Esbozos culturales.

A cien años de la amistad de Ricardo y Rubén

Los mayores poetas del modernismo -el boliviano Jaimes Freyre y el nicaragüense Darío- compartieron además de la pluma una amistad de admiración mutua.
domingo, 10 de enero de 2021 · 00:00

Óscar Rivera-
Rodas  Escritor

 

En 1921 el modernista boliviano Ricardo Jaimes Freyre (1868-1933) volvía a rendir homenaje de amistad y admiración a su fraterno amigo que había fallecido hacía cinco años: el modernista nicaragüense Rubén Darío (1867-1916). Lo hacía con el prólogo al opúsculo titulado Rubén Darío. Páginas olvidadas, de la serie quincenal Ediciones Selectas América, Buenos Aires. 

 A finales del siglo XIX, cuando se conocieron, ambos personas de refinada cultura, enaltecían a sus respectivos países, Bolivia y Nicaragua, por encima de las ocupaciones de los políticos locales, cuya barbarie todavía no superan.
 
1921: Páginas olvidadas

 Páginas olvidadas, opúsculo de 95 folios, reunía tres relatos publicados por el nicaragüense hacía 25 años en el diario Tribuna, de Buenos Aires: “Psicologías carnavalescas”, impreso el 26 de Febrero de 1896; “Thanathopia” y “Valcher o el loco de amor”, que habían aparecido en el mismo periódico los días 2 y 23 de noviembre de 1897. Ciertamente, después de cinco lustros, y dadas las limitaciones de las publicaciones de entonces, esos textos eran en 1921 páginas olvidadas. 

 La publicación no era más que una manifestación de amistad genuina y fraterna que dos grandes poetas cultivaron durante muchas décadas, especialmente en el periodo de 1893-1898, en la misma capital argentina, cuando decidieron fundar un periódico muy importante: la Revista de América. Entonces, ambos eran jóvenes de 25 años, y compartían un pensamiento renovado que, con otros modernistas de la región, definirían lo que actualmente se conoce como la modernidad estética, y que a su vez dio lugar a otras manifestaciones de la variada posmodernidad de la era global del siglo XX.

 No podía extrañar que las Páginas olvidadas, de Darío, fueran presentadas por Jaimes Freyre, y que su prólogo fuera una selección del discurso de homenaje a Rubén que había leído hacía cinco años. Darío, acaso presintiendo su muerte debida a su enfermedad, retornó a la ciudad de su infancia, León, donde falleció el 7 de enero de 1916. Las noticias, hace cien años, no viajaban con la rapidez de nuestro tiempo. Sin embargo, apenas llegada la triste novedad a la Argentina, se organizó un homenaje solemne a Rubén Darío en el teatro de la Ópera de Buenos Aires, el 22 de mayo de 1916. El orador principal fue el poeta boliviano. 

 

1916: Ópera de Buenos Aires

 Jaimes Freyre, lúcido conocedor del lenguaje poético a través de los tiempos, demostraba ese conocimiento al señalar el proceso histórico de la expresión literaria que debía considerarse para entender la estética de Darío y del modernismo. Esa estética del lenguaje poético abarcaba épocas diversas, que Ricardo mostraba en la obra de Rubén. Del aspecto cultural decía: “Su cultura muy extensa y muy honda, se había abrevado en las puras y serenas fuentes clásicas, y sabía cuán rico es el caudal de belleza que atesoran, y cómo pueden saturar de frescura el ambiente y poblar de harmonías el aire como musicales gárgolas”; del lenguaje poético de Rubén señalaba: “Su poesía está llena de los viejos mitos paganos; le obsedían el cisne de Leda y el cinturón de Afrodita, como a un poeta de Corinto o de Lesbos, y el sentido oculto de los misterios y los ritos, como a un humanista del Renacimiento; pero su poesía daba una nueva vida, un nuevo color y una armonía nueva a esos desprestigiados recursos de los versificadores de todos los tiempos” (1921: i).

