Ensayo

Por qué Borges no escribió novelas

“Consciente de que podía hacer algo valioso en la literatura, Borges decidió usar sus brillantes ideas argumentales para cuentos-ensayos y rechazar la novela”.
domingo, 10 de enero de 2021 · 00:00

Walter I. Vargas
Ensayista y crítico literario

Hubo un Borges primerizo que nosotros –quienes lo leímos un poco después de que el “hecho Borges” como fenómeno literario se produjera, en los años 40– por fuerza no pudimos ver, dada la naturaleza de cómo se consume la literatura. Yo, por ejemplo, lo conocí por medio de la Antología personal que publicara en 1968 la antigua editorial Emecé. Una antología supone una obra ya consumada, supone ignorar lo menos valioso o lo malo, y cuando alguien lee a un gran autor por primera vez y queda deslumbrado, como ocurre en general con Borges, no le interesa o desatiende qué puede haberse desechado para conformar “lo mejor”.

Porque en ese florilegio están, en efecto, algunas de las piezas perfectamente redondeadas de Ficciones y El Aleph (aunque ahora lamento que no haya estado La lotería en Babilonia). Pero no hay nada de Discusión, nada de las “Historias” de la infamia y la eternidad, salvo El acercamiento a Almotasim, que ya es una suerte de proforma de Borges. Es decir, no hay casi nada de los años 20 y 30 (1) . Y si alguien hiciera el reparo de que también está Hombre de la esquina rosada, le opondría que solo es una apariencia; en realidad, una vez más, a su autor le hubiera gustado sacarlo (como dice en el prólogo), esconderlo y hacerlo olvidar, como hizo exitosamente con Inquisiciones.

Alguien ha dicho que uno de los motivos por los cuales Borges eliminó este último libro de sus obras completas es porque rebosaba de pedantería, cosa incomprensible en un escritor veinteañero, pero hay que convenir en que también la hay, y abundante, en las otras obras que he mencionado. De hecho, una de sus especialidades estilísticas desde el principio fue sonar como un viejo lector que ya había agotado toda una sección de la biblioteca universal, cuando, si lo pensamos bien, tenía entonces 30 años, tierna edad para un escritor. Por algún motivo, Borges siempre se las arreglaba para aparecer como un sabio ecuménico (2). 

Por eso es tan llamativo Hombre de la esquina rosada, donde luce como un narrador más bien convencional, incluso provincial, dispuesto a cumplir la humilde tarea de intentar reproducir el habla popular de su tierra: 

- ¿Quién iba a soñar que el finao, que asegún dicen, era malo en su barrio, juera a concluir de una manera tan bruta y en un lugar tan enteramente muerto como éste, ande no pasa nada, cuando no cae alguno de ajuera, para distrairnos y queda para la escupida después?

En ese tiempo –el de las dudas y las búsquedas que vive todo escritor, el tiempo en el que le rechazaron un cuento en España– pudo decir en efecto, en un ensayo en que hurgaba en el penoso pasado literario de su país una literatura digna para Argentina: “En mi corta experiencia de narrador, he comprobado que saber cómo habla un personaje es saber quién es” (La literatura gauchesca). Y por eso en ese cuento (que no hay que olvidar que escribió con seudónimo) los hombres efectivamente hablan como son. Porque después, en su mejor momento, cuando optó por lo artificial, se olvidó de este modesto consejo naturalista, y pudo hacer hablar a un gangster de esta guisa:

En un cupé, mis hombres me sacaron del tiroteo con una bala policial en el vientre. Nueve días y nueve noches agonicé en esta desolada quinta simétrica, me arrasaba la fiebre, el odioso Jano bifronte que mira los ocasos y las auroras daba horror a mi sueño y a mi vigilia. Llegué a abominar de mi cuerpo…

Y así un poco más. Pero olvidamos la impertinencia verbal de este criminal entre borgiano y homérico, embebidos como estamos de la amena –aunque un tanto recargada– trama policial que se teje en La muerte y la brújula.

Ese gesto estético es solo una parte de algo más general, entretanto ya bastante trajinado en la literatura pasiva de Borges: el desdén programático que manifestó hacia el afán novelístico como innecesariamente extenso y agotador, salvo como pretexto para el desarrollo de la ficción como tal, resultado de lo cual no solo que consideró innecesario escribir alguna novela, sino que inventó argumentos novelísticos para desarrollar sus cuentos-ensayo.

 

Cuentos-ensayo

La admiración ha hecho que tratarse de inepto y haragán para escribir una novela, en el prólogo de Ficciones, o de tímido para hacerlo, en el de Historia universal de la infamia, sean tomados como gestos retóricos del bromista impenitente que era Borges. Un Juan José Saer, por ejemplo, da la idea de que su ilustre compatriota optó por renunciar a esa posibilidad por ser algo relativamente fácil de hacer, por lo cual era mejor dejarlo para escritores de menor calado. Pero, ¿por qué no tomarlo más bien como algo real, como un reconocimiento de impotencia para llevar adelante una narración convencional? 

