Lupe Andrade

Si los perritos hablaran....

EL Batán
miércoles, 12 de junio de 2019 · 00:10

En mi familia, siempre, tuvimos perros.  Mi primer perrito se llamaba Cookie, y Winston el último (que sigue siendo mío, pero vive en la casa con jardín de mi hija) tiene 13 años y medio.  Es decir, es un auténtico anciano canino: hermoso, blanco como la nieve, y temible a pesar de sus años; líder indiscutido de la jauría familiar de siete canes surtidos.

Hay tres chapis (comenzando por Winston, diminuto caballero chapado a la antigua, de finísimos modales), dos Border Collies, un Boyero Suizo enorme y una Dálmata tan refinada que parece de porcelana.  Surtido variado.

Sin embargo, hay algo que los une y me emociona.  Aunque discuten, y en ocasión tratan de imponer su voluntad sobre los demás, no se lastiman unos a otros: las discusiones son airadas y ladradas, pero sin muertos ni heridos.  El jefe es el jefe, y los demás tienen derecho a su opinión, pero no a la maldad o la fuerza bruta.

Gandalf, el boyero suizo, pesa unas diez veces más que Winston, pero jefe no es quien tiene fuerza, tamaño o dinero: es el que más sabe y punto.  Además, en las varias veces que hemos viajado todos a Yungas, los perros obedecen las reglas implícitas, y juegan entre sí con la plena felicidad de estar en un campo verde con mil olores a descubrir.  Las palomas, los “saris”, las ardillas y las comadrejas son presa autorizada, y se ocultan en cuanto aparece el alborozado grupo canino. 

Mientras tanto, los cocaleros yungueños, pro y anti gobierno, se agarran a palos y gritos y amenazas; la Policía los gasifica (con especial intensidad hacia los antimasistas), y pierden días y semanas enteras de su trabajo, poniendo dinero de su propio bolsillo para transporte, comida y alojamiento.  ¿Qué sacan en limpio?  

Nada.  Absolutamente nada.  Sin embargo, allí están, peleando entre hermanos y entre miembros de las mismas comunidades.  Incluso he visto a una mujer con el rostro destrozado y dientes rotos como resultado de estas rencillas políticas que no cambian la realidad de los yungueños: el camino es pésimo y peligroso y seguirá siéndolo; la ayuda que reciben para su vida es poca o nula porque Evo prefiere a los chapareños.  Esa es la verdad y lo demás es puro cuento.  

Si el Gobierno quisiera, en pocos meses existiría un camino de doble vía asfaltado e impecable como el que va hasta Orinoca.  Si el Gobierno quisiera, los cocaleros de Yungas tendrían mejores escuelas, canchas, edificaciones y apoyo técnico para nuevos cultivos alternativos.  Esa es la verdad.  Todos saben que de una forma u otra, la coca, que reclama trabajo agobiante, está destinada a disminuir en importancia o desaparecer, pero no hay planificación para el futuro.  Todos saben que los treinta o cuarenta mil votos yungueños no eligen a Evo ni a su contrincante.  Son casi irrelevantes, pero nadie quiere dar su brazo a torcer. 

Si mis perritos pudieran hablar, dirían a ambos bandos que es bueno ladrar, pero no morder.  Que el jefe es el jefe, pero que la comida debe alcanzar para todos.  Añadirían, mis perritos, que Yungas es, o era, un paraíso cercano al cielo, diseñado por Dios para darle un poco de calor a La Paz, y que estas luchas insensatas están haciendo daño a toda la provincia, y sobre todo a sus habitantes que tienen que sacrificarse en aras de “órdenes superiores” que no los ayudan, en nada.   

Mis perritos les dirían que jugar juntos, correr juntos y ser felices juntos es lo mejor, lo más fácil, lo más sensato.  Eso dirían si pudieran hablar..., claro.  Mientras tanto los que sí hablan meten calda, azuzan a ambos bandos y Yungas va para atrás, mientras sus hijos se desangran. Eso dirían mis perritos... ¿pero qué sé yo?  Quizás exista alguna razón poderosa para estas peleas... o quizás ambos bandos son tristes títeres de líderes sin conciencia. ¿Quién puede saberlo?

 

Lupe Andrade es periodista
 

 

178
17

Otras Noticias