 Desde el escenario del teatro de la Ópera de Buenos Aires, se oía la voz de Ricardo que se refería a Rubén: “quiero hablaros de esa alma de excepción, de la que sólo conocéis quizá lo que puede descubrirse a través de sus versos admirables y de su prosa resplandeciente. Quiero deciros lo que yo he visto, cuando en fraternales intimidades caía un velo de plata sobre su fantasía maravillosa. Sobre ella y sobre su ser todo ha caído el tenebroso velo que no se levanta jamás y contra el cual quiebran vanamente sus rayos el sol del amor y el sol de la gloria”; en seguida describía la personalidad del homenajeado: “Nadie sintió el horror de la muerte con mayor angustia. Nadie amó la vida con amor más intenso. Él sabía acaso que la ciencia más profunda es la ciencia de la felicidad, y que cada instante que pasa encierra tal vez una esencia preciosa. Y no fue feliz, porque nunca supo cómo se busca ni cómo se encuentra la felicidad” (1921: iv).

 El modernista boliviano no pudo contener su propia emoción y lo admitía: “Cuanto más ahondo en el recuerdo de ese insigne poeta, a quien amé como un hermano, y a quien admiré como a un artista excepcional, que me escribía, al enviarme su último libro: «Eres el alfa y el omega de mi amistad»; cuanto más me esfuerzo para evocar, clara y sin pliegues esa psiquis que no tuvo nunca complicaciones ni tinieblas, más exactas, más precisas, más definidas me parecen las palabras con que pretendí definirlo hace un instante: era un niño de genio”; y agregaba luego: “Porque el genio literario no es otra cosa en último análisis, que la potencia superior del vuelo imaginativo, y porque Rubén Darío era crédulo, impresionable, temeroso, imprevisor y voluble como un niño” (1921: vi).

 El discurso completo de Jaimes Freyre en el teatro de la Ópera de Buenos Aires fue publicado por Boletín de la Academia Argentina de Letras (Enero-Marzo 1966), para conmemorar el cincuentenario de ese homenaje. El escritor boliviano había sido elegido miembro correspondiente de esa Academia en 1932, un año antes de su fallecimiento. En la versión completa de la alocución se advierte mucho más el intenso el sentimiento de Ricardo: “Profunda y conmovida admiración; tributo infinitamente doloroso que irá a la tumba lejana, hacia la cual se vuelven todos los espíritus, y que encerrará acaso una voz que le diga: -¡Oh, poeta! ¡Oh, dulce, alado, excelso poeta! He aquí que ese ambiente de belleza que creaste viene a rodear como un nimbo tu sien atormentada”; agregaba: “He aquí que los ojos que siguieron tus visiones están hoy humedecidos por las lágrimas, y que esas lágrimas caen también lenta y amargamente dentro del corazón, porque ya no volverá a oírse la voz armoniosa del ruiseñor de la sombra y de la alondra matinal; porque los hombres dejaron que tu alma se saturara de inquietudes y de tristezas, y que pasara a tu lado, como realidades, lo que tú sólo alcanzaste a ver como ensueños”; la frase final de su discurso fue: “-¡Oh, Rubén, oh hermano mío; por qué te has ido!” (1966: 122).

 La Revista Nosotros (tomo 22, 1916), también de Buenos Aires y dirigida por Alfredo A. Bianchi y Roberto F. Gusti, dio la noticia de ese “Homenaje a Rubén Darío en el Teatro de la Opera”. Su primer párrafo decía: “Han referido ya las crónicas periodísticas el éxito alcanzado por la velada. No muchas veces se han dicho en nuestra capital, tantas bellas palabras como se pronunciaron esa noche en recuerdo de Darío. Joaquín de Vedia, lector magnífico, interpretó admirablemente seis poesías del maestro; Ricardo Jaimes Freyre pronunció un bello discurso lleno de amor y comprensión por la obra del poeta, y Leopoldo Lugones cerró el acto con la lectura de vigorosas páginas, aclamadas con delirio entusiasta por el auditorio” (1916, 22: 222).

