Notas para romperse una pata

Dejar de oír para empezar a escuchar: Pequeño ensayo sobre la soledad de Muégano Teatro

La autora analiza esta obra de radioteatro, que está disponible en Spotify, y para la que hay que cerrar los ojos y concentrarse hasta encontrar la imagen correcta...
domingo, 17 de enero de 2021 · 05:00

Fernanda Verdesoto Ardaya 
Literata e investigadora teatral

Desde septiembre de 2019, me he dedicado a la investigación sobre las mujeres en las artes en Bolivia.  Después de ese muy breve lapso  y de haber recorrido medio país para sumergirme en sus bibliotecas y archivos, pude encontrar una enorme cantidad de nombres que habían sido enterrados por el paso del tiempo y la humedad, y otras actrices que ya eran conocidas, sobre todo por su migración al audiovisual, películas y melodramas costumbristas. Pero también en el radioteatro. Y este género tan olvidado me hizo indagar aún más en los archivos y preguntar más a mis entrevistados. ¿Cómo estas mujeres lanzaron una carrera tan exitosa con este género? ¿Cómo es que tuvo tanto éxito una radionovela llamada Tarzán escrita, producida y difundida hace más de medio siglo en una ciudad como Sucre?  

Allí estaban: Olga Villavicencia, Rosa Ríos, Agar Delós, Tota Arce, Mosita Perdriel, María del Carmen Natusch, Miryam Ipiña, Irma Leytón… estaban todas y muchísimas más. Investigué sobre su camino teatral y pude ver sus inicios, mitades y finales incursionando en el radioteatro. Y me puse a imaginar. Porque el radioteatro es imaginar. Me acordé de la última actuación de Rosita Ríos antes de morir en el largometraje Las malcogidas (2017, Denisse Arancibia), como una señora tranquilita, amorosa y chismosa a la vez. Y tuve que imaginar una y otra vez: ¿Cómo es que esa señora tan tranquila exaltaba su voz en las decenas de obras de radioteatro que hizo hace tantos años? Y, más allá todavía: ¿Cómo es que mis padres o abuelos encontraban tanta emoción en apegarse a la radio y seguir las aventuras y desventuras de ciertos personajes? 

Y es que soy una persona que nació y ahora vive en la era donde hay que verlo todo y nunca escucharlo.  

Cuesta, la vida, sin lo visual. Pero la idea es esa, por un minuto, sacarse la pasividad ante la imagen y comenzar a crearla a partir de un par de premisas auditivas. Y, en un momento de saturación de imagen por todo esto de la cuarentena, encontré Pequeño ensayo sobre la soledad Vol. 1-4 de Limbo Radioteatro que pertenece a Muégano Teatro de Guayaquil. Esta obra está disponible en Spotify, por lo que pude escucharla desde lejos, donde la vibra de la antena no alcanza. Y allí encontré algunas respuestas a mis preguntas. Es que, en el radioteatro, hay que cerrar los ojos y concentrarse hasta encontrar la imagen correcta, la imagen concreta a la que nos guía el sonido.  Y allí me di cuenta cuál era realmente la emoción de apegarse a la radio. 

Pequeño ensayo sobre la soledad se describe a sí misma como “un rompecabezas sobre la mapaternidad y la infancia”, y están allí las perspectivas de los padres y madres por un lado (desde la cotidiana preparación de una lonchera hasta la preocupación sobre una enfermedad genética) y la de los hijos (y el constante juego). Esta temática está tan presente en la forma del radioteatro, y esto es algo que no me había dado cuenta. Hay mucho que se dice en forma de juego, pues está dirigida a niños de entre 0 a 199 años de edad (me alegra mucho entrar en el rango etario), y a la vez hay mucho que se dice sobre el mundo adulto. Pero esta es la forma perfecta para repensar el mundo en forma de juego, desde una imaginación tan mía que asusta. Una forma de rearticular la relación adulto-niño a partir de lo que sale de nuestras cabezas. Es allí cuando dejamos de oír para comenzar a escuchar de verdad. La verdadera gracia del radioteatro es que, una vez que dejamos de sobresaturarnos con imágenes, podemos realmente escuchar al otro y entender lo que nos dice.

Y a la vez, con el radioteatro entendemos mucho mejor el teatro, porque ahora comprendemos lo que menos se capta cuando somos espectadores: el sonido y la voz. En Pequeño ensayo hay diferentes maneras de entender a cada personaje: Por el efecto y experimento que hace cada actor y actriz con su garganta, por cada distorsión de tono, cada coordinación con los objetos. Entendemos que los actores están tan cerca de un escenario porque hay un constante juego con los objetos que tenían a la mano para crear una historia con sonidos. Todo me lleva a construir un escenario en las cuatro paredes de mi departamento. Y eso es hacer buen teatro. 

Fácil es olvidarse de la música en una obra teatral. Y uno puede no crear una canción para una obra, pero el reto es saber utilizar lo ya existente: mezclar música, hacer versiones propias, saber encontrar el lugar dónde ponerle play, entender cómo recortar/cortar/copiar/pegar/colorear la música. Esto es una puesta en escena, aunque no veamos nada. 

Hoy, el Gobierno ya no nos encierra de nuevo, pero muchos hemos decidido confinarnos otra vez. La soledad encuentra nuevos significados en estos momentos de reincidencia en la pandemia. Pero, hay que disfrutar del silencio y entender los sonidos. El enclaustramiento nos acerca a las antiguas prácticas teatrales que se despliegan en las más novísimas plataformas digitales, porque cuando Youtube y Facebook Live no dan abasto, llega Spotify para rejuvenecer los hechos teatrales. Por esto mismo, el teatro puede llegar a ser un arte que, por más colectivo que sea, nos trae obras como estas que disfrutamos con un celular, audífonos y sumidos en la oscuridad. Obras que nos ayudan a entender esa soledad a la que llegamos casi por inercia en estos tiempos pandémicos. 

Ha pasado mucho tiempo desde que no escuchaba radioteatro, y ahora, también me imagino a todas las actrices que investigué jugando con los objetos, jugando con la casa y el entorno familiar. Que ellas construyeron historias con el ruido y con los pulmones. Ahora pude entender que el ensayo sobre la soledad también es ensayar ya no con el grupo de teatro entero, sino con uno mismo, con lo poco que uno tiene. 

Una versión de este artículo fue publicada originalmente el 10 de julio de 2020 en la revista Cartón Piedra (número de edición 424) del diario El Telégrafo (Ecuador).
 

 

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