A la caza de una vacuna de la Covid-19 en Los Juegos del Hambre de Nueva York

Desde el 15 de febrero, unos 10 millones de residentes del estado pueden vacunarse, después de que a los mayores de 65 años y personal esencial se sumara el grupo de personas con ciertas afecciones.
martes, 2 de marzo de 2021 · 05:04

Helen Cook /  EFE, Nueva York

Qué sensación más rara provoca que la gente te felicite por haber recibido una vacuna. Hace un año era una tarea más, protegerse contra el tétanos o la hepatitis, y de hecho hasta daba pereza. Pero con la Covid-19 me ha faltado tiempo para enviar una foto del pinchazo a la familia y los amigos más cercanos, acompañada de emoticones festivos, y todos estaban igual de contentos que yo.

“Ahora ya sí que sí, soy invencible”, bromeé con mis compañeros de trabajo minutos después de salir de un improvisado centro de vacunaciones de Queens. Pero poca broma, porque aunque por el momento sólo he recibido la primera dosis de Moderna, ya me he quitado de encima ese sentimiento de fragilidad extrema que me imagino sentirán todos los que, como yo, tienen alguna condición médica que les hace especialmente vulnerables a este virus.

Alivio, además, por partida doble, después de haber pasado horas y horas tratando de hacerme con una cita para la vacuna, refrescando compulsivamente las páginas web diseñadas por las autoridades de Nueva York, y viendo cómo los nuevos horarios que publicaban con cuentagotas los hospitales desaparecían, literalmente, en menos de dos segundos. 

Los juegos del hambre

Desde el 15 de febrero, son unos 10 millones de residentes del estado de Nueva York los que pueden vacunarse, después de que a los mayores de 65 años y personal de servicios básicos se sumara el grupo de personas con ciertas afecciones. Veinticuatro horas antes de esa fecha, cuando se podía empezar a pedir hora, se desató la locura. 

En las redes sociales, donde estos días se han compartido cientos de estrategias y trucos para hacerse con una cita, se compara la “caza” de una vacuna de coronavirus en Nueva York con las novelas distópicas de Los Juegos del Hambre, porque el sistema se ha diseñado de tal manera que se ha convertido en un “todos contra todos” para hacerse con el preciado “premio” de la vida. 

Mientras, en el vecino estado de Nueva Jersey viven mucho más tranquilos. Los que están dentro de los grupos que pueden recibir una vacuna se apuntan a una lista de espera, y en un momento dado reciben una llamada con el día y la hora. Fin. 

Mi momento llegó un lunes a la una de la madrugada, cuando, por séptimo día consecutivo, llevaba ya dos horas mirando fijamente la pantalla del móvil deseando que apareciera el dichoso aviso. Ahí estaba. Nerviosa, tecleé mis datos tan rápido como pude, como ya había hecho decenas de veces en los últimos días. Pero esta vez, cuando presioné “enviar”, no apareció el “lo siento, esta cita ya no está disponible” de siempre, sino un “cita confirmada”. 

Incrédula, lo primero que pensé fue que debía haber un error, que en cualquier momento me mandarían un e-mail de cancelación. Pero pasaron los minutos, las horas y los días, y una soleada y fría mañana de viernes estaba a las puertas del  Aviation High School, en el distrito de Queens, convertido parcialmente en un centro de vacunación temporal. 

En ese peculiar centro escolar, donde tienen aparcados en su patio trasero un destartalado avión caza y otra aeronave de combate vintage, trabajaban con esmero y con una sonrisa decenas de voluntarios ataviados con chalecos de distintos colores.

El proceso fue rápido, eficaz, indoloro. Enseñé los documentos que acreditaban mi condición médica y que resido en Nueva York, y después de haber permanecido unos 20 minutos en una larga fila que se movía con fluidez, estaba sentada frente a una simpática enfermera que me comentaba emocionada que compartimos la misma fecha de cumpleaños.

En una cancha de baloncesto sacada de una película de Hollywood, con su parqué reluciente y sus altos techos, se vacunaban en ese espacio, en ese mismo momento, otras 23 personas, pero en total, el estado de Nueva York está inoculando a cerca de 180 mil personas al día.

De ahí, un pasillo me dirigió a la amplia zona de espera donde, respetando el distanciamiento social, hay que permanecer 15 minutos para descartar una reacción alérgica severa. Con puntualidad británica, una joven voluntaria me llamó para darme cita para la segunda dosis, que se reserva para todos los que ya se han puesto la primera. 

Tarjeta de vacunación en mano, salí del edificio 40 minutos después de haber entrado con la sensación de pesar 200 kilos menos, además de impresionada por la eficiencia sobre terreno del Departamento de Salud de Nueva York, una ciudad que me ha hecho sentir que los cuidados médicos son un auténtico lujo.

Mientras me alejaba, pensé en esa muestra del enorme poderío de EEUU, donde se espera tener suficientes dosis para sus 320 millones de habitantes para el verano, momento en el que muchos otros países menos desarrollados probablemente habrán apenas empezado a vacunar a sus ciudadanos. Una señal más de la poca solidaridad que existe, igual que en  Los Juegos del Hambre. 
 

 

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