 

1913: La vida Rubén Darío

El modernista nicaragüense publicó en 1913 su autobiografía titulada La vida de Rubén Darío escrita por él mismo (Barcelona: Editorial Maucci). En la sección XLII continúa relatando sus experiencias en la Argentina, se detiene en sus recuerdos y escribe: “Fundé una revista literaria en unión de un joven poeta tan leído como exquisito, de origen boliviano. Ricardo Jaimes Freyre, actualmente vecino de Tucumán”; además, explicaba su amistad con la familia del amigo: “Ricardo es hijo del conocido escritor, periodista y catedrático que ha publicado tan curiosas y sabrosas tradiciones desde hace largo tiempo, en su país de Bolivia, y que en Buenos Aires hizo aparecer un valioso volumen sobre el antiguo y fabuloso Potosí. El y su hijo eran para mí excelentes amigos” (1913: 192-193). 

Recordaba sucesos memorables con Julio Lucas, padre de Ricardo, y escribía: “Con Brocha Gorda, pseudónimo de Jaimes padre, solíamos hacer amenas excursiones teatrales, o bien por la isla de Maciel, pintoresca y alegre, o por las fondas y comedores italianos de La Boca, en donde saboreábamos pescados fritos, y pastas al jugo, regados con tintos chiantis y obscuros barolos. Quien haya conversado con Julio L. Jaimes, sabrá del señorito y del ingenio de los caballeros de antaño” (1913: 193).

 Conocían muy bien los barrios bonaerenses, especialmente aquellos caracterizados por buenos restaurantes de tradición europea, con comida típicas y vinos característicos, como los italianos y famosos vinos «chianti» [kianti] de la zona toscana y elaborados principalmente con la uva «sangiovese»; o los «barolos» tintos, del norte de Italia, producidos con la mejor cepa «nebbiolo». Como buenos modernistas eran realmente exquisitos cosmopolitas de finales del siglo XIX.

 En su autobiografía, Darío hace una aclaración a los críticos del modernismo, que desde los inicios de este movimiento hasta el pleno siglo XX, especialmente críticos españoles, menospreciaban y censuraban a los modernistas por haberse «alejado» de lírica peninsular en su afán de «imitar» a los franceses. Rubén afirma que en sus conversaciones con Ricardo no se ocupaban ni de simbolistas ni «decadentes» parisinos, ni de españoles. Su desvelo era la «revolución intelectual» que alentaban y nacía, que los llevó a fundar la Revista de América, en Buenos Aires, en 1894, aunque tuvo una vida efímera por falta de financiamiento.

 Rubén, prosigue sus recuerdos para rechazar las acusaciones de sus críticos: “Con Ricardo no entrábamos por simbolismos y decadencias francesas, por cosas d'annunzianas, por prerrafaelismos ingleses y otras novedades de entonces, sin olvidar nuestras ancestrales Hitas y Berceos, y demás castizos autores”; lo que realmente anhelaban era tener un periódico: “Fundamos, pues, la Revista de América, órgano de nuestra naciente revolución intelectual y que tuvo, como era de esperarse, vida precaria, por la escasez de nuestros fondos, la falta de suscripciones”; agrega la causa definitiva de la corta duración de esa publicación causada por la conducta del administrador: “a los pocos números, un administrador italiano, de cuerpo bajito, de redonda cabeza calva y maneras untuosas, se escapó llevándose los pocos dineros que habíamos podido recoger. Y así acabó nuestra entusiasta tentativa” (1913: 193-194). 

 Acaso para superar esa decepción, Rubén agregaba: “Pero Ricardo se desquitó, dando a luz su libro de poesías Castalia Bárbara, que fue una de las mejores y más brillantes muestras de nuestros esfuerzos de renovadores. Allí se revelaba un lírico potente y delicado, sabio en técnica y elevado en numen” (1913: 194).

 Tal fue la amistad de dos grandes escritores latinoamericanos, que junto a otros importantes intelectuales de la región lograron superar hacia 1880 el coloniaje literario español. Más aún, supieron construir los fundamentos de una literatura propia que pudo ser desarrollada en la segunda mitad del siglo XX.

 Lo que también quiere decir: fundaron la cultura propiamente latinoamericana, mientras los políticos bárbaros disfrutaban los triunfos de su ignorancia e ineptitud.

 

 

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