMLO, cuales titulares de cara a la galería. La mitad meridional del país azteca, con mayor raíz indígena, ha sido su feudo electoral, frente al norte más criollo. Un populismo menor, alejado de las derivas macroeconómicas capaces de hundir un país.

Algunas acciones del estadista sí han resultado ingenuas, como la llamada para que la gente saliera y se divirtiera en los días previos al confinamiento por pandemia. Una muestra del fatalismo hispánico, endulzado con el carpe diem. Me recordó un viaje en Guatemala, cuando llamé la atención a un chofer porque no soltaba el teléfono celular. “si Diosito quiere que nos muramos, nos moriremos de todas formas”, respondió.

La prensa económica de Madrid se ha tranquilizado, una vez que el sector financiero confirma su buena relación con el presidente de México: AMLO es así. Un doble rasero hacia España, invisible incluso para tantos chilangos. ¿A qué me refiero? Lo explicaré.

Muchos españoles del norte arribaron a México desde las últimas décadas del siglo XIX. Cántabros, asturianos, gallegos, leoneses y vascos han contribuido con su esfuerzo a la prosperidad de la nación. Una emigración económica, complementada por el exilio republicano, tan enriquecedor en el plano intelectual, acogido por el presidente Lázaro Cárdenas tras la Guerra Civil (1936-1939). 

El abuelo materno de AMLO era un emigrante cántabro llegado a México, donde ya se habían establecido sus hermanos, después de abandonar España con 14 años y pasar algún tiempo en Cuba. Según resultaba habitual en esta diáspora,  el señor Obrador se casó con una muchacha de la colectividad asturiana. La familia regentaría una tienda de abarrotes, negocio propio de españoles, donde llegó a trabajar un empleado mexicano, futuro padre del presidente.

Dos tíos de mi abuela paterna, ovetense, también se establecieron en México; y uno de ellos formó familia con mujer originaria de Peñamellera, localidad fronteriza entre Asturias y Cantabria cuyos naturales eran multitud en Puebla, urbe encantadora de traza colonial. El otro hermano se saltó las reglas no escritas: su esposa tenía raíces indígenas. Una parienta de Oviedo visitó a esta mujer, ya viuda y quedó impactada por aquel contacto iniciático con el realismo mágico de la América profunda.

Máximo Fernández Heres, hermano de mi bisabuela Dolores, “hizo la América” como presidente del Centro Asturiano de la Ciudad de México (1939), institución venerable de poder. El deseo de reconocimiento puede ser más relevante que hacerse rico. La familia estableció una cristalería en la calle Guatemala, junto a la catedral. En mi primera visita (1997), todavía quedaban varios comercios de dicho rubro, regentados por asturianos y cántabros. Se trata de fenómenos recurrentes de especialización vía paisanaje, tales como las panaderías fundadas por navarros del Valle de Baztán.

En la literatura del Siglo de Oro, ser montañés -o cántabro- era sinónimo de hidalguía, rasgo favorecedor de espíritu igualitario y cooperativo entre paisanos, en tanto que una mayoría compartía dicha condición. No olviden que Don Quijote portaba apellido con esta procedencia. Los orígenes primigenios de Santander, uno de los bancos más importantes de Europa, se forjan en los capitales que los retornados montañeses traían consigo, después de haber triunfado  en México y Cuba.

Miguel Ángel Revilla, presidente de la pequeña comunidad autónoma de Cantabria, es personaje conocido en toda España; y derrocha simpatía en múltiples apariciones televisivas. En conversaciones ocasionales con mexicanos en Madrid, aparece la referencia al origen montañés, desde turistas de alto poder adquisitivo a directivos de empresas multinacionales.

Revilla cultiva lazos con esta diáspora poderosa; y, ha construido una sólida amistad con AMLO. Por ello fue invitado a la toma de posesión del presidente en 2018. En los días previos, el político español visitó como huésped el rancho del paisano en Chiapas. Ambos ya habían compartido recorrido por el solar montañés (2017). Desde la emoción propiciada por aquel verdor que auspicia nostalgia, AMLO recordó cómo su abuelo afirmaba con orgullo: “soy de Ampuero” -su pueblo-.

El presidente José López Portillo realizó un viaje oficial a España tras el restablecimiento de relaciones diplomáticas al concluir la dictadura. Su esposa era originaria del oriente asturiano. Yo conocí en Puebla a un primo suyo, anciano muy agradable quien integró la comitiva de la primera dama. “El todo México estaba en Madrid”, me dijo. Ese México de la diáspora, que todavía preserva vínculo especial con la capital española. Un mundillo invisible, que AMLO lleva incorporado en su ADN; pero, no se lo cuenta a sus simpatizantes pues pertenece a la intimidad. No encaja en su idea de México como comunidad imaginada.

A pesar del contraste ideológico, los perfiles de Margaret Thatcher y López Obrador comparten atributo: su entronque en familia de tenderos, quienes valoran a los empresarios y saben que las cuentas deben cuadrar. Este factor subliminal ahuyenta el populismo macroeconómico. Prudencia y habilidades sociales también son importantes tras la barra de un mostrador; y AMLO supo lidiar con un complejo Donald Trump.

 

Sergio Plaza Cerezo Profesor del Máster de Análisis Político de la Universidad Complutense de Madrid

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