Música

El músico de piano

Franz Tamayo “era un niño casi prodigio, ya que a sus seis años de edad deleitaba a los vecinos con sus ejecuciones en el piano”.
domingo, 17 de enero de 2021 · 05:00

Jorge Saravia Chuquimia
Arquitecto

Siempre me ha llamado la atención una fotografía que está colgada, permanentemente, en el muro del pasillo de ingreso de la Casa del poeta, en la zona de Miraflores, de la bendita La Paz. En la foto (blanco y negro) aparece Franz Tamayo sentado, de perfil, tocando piano. Ver el retrato entusiasma a cualquiera y, más aún, observar al bardo como músico. Esta imagen me transporta a preguntarme ¿Qué música interpreta, el poeta? En el libro de partituras Sonaten für pianoforte solo (Leipzig. C.F. Peters, 1954), de la biblioteca personal de Tamayo existen rastros de lectura musical de él. 

La evidencia puede apreciarse exclusivamente en la obra Sonate (Sonata quasi una Fantasia), Op. 27, N° 2. Der Grafin Julie Guicciardi gewidmet, (1801). Lo significativo de esta labor de lectura es que Tamayo traduce la notación musical, del pentagrama, en palabras tales notas musicales (pp. 161-163). El detalle de las marcas de lectura, sumado a la referencia de la imagen de la foto hace presumir que Franz Tamayo es amateur de ejecutar piano y de la música de Ludwig van Beethoven. En gran medida la fotografía tiende a mostrarme al poeta como individuo de alma enamorada de la música y virtuoso del piano (Roland Barthes). Del mismo modo, me revela que la música es inherente a la poesía. 

A juzgar por los trazos de lápiz negro en el texto musical, Franz Tamayo interpreta(ba) en el piano únicamente la sonata N° 14, en do sostenido menor Quasi una Fantasia, llamado comúnmente Claro de luna. Históricamente, la composición está dedicada a Giulietta Guicciardi. La tradición de la pieza clásica cuenta, no solamente, la magra experiencia amorosa de Beethoven con la joven alumna aristocrática, de 17 años, sino reflejaría la vida desolada y triste del compositor germano después de sufrir este desamor. A decir del músico francés Hector Berlioz esta melodía ¿es del “lamento”, del músico? A propósito del pianista aficionado Tamayo, él practica exclusivamente el primer movimiento, o Adagio sostenuto, y lo hace en la privacidad de la casa, del hogar, en fin, del mundo poético íntimo que imagina.

Así, ejecutar y escuchar música de piano no es sino la capacidad de operar un instrumento complejo o gran maquinaria. Eso quiere decir que el poeta como músico de piano tiene otra destreza. Pericia que demuestra cuando lee eficazmente la partitura del Claro de luna, o, dicho de otro modo, tiene la capacidad de leer música. Lo que de modo fundamental coordina manos, vista y audición eficientemente para producir un sublime resultado musical. Berlioz resalta otra habilidad, la interpretación del primer movimiento debe reproducirse casi íntegramente con la mano derecha. Las cualidades antes mencionadas ayudarían a producir la interpretación pulcra de la pieza clásica distinguiendo matices musicales. 

Julio Díaz Arguedas en Franz Tamayo, el poeta filosofo (Ediciones Isla, 1967) confirma las condiciones adquiridas del poeta, pues “era un niño casi prodigio, ya que en sus seis años de edad deleitaba a los vecinos con sus ejecuciones en el piano”. Asimismo, interpretar música de piano, no indica que Tamayo realice por el sentimiento de lamento. Sin embargo, la acción de tocar y oír parte de la sonata conferiría distinto sentido espiritual al lírico, y esta experiencia abriría otra referencia de sentir(se) poeta. 

El pianista absorbe y es cautivado por la frecuencia musical del piano desde la tonalidad, el ritmo y la armonía (de igual forma son tropos acogidos en la poesía), por eso, cuando escucho la melodía del adagio, oigo la composición diferenciando estos recursos musicales que me hacen re-pensar y meditar la inspiración poética. La experiencia de sentir la música de Beethoven me impone afirmar con justeza y deducir que el poeta es, en gran medida, un músico. Pero, no un músico tradicional, al contrario, un intérprete que se nutre de este arte para entrelazarlo con el arte poético. Pues la música de piano, en este caso, brinda la sensación de otro sentido de vida. El poeta podría alimentarse de la referencia sonora del lamento o dolor entendiendo esta esencia. Tamayo explora, en la sonata, otra pauta de lenguaje. En resumen, persigue que la músicalidad se consustancialice con la poesía.    

El Claro de luna que ejecuta Tamayo en el piano puede tener otro análisis musical. Entiendo que el poeta intuye el dolor del amante decepcionado. Solo el ejecutante de piano sabe que, al desplegar el primer movimiento, de la Sonata N° 14 consigue esta calidad de naturaleza amorosa. La melodía del adagio es la que genera el cosmos intrínseco al pianista. La atmósfera sonora producida permite erigir un paisaje de encierro. El pianista gracias a la obra musical emana sonidos con diferentes tonalidades que son apropiados y adoptados por el poeta. 

La música se convierte, para Franz Tamayo, en poema. El adagio transcurre lentamente y en este lapso pausado es que el amante del piano toca por y para sí mismo, sin tiempo. Convierte la composición musical en una melodía privada y única. Es el poema del individuo solitario.

A decir verdad, el poeta ejecuta música de piano para producir, indudablemente, el destierro del cuerpo para alejarlo de la realidad. En el exilio corporal las expresiones sonoras son transferidas a otras entidades del ser. Por tanto, la destreza musical de Tamayo en el piano es esencial para la práctica verbal que constituye en el poema. Sin embargo, ambas desigualdades tienen propias connotaciones unificadoras. Lo trascendental de ejecutar música de piano constituiría el reverso del universo poético que forja Tamayo. Con cualquiera de las dos artes, el poeta se oye a sí mismo.

Desde otra perspectiva, si tengo que considerar el tema literario de la música de la sonata de Beethoven, Claro de luna, diría que es el sufrimiento del individuo ante su destino. Esta idea sale a flote porque conozco el relato y la dedicatoria de la composición del músico alemán. En cambio, el oyente novel del adagio para piano (que no reconozca la historia) esboza, a su manera, la huida “hacia un espacio sin tiempo” (Fernando Medina Ferrada). Esta configuración de impresiones sensoriales solo puede provocar la música (imaginativamente) y también la poesía. El poeta lo sabe. Por ende, la música no da sentido al poema, pero si referencialidad sensitiva. Tamayo exploraría en la música de piano (aunque parezca evidente) el acento necesario para subrayar la palabra adecuada y dar musicalidad a la poesía: “Para tejer su veste / Hila azur y oro / La hilandera celeste, / Risas y lloro! / En tintas únicas, / De rosas de la vida / Tiñe sus túnicas!” (El scherzo matinal).

 

 

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