La “Casa del Pueblo” en clave reputacional

domingo, 20 de mayo de 2018 · 00:00

María José Rodríguez

Entre quienes trabajamos en esto, la reputación tiene por lo menos tres formas de ser comprendida. Una, basada en la imagen pública, evocada por la empresa así en términos generales y amplios.  Otra, en el conocimiento y opinión de sus públicos, combinado con ciertas prácticas interiorizadas por la entidad, como haberse enrolado en distintas actividades de gobierno corporativo y responsabilidad social, por ejemplo. Y la última, con la cual comulgo,  que mira a la reputación desde una perspectiva relacional, es decir que tanto su acción como su imagen la construyen. Nos quedamos con esa para, desde ella, analizar cómo incide el esplendor faraónico  de la “Casa del Pueblo” en términos de reputación para la “marca” gobierno del cambio. 

Página Siete publicó un amplísimo reportaje sobre ese edificio. Sus medidas, los pisos y sus usos, los planos, etcétera. Después de leerlo sólo tengo en mente una cifra: mil metros cuadrados, la medida de la suite presidencial. Es la misma superficie en que cabrían 10 departamentos estándar para dar techo a una familia de al menos cuatro personas. Es decir, que sólo en el espacio destinado al Presidente, podrían vivir 40 personas. Y,  claro, desde ese dimensionamiento, la paradoja se hace honda y la reputación del Gobierno y el propio mandatario, podrían recibir un cimbronazo. 

La reputación no es un valor acumulable en el tiempo, por ello es tan sensible y difícil de mantener. La comunicación y toda la argumentación ideológica puede mantenerse firme y fuerte, pero si el comportamiento  no es congruente con esa fuerza discursiva, las grietas se abren y son difíciles de reparar. Eso es lo que podría generar la “Casa del Pueblo”, para el proceso de cambio y de su líder. Por supuesto, se trata de una hipótesis que se verá en el futuro si es confirmada o no. 

Y ¿porqué podría serlo? Pues la “Casa del Pueblo” es una obra gigante imposible de pasar desapercibida. Formará parte de la imagen de esta administración y podrá convertirse en un símbolo del ejercicio de poder en esta última década. No se trata de una refacción, ni una mejora en la fachada del Palacio de Gobierno actual o de la residencia presidencial, se trata de una obra gigante y, por sus dimensiones de 29.000 metros cuadrados, fastuosa. 

Este edificio albergará a funcionarios de palacio. No es que allí se  trasladarán los museos, siempre carentes de paredes para exponer la obra pictórica de los grandes maestros bolivianos, ni llegarán los ministerios que no tienen espacio (sólo algunos que no han logrado construirse otros grandes edificios) con sus escritorios colocados en forma de “trencito” para caber en los estrechos espacios públicos. No. Allí estarán los funcionarios palaciegos y salas, salones y salitas de reuniones, en las que se destinará el tiempo a pensar y repensar el país. Todas ellas desplegadas en otros 1.000 metros cuadrados por planta,   casi el doble de lo que cubre una cancha reglamentaria de futsal. Según declaraciones antiguas del presidente Morales servirá para “administrar y dirigir desde aquí, proyectar el desarrollo para toda Bolivia”. 

Tradicionalmente las obras cuyas dimensiones quitan el aliento a sus visitantes, buscan simbolizar poder, fuerza y control. Este es el caso. No sólo pasma el presupuesto de 36 millones de dólares destinados a un edificio que no era indispensable en términos pragmáticos, sino las dimensiones de sus estancias y el destino de sus 26 niveles.  Es sin duda una obra simbólica de poder cuyo peso choca de frente contra la discursiva de cambio y nueva relación y uso del poder en favor de las mayorías. 

Esta obra es tan grande como la paradoja que crea a nivel reputacional. En mente sólo hallo otro ejemplo parecido. Las grandes catedrales de la época inquisitoria, por supuesto, nada pequeñas, discretas, ni humildes como el discurso religioso que entre sus soberbias paredes se escuchaba. 

Por supuesto que en esto de la reputación no entra en análisis el tema del merecimiento. Que si el Papa se merece un gran despacho y una gran cama, seguramente que sí. Que si los presidentes (el actual y los futuros) merecen suites gigantes con sala de masajes, sauna, gimnasio, ascensores privados y otras curiosidades, seguramente que sí. No se trata de merecimientos sino de congruencia entre el discurso, la imagen provocada y el comportamiento. Entre el “decir” y el “ser”. 

Las dimensiones e inmensidad de la “Casa del Pueblo” no acompañan el discurso del cambio con el que el proceso vino sembrado y dejarían, quizá, una muy profunda  herida en la reputación gubernamental. 

La autora es especialista en comunicación corporativa y crisis.
 

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