Así pues, si algo así como una tesis debe tener esto, sería la siguiente: consciente de que podía hacer algo valioso y nuevo en la literatura, pero sin saber aún qué era ese algo, Borges, astuto como todo argentino, hizo virtud de la necesidad, y antes de convertirse en otro desvaído autor de color local, decidió rechazar para siempre ese ejercicio de lenguaje coloquial que es Hombre de la esquina rosada y usar las brillantes ideas argumentales que tenía como soportes retóricos para llevar adelante sus cuentos-ensayos eruditos que lo hicieron justamente célebre.

Algo más. Puede ser que haya descubierto esta feliz solución artística al azar, empujado un poco por la urgencia de dar cuerpo de libro a las 30 páginas de la Historia de la eternidad. Y es que, a diferencia de un Onetti, modesto uruguayo en Buenos Aires, Borges fue celebrado tempranamente en su país y antes de que alcanzara la cima de su arte. Es decir, no precisó asistir febrilmente a concursos de narrativa para adquirir la fama parcial circunscrita al río de la Plata. Y quizá por eso esos libros iniciales dan la impresión de que, ante el curioso hecho de ser un escritor valorado, pero sin obra sustantiva, se hubiera visto en la necesidad de publicar los esbozos o notas que tenía a la mano, ya bastante prodigiosos por sí mismos, dada su voracidad lectora, pero carentes esencialmente de forma.

 

Borges y Emma, a sorbos

En concreto, Borges demostró desde el principio una disposición a despachar rápidamente el asunto de la novela de manera curiosamente abstracta, a considerar a ésta menos como una problematización artística de la realidad que como un mero objeto formal. De ahí que recurra a una curiosidad extravagante, una novela escrita en verso, Vida y muerte de Jasón, del precursor socialista victoriano William Morris. Ignoro cómo está escrita esta obra, pero si el tiempo, el destructor, la ha puesto a la sombra, debe ser sin duda porque ponderar una obra en verso con reminiscencias mitológicas –escrita en 1867, es decir, nueve años después de la aparición de Madame Bovary– corre el riesgo de ser un gesto anacrónico que podría llevarnos por los especiosos meandros de temas viejos, como la relación entre la epopeya y la novela. 

Asunto tanto más llamativo si se conecta con otro lugar en el cual Borges confiesa no haber podido terminar de leer la obra maestra de Flaubert. Es una declaración sorprendente, si se piensa en la pasión interminable que ha despertado Emma Bovary, ese magnífico epítome del derecho a la expresión sexual femenina (y hasta diría que de su hetairismo), en innumerables y célebres lectores desde su plasmación como personaje. Logros parciales, pero maravillosos que sobreviven al envejecimiento de la reproducción plástica de la vida provincial en el siglo XIX.

Reflexionando sobre esto, llegué a la conclusión de que pudo haberse debido a que escasamente habrá otra novela considerada grande que comience de manera más desprolija y dificultosa que Madame Bovary (3) ; en la cual el poder seductor del personaje principal se abra paso y aparezca recién después de algunas peripecias previas relatadas como a la apurada. Sin embargo, en esa primera parte hay otros momentos que muestran suficiente maestría descriptiva (v.gr., la fiesta del matrimonio, donde apenas se ve a Emma, pero ya el poder estilístico de Flaubert permite y casi obliga al lector a concluir que evidentemente de lo que se trata es de la esencial vulgaridad de las cosas) como para despertar en un lector más atento a las novelas expectativa por lo que vendrá después

Esto es, aparentemente Borges careció de la suficiente paciencia o disposición para reconstruir ese personaje en la imaginación con parecida fuerza con la que lo construyó su autor. ¿Resultado? Concluyó, generalizando a toda la obra del francés –aunque no se sabe si leyó, por ejemplo, los tres cuentos–, que “ninguna criatura de Flaubert es real como Flaubert” (Flaubert y su destino ejemplar). Porque, flojo para leer, no era, si se piensa que podía dar cuenta de libracos enormes, sean o no novelas, como La ciudad de Dios o la Historia naturalis de Plinio. En uno de los “textos cautivos” que la industria editorial Borges rescató en cierto momento, nos enteramos, por ejemplo, que el 11 de diciembre de 1936 había leído la novela El perseguidor, de un tal Louis Golding. Sus 285 páginas, cuenta, las había consumido ¡en 12 horas ininterrumpidas de lectura!, desde la sobremesa hasta la alta noche (2 a.m.), lo que da una razón de 23 páginas por hora. 

Aparte de la imagen de lector voraz e incansable que siempre gustó de darse Borges, la anécdota muestra algo más. Al reivindicar la primacía estética del cuento sobre la novela, Poe acudió a una sensata observación: la novela perdía fuerza en la mente del lector por carecer del sentido de totalidad que proporciona la posibilidad de leer de golpe todo un cuento. Pero una tradición paralela, aunque ya en trance de morir, quiso hacer lo contrario: señalaba que otro placer literario, descendiente de la novela por entregas decimonónica, era el consumo de una historia de manera episódica.

