Javier Diez de Medina Valle

¿Qué país queremos ser?

martes, 13 de agosto de 2019 · 00:11

Está claro que nuestro país vive, sufre y padece de una seria enfermedad moral, hoy incurable. El diagnóstico es irrefutable, no sólo por los síntomas de un país enfermo, sino por la ausencia de conocimientos y convicción patriótica de quienes tienen el deber de curar, empezando por nuestro Presidente.

La cura es el ejemplo, un ejemplo que por casi 14 años Evo Morales Ayma no ha sabido darnos, a pesar de los valores que sus padres seguramente le han inculcado desde niño, pero que la ambición de poder político, económico y pasional cegaron, sin importar las consecuencias fatales, que han desembocado en una sociedad dividida  y enemistada por el odio entre hermanos, que el Presidente  maliciosamente ha promovido y aún promueve en período pre-eleccionario.

Morales habla de la falta de integridad que tiene el candidato Mesa, razón suficiente para no aceptar debatir con este candidato. Pero el Presidente olvida que la peor muestra de falta de integridad ha sido desconocer su propia palabra cuando prometió a Bolivia que si perdía el referéndum del 21 de febrero de 2016 se iría a su rancho. 

 Hoy pone la excusa que el “verdadero pueblo” le ha pedido mantenerse en el poder y que no le queda otra; peor aún, si el magnánimo Tribunal Supremo de Justicia ha sobrepuesto con tanta equidad un derecho individual a la reelección de Morales contra los derechos colectivos de toda una población respetuosa de la democracia.  

Integridad es un valor fundamental y necesario para dirigir con sabiduría los destinos de un país y para dar ejemplo en la sociedad, y en la formación de la familia, base fundamental para conformar sociedades sólidas en valores. 

Y es que integridad, para su información, señor Presidente, no es otra cosa que tener la valentía de llamar a un referéndum sin dar por descontada una victoria cegada por la soberbia; aceptar con humildad y respeto la voluntad del soberano, sin anteponer derechos torcidos y amañados ante una justicia que se encuentra secuestrada en la casa del pueblo; y dejar en el país una huella indeleble de una gestión moral basada en el respeto a la Constitución y  a la democracia. 

En otras palabras, la integridad moral se basa en el respeto a las determinaciones adoptadas por el pueblo, sobre la base de un marco de normativa constitucional, que sobre todo el TSJ está llamado a defender ante cualquier intento de antojadiza interpretación. 

Ese respeto se traduce en el comportamiento y las formas de actuar que debe tener el estadista, siendo consecuente con la normativa constitucional y con su propia palabra dada.  

Ha llegado el momento de buscar definirnos como sociedad: ¿qué queremos ser y qué queremos dejar a nuestros hijos? Ese es el cuestionamiento que debemos hacernos ahora, en este momento tan determinante, cuando  nos estamos jugando el futuro de nuestros hijos y nietos, en un país que les puede ofrecer grandes oportunidades y satisfacciones, en la medida en que se implante un proceso sólido para promover y consolidar una consciencia ciudadana sensible  y crítica a los comportamientos alejados de la ética y su principal campo de estudio: la moral. 

Este es el verdadero proceso de cambio que se debe promover e implantar sin miedo. Un proceso que está llamado a unir a todos los bolivianos, cuando la justicia es independiente de cualquier influencia y dicta sentencias con equidad; cuando la verdad es la base de la gestión del Estado, rindiendo cuenta con absoluta transparencia; cuando la libertad es el más preciado patrimonio de la ciudadanía, respetando sus decisiones y su voto. 

No deseo un presidente boliviano que sea reconocido en Europa, Asia y el África por ser el primer presidente indígena, afroboliviano o blanco, como si fuera una pieza de museo más; yo quiero un presidente que sea reconocido por su integridad moral y pública, en tiempos en los que  la corrupción y la ausencia de valores se campean por todo el mundo.

  
Javier Diez de Medina Valle es administrador de empresas y consultor en gestión estratégica y ética aplicada.

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