Reseña

Lo imposible en la pluma de Victor Hugo

Vargas Llosa no sólo brinda al lector un análisis de forma y fondo de Los miserables, sino un esbozo biográfico del autor y los móviles que llevaron a escribirla.
domingo, 17 de enero de 2021 · 05:00

Ignacio Vera de Rada 
Escritor

Si a García Márquez se le admira su ilimitada capacidad onírico-imaginativa, a Vargas Llosa no solo debe admirársele su talento narrativo, sino además su pluma de ensayista y de crítico literario. Podría decirse que, así como el colombiano apela a su desbordante imaginación para suplir quizá ciertos vacíos que tiene su universo intelectual, el peruano apela más bien a conocimientos literarios eruditos, fruto de sus muchas lecturas, para variar sus géneros de textos, y elaborar así análisis académicos y acaso ensayos sesudos. 

Así, pues, deben considerarse, por ejemplo, los libros La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary y La tentación de lo imposible: Victor Hugo y Los miserables. Sin embargo, estas obras, en las que se muestra en todo su esplendor no el narrador ni el creador, sino el exégeta, el literato académico, el crítico profundo, no están exentas de una prosa rítmica, dotada de palabras selectas, delicadas; de esta forma, son ensayos que podría acoger tanto un crítico literario de biblioteca, como un lector ingenuo que gusta de la fantasía literaria y no de la hermenéutica exhaustiva.

El año 2016 –en sus meses de agosto y septiembre– fue particularmente memorable para quien escribe estas líneas. Lo fue porque en aquel tiempo leí por primera vez la novela Los miserables, de Hugo. Hoy puedo decir que esos días constituyen un hito en mi desenvolvimiento ante la escritura, la lectura y tal vez ante la vida. Apenas cerré el libro me dije a mí mismo que sería muy difícil hallar alguna otra novela más fascinante, más estremecedora y más bella que ésa. Pasaron algunos meses (en los que me obsesioné hasta el punto de buscar a toda hora reseñas, análisis y todo cuanto tuviera relación con la historia de Jean Valjean) hasta que me topé con el ensayo La tentación de lo imposible, y me pareció una de las lecturas e interpretaciones más cabales y justas que hasta ese momento había leído de la genial obra del capitán del romanticismo de Francia. Como dije antes, el Vargas Llosa de este libro no es el creador, sino el escudriñador, el intérprete. Y redacta una interpretación literaria desprovista de aridez, sino al contrario: amena y aun poética.

Lo interesante y rico del estudio de Vargas Llosa es que no sólo brinda al lector un análisis de forma y fondo de Los miserables, sino un esbozo biográfico de su autor y los móviles que llevaron a aquella pluma a escribir tal historia. Imaginación ilimitada. Devoción al trabajo. Momentos de dejadez. Pasión irrefrenable, amor y desengaño. Cartas, dibujos. Y millares de versos compilados en poemarios y en hojas dispersas. Todas esas cosas, y seguramente muchas más, resumen la vida de quien dio vida, genio y figura a Jean Valjean, Javert, Marius, Cosette y Fantine…

¿Pero qué es y cómo lo que impulsó a Victor Hugo a emprender una novela de las características y dimensiones de Los miserables? Originalmente debía haberse llamado Las miserias, y sobre esto Vargas Llosa también lanza algunas pistas: “Lo que en su origen era una historia más o menos compacta –la del expresidiario Jean Valjean que, ganado para el bien por la bondad del obispo Myriel, se redime y eleva en la escala moral a alturas insospechadas, después de un martirologio civil–, se convierte, doce años después, en una selva: en la historia central se injertan otras, independientes o parásitas, y múltiples digresiones filosóficas, sociales y religiosas”. 

Obsesionado con esta novela y con la vida de quien fue su creador, el Nobel peruano se mete en las biografías escritas sobre Hugo y en todas las anécdotas que hay en ellas. Y entonces se vislumbra a un hombre genial, sí, pero con yerros y oquedades que acaso fueron también importantes a la hora de crear algunos de sus personajes signados por la mediocridad y hasta la tenebrosidad.

Luego de mi primera lectura de Los miserables me quedé petrificado; creí perfecta la novela, sin una letra de más, sin un punto faltante. Pero el tiempo, gran fermentador de pasiones, me hizo ver aquel texto de una forma más analítica. Lo curioso es que quizá sean justamente las debilidades técnicas de la obra el recurso que hacen de ella una novela inolvidable, un texto estremecedor. Pues Victor Hugo es el personaje principal en ella, ya que su voz narrativa no se diluye –como sí sucede con la de Flaubert–, sino que es estentórea, y el narrador es un censor: vierte juicios sobre moral, sobre filosofía, sobre política y sobre Dios. Un sabelotodo cuya palabra vale tanto para narrar la historia central y las historias accesorias, como para reprochar y achacar culpas y pecados a sus personajes.

En aquellos años del siglo XIX recibió una crítica no muy encomiástica, de la pluma de nada más ni nada menos que Alphonse de Lamartine. Es él quien escribió el texto que va precisamente como epígrafe del libro de Vargas Llosa: “La más homicida y la más terrible de las pasiones que se puede infundir a las masas, es la pasión de lo imposible”. Reitero: lo maravilloso de Los miserables es que parecería que aquellos deslices constituyen, paradójicamente, sus fortalezas; la naturaleza torrencial de los adjetivos, el radicalismo extremo en los tipos de vida de los personajes, el vértigo de la existencia, los juicios filosóficos del autor, así como sus sensiblerías de pasquín, nos parecen hoy uno de los entramados más complejos y más densos que se hayan visto en una narración.

A todo esto, hay que añadir la capacidad genial de hilar una historia ficcional coherente, tan coherente que parece una historia real, salida de la sociedad más pedestre, y no de la mente de un genial fantaseador.

Victor Hugo siempre tuvo la virtud o el defecto de ser un radical en la creación de las personalidades de sus personajes y de las escenas en las que éstos se desenvuelven. Éste es un rasgo que ya se nota en Nuestra Señora de París. Pero lo hechizante es que, por alguna misteriosa razón, ese extremismo no resulta repulsivo, sino seductor; no es in-creíble, sino que parece la misma vida. A Victor Hugo se le cree, y como decía García Márquez, mientras un escritor pueda hacer creer todo lo que dice, puede seguir diciendo todo lo que guste. Justamente como Vargas Llosa indica en otro de sus libros (dedicado a Gabo), Hugo es un perfecto deicida, pues se convierte en un creador de mundos; nada le falta, ni imaginación ni talento narrativo, para adentrarnos en un universo completo.

Los miserables es una obra para todos los tiempos. Además, tiene la virtud de ser para un público tan vasto y tan diverso como es su propia historia: niños, jóvenes, viejos, filósofos, poetas, lectores diletantes, porque la historia que cuenta es cíclica. Probablemente su autor, al momento de escribirla, tuvo un propósito que estuvo más allá de la mera intención de deleitar al lector y deleitarse él mismo escribiéndola: mostrar al hombre el ideal de la justicia, de la religión, del bien; en pocas palabras, el reino de la civilización. Sin embargo, como apunta Vargas Llosa, probablemente no hay ningún indicio de que esta novela magna contribuyera a tal propósito. De lo que sí hay constancia es del sobrecogimiento que sintieron miles y miles de lectores a lo largo y ancho del mundo, de diferentes culturas y lenguas, al de leer las aventuras y desventuras de Jean Valjean, Javert, Marius, Cosette y Fantine, en su viaje en pos de un ideal imposible.

 

 

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