Irving Alcaraz

El huracán Camacho y Evo Morales

lunes, 02 de diciembre de 2019 · 00:12

Ya lo sabemos. La victoria tiene muchos padres, la derrota ninguno, pero en el caso de la renuncia de Evo Morales, forzada por una presión social sin precedentes en Bolivia, es difícil no atribuirle gran parte del mérito a Luis Fernando Camacho, un líder cívico regional hasta hace poco desconocido para la mayor parte de los bolivianos. En menos de un mes, tiempo en cual las protestas nacieron, maduraron, crecieron y se extendieron como un huracán por los nueve departamentos del país, Camacho encendió la imaginación de la gente y se apoderó de su corazón, primero de los jóvenes de clase media, a continuación de los padres de éstos, luego -un poco a regañadientes- de los empresarios, y finalmente de un sector nada desdeñable de las clases bajas, que terminaron siguiéndolo como si fuera un profeta. 

   Semejante proeza sólo puede explicarse por el elevado carisma del dirigente cruceño, su valentía a veces temeraria, y al hecho objetivo de que pudo interpretar fielmente el pensamiento colectivo en un momento dado. Algo parecido  -con las diferencias del caso por supuesto, pues estamos hablando de su antípoda-  a lo que sucedió con Evo Morales, que en su mejor momento llegó a alcanzar votaciones que bordeaban el 65%, tarea que no hubiese sido posible sin las fervorosas adhesiones que despertaba en su base indígena, las clases medias urbanas e incluso en un pequeño porcentaje de las altas.

  Evo Morales se apoyó hábilmente para alcanzar tal objetivo, denostándolas, en logros ajenos tales como la Capitalización, la Ley de Pensiones y la Participación Popular, las “leyes malditas” de Gonzalo Sánchez de Lozada, las que sumadas a la construcción del gasoducto al Brasil y a la irrupción fulgurante de China en el mercado mundial le obsequiaron la mayor y más duradera bonanza económica de la historia de Bolivia.

 Esa circunstancia le permitió presentarse interna y externamente como el único gobernante exitoso del Socialismo del siglo XXI, experimento que hundió en la miseria a potencias regionales del calibre de Argentina y Venezuela. Gonzalo Chávez ha calculado que en 11 de los 14 años de gobierno de Evo Morales Bolivia recibió ingresos equivalentes a la mitad del Plan Marshall para la reconstrucción de Europa no por méritos propios, sino por los altos precios que adquirieron las materias primas de exportación bolivianas, gas, minerales y soya, sobre todo.

 Morales tuvo suerte, sin duda, pero eso no oculta el hecho de que una parte importante de la población, en concreto los indígenas y en un sentido más amplio los pobres, lo vieran como un Mesías capaz de sacarlos de su ancestral postración. No es poca cosa. Pero la Ley de la Gravedad también funciona en política: todo lo que sube, baja. Su decadencia empezó cuando los precios de las materias primas comenzaron a caer y la economía real puso al descubierto, primero en los círculos especializados y luego en las calles, que el ciclo virtuoso estaba terminando. 

La crisis, agazapada durante más de una década, despertaba por fin clavando sus afilados colmillos en las gargantas de la clase media, en especial de los jóvenes, que no encontraban horizonte ni empleo. Adicionalmente esos jóvenes, después de 14 años de un régimen opresivo que había degenerado en una corrupción ofensiva y virtualmente sin límites, (Lord Acton: El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente) querían respirar aires distintos sobre cuyas bondades se enteraban a través del internet. Evo Morales, que en vez de Mandela había preferido ser Chávez, pagó el precio. 

En ese momento apareció Camacho. Es verdad que su surgimiento como líder político y social de primera magnitud coincidió con la conclusión del superciclo de las materias primas, pero sería subestimarlo si se atribuyese su sorprendente éxito a ese solo hecho. Razones subjetivas extraídas de su cajón de alquimista aparentemente pasadas de moda, tales como la libertad, la democracia y la fe, jugaron un rol determinante. Una carta y una Biblia en otras manos no parecen un arma victoriosa. En las de Camacho fueron una bomba termonuclear.

   Intentando una síntesis se podría decir que Morales tocó el bolsillo, Camacho el alma. 

   Sólo un líder poseído de esa extraña capacidad de inflamar el corazón de la gente con su sola presencia pudo derrotar a Morales, quien no estaba ya en la cumbre de sus capacidades políticas, pero que aun así era muy fuerte. 

Algún día habrá que analizar este período de la historia con mayor detalle. La aparición del departamento de Santa Cruz ya no únicamente como el centro económico de Bolivia, sino como su primera potencia demográfica y política debería ser parte de ese análisis.

Irving Alcaraz es periodista

203
89

Otras Noticias