Aullidos de la calle

Náufragos de un colapso

Nomadland, de la directora Chloe Zhao, muestra un submundo de gente que sobrevive en condiciones que nuestra comodidad ni siquiera puede imaginar.
domingo, 17 de enero de 2021 · 05:00

Mónica Heinrich V. 
Reseñista y cinéfila de corazón

Una fábrica de yeso, que era el sostén y sentido de los habitantes de un pequeño pueblo en la norteamérica profunda, cierra sus operaciones. Fern (Frances Mcdormand) lo pierde todo: esposo que muere por un cáncer fulminante, casa y amigos que abandonan el lugar que una vez consideró su hogar. Estamos viendo Nomadland, y también la situación de muchos adultos de la tercera edad que se enfrentan a la certeza de no tener cómo sobrevivir dentro de un sistema creado para que los jóvenes reinen.

La directora Chloe Zhao se basa en el ensayo/libro homónimo escrito por Jessica Bruder. Jessica siguió durante tres años a un grupo de “workampers”, nómadas mayores que buscan trabajos ocasionales a lo largo de distintos estados americanos. La experiencia se convirtió en literatura y la literatura en cine.

El guion, escrito por la misma Zhao, se apoya en la discreta fotografía de Joshua James Richards (The Rider, God’s Own Country) y en parte es gracias a esos climas de atardeceres anaranjados, de acantilados con olas golpeándose salvajamente, de desiertos áridos, del monólogo de Swankie, de la soledad, que el espectador conecta emocionalmente con la historia. 

Zhao ya había demostrado en su anterior película, The Rider, una exquisita sensibilidad a la hora de reimaginar el western y poner en pantalla los tormentos de un cowboy. Con Nomadland, su personalidad como directora continúa, se vuelve a hacer amiga de los silencios y de los paisajes, deja que sus personajes cobren vida propia e incluso cuando los diálogos suenan a discurso de autoayuda, bordeando lo cursi, consigue salir airosa. Y no es fácil salir airosa de esa delgada línea que separa lo cursi de lo poético.

Porque sí, esta es una road movie que tiene mucha belleza interior. Muestra un submundo de gente que sobrevive en condiciones que nuestra comodidad ni siquiera puede imaginar. Lo peor es que deja claro que estas personas a las que miramos con empatía fueron también jóvenes que creyeron que su vejez sería otra cosa.

Al ser un tema delicado, hay cosas puntuales que se podrían discutir. La visión de Zhao puede parecer extremadamente complaciente con una situación que más allá de las pérdidas personales o de las crisis existenciales tiene sus bemoles. La carretera para un adulto mayor hombre, mujer, blanco o negro, es un lugar peligroso e incierto. El arco del personaje de Fern que se muestra contenta con esa vida, eligiendo esa vida por encima de la seguridad y estabilidad de un hogar convencional suena a romantización de la pobreza. O quizás nosotros romanticemos la seguridad y estabilidad de un hogar convencional, no lo sé. 

Sin embargo, me quedó claro con el libro que las intenciones de Jessica eran más extensas, que había una denuncia a la sociedad de las masas y a un Estados Unidos que no importa el presidente que tenga no ha podido solucionar la enorme brecha que existe entre los que tienen y los que no tienen. 

Y puede ser, no lo dudo, que hayan personas que igual que Fern lo elijan como una forma/estilo de vida, pero la mayoría son víctimas de una economía que los excluye. Leí incluso que describían a la película como una “hermosa reflexión sobre dejar la sociedad atrás”, y no, esta gente no dejó la sociedad atrás, la sociedad los dejó atrás a ellos.

De hecho, uno de los grandes problemas que le veo incluso como discurso es la manera que muestra a Amazon: como un galpón hermoso, ordenado, el personaje de Fern hasta llega a decir que pagan muy bien, cuando en realidad Amazon se aprovecha de la necesidad de estas personas pagándoles un sueldo inferior al no ser empleados permanentes y, por lo mismo, no les da las prestaciones correspondientes. Algo similar sucede con las otras marcas que aparecen en la película. O sea, no les están haciendo un favor al contratarlos, están abaratando costos.

Eso no quiere decir que la historia de Fern, asumiendo que representa a los que sí eligen esa forma de vida, no convenza. Sí lo hace, en parte gracias a esa magnífica actriz que es Frances McDormand, que se comprometió tanto con la película que durante sus cuatro meses de filmación llenó la van con objetos personales y la convirtió en su hogar, y también por la presencia de nómadas reales que dicen sus textos en un formato casi documental. Una de las grandes virtudes de esta película es esa sensación de “verdad” con relación a los personajes. Linda, Swankie, Bob, el chico al que Fern le regala el encendedor, traspasan la pantalla junto con sus caravanas. 

Y claro, uno se conmueve, se conmueve por esas vidas que han llegado hasta ahí, por sus recuerdos, por lo que se perdió, por lo que se ganó, y cuando Swankie habla de las golondrinas reflejándose en el agua, podés verlo… no importa que lo que tengás en pantalla sea un primer plano del rostro arrugado de Swankie. 

Y podés entender la inestabilidad y la incertidumbre del camino solitario. Porque ese signo de interrogación que es el futuro, hoy más que nunca, es el mismo para todos. 

  

 
 

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