Gastón Ledezma Rojas

«Vicios electorales»

sábado, 17 de octubre de 2020 · 00:09

Sería una perogrullada decir que las elecciones no son libres si los electores no votan libremente. Por lo general, no existe proceso electoral que se desarrolle exento de irregularidades o vicios que conspiren contra la corrección, legalidad o integridad de quienes intervengan en cualquier forma, en la dinámica de este evento.

Vulnerando la normativa constitucional -se expresó en otras oportunidades-, no se honró su cumplimiento, prefiriendo convocar a elecciones -por dos veces- a riesgo de comprometer la vida y salud de miles de bolivianos por la pandemia mundial de la Covid–19 que hizo estragos por todas partes. Los recursos que franquea la Constitución quedaron en el desván de la incuria del Gobierno, Asamblea Legislativa Plurinacional, partidos políticos y otros órganos.

Con este exordio se quiere significar que las elecciones en su desarrollo pueden revelar algunas “patologías” más allá de restricciones a las libertades públicas y derechos fundamentales del elector. Se pasa por encima de afecciones vinculadas con la dignidad, honestidad y lealtad de los mismos candidatos y entre estos, desfigurándose su respeto y dignidad, al margen de la miseria espiritual con que aparecen ante el soberano.

A propósito de este riguroso reparo y otros factores que ensombrecen la nitidez de este proceso electoral, no se puede pasar por alto conductas que se inscriben en los quebrantos a la moral política.

Precisamente, pasa un año de la crisis que vivimos como consecuencia de haberse dado varios vicios contra el quehacer electoral, que culminó con el descarado fraude que provocó la defenestración de un régimen carcomido por el lacerante estado en que quedó el país, abriéndose un cauce para el retorno a una bien entendida perspectiva democrática.

No pasó mucho tiempo y retornó la decepción del pueblo. Nuevamente se volvió a sentir los efectos de su frustración en un periodo tan breve que la semilla de la corrupción otra vez germinó y extendió sus raíces, en cuyo laberinto ya se enredaron algunos que causaron el descrédito de la transitoriedad, sacrificando a funcionarios que en ciertos casos no cohonestaron con las picardías de los menos.

Bien se puede decir con el escritor Elías Neuman que hubo “políticos que tuvieron que irse con el oprobio y la tristeza de no tener de quien despedirse, pero que parecen haber sorteado el aparente infortunio con sus bolsillos repletos, no precisamente de ideas…”. 

En nuestro medio es de sentir cada vez más la relajación en la conducta política de autoridades y legisladores que, como se tiene expresado, ha llegado a prescindirse de ciertos cánones morales que formaban parte del vademécum personal.

La crisis que se vive es la que ya denunció el gran jurista austriaco  Rudolf von Ihering en su obra La lucha por el Derecho. “Vive el mundo nuestro una honda crisis de todos los valores espirituales; se advierte un retroceso peligroso en la contextura moral y de las costumbres, tanto en el dominio individual como en el colectivo; no se vive ni se lucha por el derecho con el vigor y el fervor que merecen los altos fines del hombre y de la sociedad”.

La mediocridad legislativa ha borrado su propio léxico; las expresiones de uso más o menos corriente, han sido sustituidas por la vulgaridad y ordinariez y, con más razón, ignoran los refranes o axiomas que ahora son aplicables y para el caso se citan: 

“La ambición rompe el saco”, “divide y vencerás”, “cuanto más corrupto es el Estado, más leyes tiene” y tantos  otros que los anteriores sirven para recordar a los candidatos que la codicia, la ambición enfermiza, la demagogia y la ignorancia nos están demostrando, amén de lo ya visto, la mínima  competencia para pretender aspirar a un curul.

A veces, se ha dicho que una sentencia o axioma es de mayor utilidad que una enciclopedia. Y, en este tren de lo lamentable, “ninguno advierte que la sociedad lo ha sometido a esa operación aritmética que consiste en reducir muchas cantidades a un denominador común: la mediocridad”, como sostiene el gran escritor José Ingenieros. 

Es desear que las elecciones, bien llevadas, conduzcan a la reducción de la mediocridad.

 Gastón Ledezma Rojas es profesor y abogado.
 

 

 


   

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