Sin máscaras

Fernando Molina y los cortesanos del poder

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sábado, 20 de abril de 2019 · 00:04

En las últimas semanas, Fernando Molina, de manera sistemática en artículos y en su cuenta de Facebook, se ha dedicado a escribir contra Carlos Mesa. Nunca lo había hecho antes, ni siquiera cuando Mesa publicó el libro Bolivia 1982-2006 - Democracia, una mirada analítica acerca de un periodo convulsionado de nuestra historia y que podría ser polémico. Lo hace ahora cuando comienza la campaña electoral.

Dicho esto, solamente haré referencia a una de las afirmaciones que realiza Molina en su artículo la “Sociología (palabra usada con el objetivo de dotarle de seriedad a su análisis) del mesismo”. Allí asevera que el entorno de Mesa es un círculo de amigos y blancoide; en realidad, más que amigos, son antiguos servidores de su gobierno; en lo fundamental de la clase media y que vienen –en su origen- de corrientes progresistas.

La primera puntualización que hay que hacer es que un líder puede elegir a los integrantes de su entorno de un conjunto de personas de confianza, para lo que el sentido popular ha acuñado el término: “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Sin embargo, para comprender mejor el itinerario de estos sectores letrados de clase media no se puede olvidar que gran parte de esa intelectualidad progresista fue en 1993 fagocitada por el gonismo, entre ellos el propio Molina, que fue ferviente admirador y propagandizador del hoy denostado Gonzalo Sánchez de Lozada.

En segundo lugar, para referirse a un análisis sociológico es necesario entender las relaciones entre clase, etnia, personalidad y contexto. En consecuencia, cabría preguntarse por qué hoy día las generaciones de líderes mestizo-indígenas del año 2000 no son parte -de manera visible- de la corriente de Carlos Mesa. Existen algunas excepciones, como es el caso de Paulino Guarachi, un dirigente aymara, que, en 1998, derrotó en las elecciones para ejecutivo de la CSUTCB al propio Evo Morales; Molina posiblemente ni conoce ni le interesa conocer este dato.

Pero, es verdad, una golondrina no hace el verano. Entonces, ¿qué pasó con los líderes indígenas? En realidad, la acumulación indígena-campesina-originaria de décadas –que se condensa el año 2000 con Quispe en las tierras altas y Fabricano en las tierras bajas– fue posible gracias en parte a un proceso endógeno y por otra al apoyo de intelectuales o activistas como Albó, Puente y Pinelo, todos intelectuales de clase media.

Gran parte de esta generación de líderes mestizos-indígenas fue la base del núcleo político que después formó el MAS. De esos líderes históricos actualmente quedan pocos: unos han abandonado el partido, otros han muerto, como Juan de la Cruz Willca, y los pocos que permanecen, como Félix Cárdenas –y otros líderes de las nuevas generaciones–, han sido devorados por la política clientelar y prebendal del gobierno de Morales.

Para muchos dirigentes quechuas o aymaras, la principal motivación es llegar a ser parte de la Conalcam o de listas de candidatos a diputados, alcaldes o concejales para así seguir disfrutando del botín que oferta el Presidente.

Son las nuevas generaciones de mestizos y jóvenes de padres de origen aymara o quechua y que ahora son parte de la llamada clase media, quienes se incorporan –a su modo– a la política. De esos, hay cientos que apoyan a Carlos Mesa, como se pudo comprobar hace días en El Alto, donde participó de una masiva reunión de diálogo con ellos.

La última pregunta que cabe hacerse es ¿por qué existe la clase de “intelectuales” de los que forma parte Fernando Molina? Los que se han convertido en cortesanos y para sobrevivir apoyan y escriben a favor de todos los que algún momento están en el poder. En el caso de Molina, fue primero gonista; después, furioso antievista, uno de los primeros en señalar que la “revolución democrática cultural” derivaría en una dictadura; fue después biógrafo y cultor de la imagen de Doria Medina y ahora es un miembro más del engranaje de campaña que apoya la reelección ilegal de Evo Morales y García Linera.

Una de las causas, que se desprende de un análisis “sociológico”, para no entrar en los laberintos del corazón, es que en este país los intelectuales o escritores que no han tenido la suerte de tener una herencia o patrimonio, no pueden vivir de su trabajo porque no se gana escribiendo libros. Esa es la tragedia para el intelectual, y así, –varios de ellos– se van convirtiendo en escritores sin convicción, cuya pluma se pone al servicio del poder de turno.

No sería de extrañarse que si Mesa es elegido presidente, Molina intentaría ingresar al ámbito de influencia de éste: es también muy probable que Mesa lo recibiría, porque así como todos tenemos algo de ángeles y un poco de demonios, hay unos que son más generosos que otros.

Gregorio Lanza  es economista  con maestrías en políticas públicas  y exrresponsable de Prevención   y Atención de Conflictos de  la   Defensoría del Pueblo.

Confidencial

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