Guedes: una década preso sin sentencia y con salud deteriorada

Era parte de la Unión Juvenil Cruceñista cuando fue aprehendido. Aunque sufrió un paro cardiaco, no obtuvo detención domiciliaria. Acudió a la CIDH.
domingo, 14 de abril de 2019 · 00:16

Leny Chuquimia /  Santa Cruz

Enmanillado y con los ojos cubiertos con cinta adhesiva, el 29 de abril de 2009 Juan Carlos Guedes arribó a La Paz en calidad de aprehendido,  acusado de tener vínculos con la supuesta organización terrorista de  Rózsa. Con su cuerpo golpeado apenas podía mantenerse en pie. Una década después,  Guedes  es uno de los dos únicos presos por el caso. Su salud se deteriora y ha acudido también a la CIDH.

“Van a ser 10 años que mi esposo está detenido preventivamente... desde que se lo llevaron de media calle prácticamente secuestrado”, relata su esposa Martha Landívar. Tiene los ojos claros y una forma de hablar dulce. Vive sin lujos en dos habitaciones alquiladas en una casa que comparte con sus familiares. Allí espera junto a sus cuatro hijos que  su esposo se reúna con ellos.

“Se lo llevaron a eso de las  seis de la tarde del 28 de abril de 2009. Yo estaba con él, pero no sabía que lo  detenían”, recuerda Martha.  Aquella tarde, ambos salieron en su coche para ir a recoger a sus hijas al colegio. Apenas llegaban a la esquina  cuando tres vehículos los interceptaron en un operativo que hasta ese momento sólo  habían visto en  películas.

“¡Entregales el auto!”, pidió Martha a su esposo mientras  levantaba las manos pensando que se trataba de  un asalto. Sintió  un jalón que la sacó del auto y la tumbó boca a bajo en el piso.

 “¡Callate, no mires!”,  le ordenaba un hombre  mientras la insultaba y le pisaba la espalda. “Me puso el arma en la cabeza y me dijo que si me movía me mataba. No olvidaré su rostro, era  Wálter Andrade (jefe de la disuelta UTARC)”, relata.

  Sin que ella o los vecinos que se  acercaron pudieran hacer algo, Juan Carlos Guedes fue    reducido a culatazos e introducido a uno de los vehículos que partió a toda velocidad. Aún tendida en el suelo, Martha vio como  de su esposo solo  quedó el par de    sandalias que se le cayeron  en el forcejeo.


Martha Landívar  lee el poemario que escribió su esposo. 
Leny Chuquimia / Página Siete

 “De verdad pensé que lo habían secuestrado. Un vecino logró anotar una placa y con eso fui a la Policía a sentar una denuncia. Al llegar me tomaron la declaración, me retuvieron toda la noche y al soltarme me pidieron que no hablara con la prensa. No hay registro de esa denuncia, los policías ya sabían quien se lo había llevado y no me dijeron”, lamenta.

 El paradero de su esposo se supo  12 horas después, cuando los noticieros difundieron las imágenes de dos “involucrados en el caso terrorismo” que habían sido trasladados de Santa Cruz a La Paz. Uno  era Guedes.

En  la televisión vio como  su esposo  descalzo, enmanillado y con los ojos cerrados con cinta adhesiva  tropezaba porque no podía ver. Rodeado de policías  desfilaba ante  las cámaras tanteando con los pies el cemento.

 El nexo con Luis, Germán o Rózsa

Guedes es beniano pero ha vivido desde niño en Santa Cruz. Allí conoció a su esposa y formó una familia. Hizo amigos y levantó las banderas de la autonomía cuando formaba parte de la Unión Juvenil Cruceñista, cuando ésta   “no  se ligaba  a las logias”.

    Meses antes,  a Guedes le presentaron  a Luis Flores para que le venda un arma. Cuando la transacción se concretó,  el comprador le pidió que  lo llame Germán.

Aunque esa doble identidad le causó desconfianza, Guedes dice que no fue hasta que ocurrió el asalto al Hotel Las Américas -12 días antes de que lo aprehendieran- que supo que el comprador era en realidad Eduardo Rózsa.  

“El único delito que cometió mi esposo fue el de vender un arma de 1947, que era de colección, no servía. Por esa arma (Rózsa) lo amenazaba de muerte  por haberlo estafado”, dice Landívar.

Después de las celdas judiciales, Juan Carlos fue llevado al penal de San Pedro -donde estuvo recluido seis meses  en el sector La Grulla, destinado a los  presos  peligrosos- y, después, a Palmasola, donde permanece. Asistió a decenas de audiencias en Cochabamba, Yacuiba, Tarija y Santa Cruz.

En 10 años ha solicitado  detención domiciliaria por el delicado cuadro de salud que presenta, sin embargo, sus peticiones han sido rechazadas. Su diabetes e hipertensión se han complicado con una neumonía que ya le ha causado un paro cardiorespiratorio.     

   Sus hijos   han dejado la universidad para trabajar y Guedes ha publicado dos libros -un testimonio y un poemario- para paliar los gastos del juicio y la prisión. Varias veces le han sugerido  que se declare culpable para que vaya  a un juicio abreviado;  pero él rechaza esa propuesta porque asegura que  es inocente y quiere demostrarlo.

 Martha habla cariñosamente de su esposo. Sonríe cuando recuerda cómo la enamoraba en su juventud. “Ahora lo amo más que entonces. Se que pronto estaremos juntos otra vez”, dice.

Carta a Bolivia

Juan Carlos Guedes,  preso por el caso Rózsa

“Sigo gritando  por justicia y libertad”

Diez años de lucha son también diez años de traslados de una cárcel a otra del territorio nacional. Estuve en La Paz, Cochabamba, Tarija y finalmente hoy en el penal de Palmasola, en Santa Cruz. 

Son 10 años  que estoy olvidado por los amigos, por las instituciones y los políticos conocidos. Diez años que los presos, los perseguidos y los exiliados del supuesto terrorismo soñamos con estar en casa abrazando a nuestras familias. Los padres perdimos lo  más hermoso en nuestras vidas, la niñez y la adolescencia de nuestros hijos e hijas, que hoy ya son jóvenes y buscan con mucho sacrificio llegar a ser profesionales. Gracias a este circo, nosotros, sus padres, no podemos apoyarlos.

Son diez años de familias destrozadas económicamente, con necesidades básicas que a nadie le importa. En este tiempo, escritores nacionales e internacionales hicieron de nuestra odisea infame una historia que nunca jamás podrá borrarse fácilmente. Es una historia  que recordarán otros cuando les toque vivir otro ciclo político oscuro y corrupto como el que hoy vivimos. 

Desde adentro y del oscuro abandono   sigo gritando  por justicia y libertad, exigiendo el cumplimiento de las leyes. Si escucharan mis gritos abrirían no solo los oídos, sino también los ojos y mirarían a una Bolivia avasallada y vendida  con hambre y sed de justicia igual que yo. Pero vivimos el ciclo del no me importismo entre nosotros.

 El mío es también el  grito desesperado de los exiliados políticos que sufren al igual que sus familias. Mi  pedido de justicia es el de un hombre simple, que si es necesario morirá de pie por lo que cree que es correcto.

Confidencial

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