Porque, aun si una novela es “muy buena”, como Madame Bovary, no solo resulta difícil leerla de golpe y porrazo, sino que quizá no sea la mejor manera de absorberla. La novela se lee a tragos cortos, importa el resultado de algo, pero sobre todo el proceso que lleva a ese resultado. La novela moderna incluso exige tomar en cuenta la segunda lectura como el presupuesto para su cabal comprensión y goce, sobre todo por el aspecto constructivo que asume (4). 

En cambio, Borges parece estar dispuesto a identificar lo narrativo con el relativamente humilde propósito de contar una historia. Así ocurre cuando habla de Martín Fierro, del que dice que tiene las “condiciones novelísticas” (La poesía gauchesca), aunque aún no es novela

 Sin embargo, cuando se piensa que esas condiciones son las de la mera peripecia, y además contada en verso, uno se siente insatisfecho. Nada sería tener una historia que contar sin la maldita cuestión de cómo hacerlo con la gracia suficiente para crear una gran novela. Pues ésta siempre tiene una música propia, una partitura, harto distinta a la del cantor que toma la guitarra y anuncia: “aquí me pongo a cantar al compás de la vigüela”. 

 

Los tres Borges

Ya lo dije: mi “carrera”, mi “vida” como lector de Borges, se detuvo cuando por algún motivo ya no me interesaron los libros nuevos que, como celebridad mundial, publicó en los años setenta (5) . Y en algún otro lugar recuerdo haber encontrado su declaración de que finalmente se había cansado de los laberintos, los tigres y el ajedrez. 

Pero ahora que he revisado su obra para escribir esto, he leído “Utopía del hombre cansado” (El libro de arena), y ante la afirmación del personaje de que tenía una biblioteca de dos mil ejemplares, el hombre del futuro a quien visita le dice: “Nadie puede leer dos mil libros. En los cuatro siglos que vivo no habré pasado de una media docena. Además, no importa leer, sino releer. La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios”.

Ese es otro aspecto magnético que siempre seduce en Borges; como Kafka, solía pensar en términos de eras, no de épocas. Pero como ocurre a veces con la literatura de anticipación, en ese relato se entrevé menos el futuro que la actitud presente del autor, de manera que se puede concluir que entre los años 30 y los finales que vivió hasta morir, algo en él había cambiado. 

En el famoso “Borges y yo”, uno de ellos dice del otro: “Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora, y tendré que idear otras cosas”. Y al hacerlo, al pasar del primer al segundo Borges, se acostumbró a arrojarnos todo el tiempo por la cabeza anaqueles de libros extravagantes y, en ese tiempo, inaccesibles. Pero a la larga, la imagen de ratón de biblioteca demasiado contento con el océano de páginas que se ha escrito podía incomodar en medio del desasosiego personal que uno experimentaba. 

Como ha demostrado Baudelaire, en cuestiones de arte, la ignorancia no necesariamente es un hándicap, y, por otra parte, algunos novelistas han hecho virtud de una cultura desordenada y básica, con la cual hicieron algunas de las novelas del siglo XX que ameritan leerse y releerse con fruición y un interés que parece no declinar nunca. De tal modo que siempre será extraño que un hombre de su estatura artística no haya cobijado un tercer Borges, que disfrutara más y mejor de ese otro entretenimiento que es el de la construcción narrativa.

Notas

  (1) Hablando de su obra narrativa, claro, pues es lo que me interesa. 

(2) Por distracción, una vez me tomé el trabajo de contar los autores o libros que cita en las cuatro páginas de “La esfera de Pascal”, por ejemplo. Aquí van: Jenófanes, Timeo, lof Gigon, Parménides, Calogero, Mondolfo, Albertelli, Clemente de Alejandría, Jámblico, Alain de Lille, Roman de la Rose, Speculum Triplex, Pantagruel, la Biblia, Dante, Copérnico, Giordano Bruno, Donne, Johnson (no confundir con el actor norteamericano, se refiere a los dos escritores ingleses), Glanvill, Robert South, Lucrecio. Total= 22 en 4 páginas.

(3)  Al revés de Kafka, que en sus novelas comienza interesante y luego cansa. Al respecto, Borges sí advirtió la monotonía esencial de las dos novelas principales del escritor checo.

(4)  A veces pasa que una novela es tan atractiva que no es que uno no quiere dejarla, sino que, al contrario, la deja para el día siguiente, para encarar la continuidad de su desarrollo con la misma frescura mental.

  (5) Esta referencia puede provocar una pequeña confusión, no totalmente negligenciable: mientras yo me enteraba en los setentas de lo que Borges había escrito en los años 40 y 50, él estaba redactando El libro de arena, La cifra, etc. etc.

* Este es un extracto de un ensayo más amplio de próxima aparición.

 

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