Lupe Andrade Salmón

"40 + 300", sin principio ni fin

miércoles, 11 de noviembre de 2020 · 00:11

¿Piensa usted que el título es incomprensible? Pues amigo lector, estamos en lo mismo, ya que no comprendo lo que pasa en el viejo y hermoso camino yungueño que he transitado durante toda mi vida. Se trata de un antiquísimo trazo sin comienzo ni fin definido; un camino histórico de gran importancia económica en pasadas épocas, vibrando aún con ecos de los prisioneros de guerra paraguayos que lo ampliaron a pala y picota.  

Fue camino prehispánico importante, trajinado por recuas de llamas; luego fue camino colonial para mulas de carga, transportando la maravillosa hoja de coca, esencial para el trabajo de campo o en las minas de plata.   Sin embargo, pese a su antigüedad, nadie sabe cuánto mide.  Es un misterio. Por alguna razón “telúrica” ese camino parece crecer y encogerse como chicle o elástico de pantalón, de modo que nadie sabe con precisión cuánto ha avanzado o cuánto le falta para llegar a destino.  

Pasa lo mismo con el tiempo.  Con variaciones que parecen fractales (o cuánticas), no se puede saber el tiempo que tomará subir a 4.670 metros y luego bajar vertiginosamente a 1.200 m.  Ese trayecto fantástico puede durar tres, cuatro, cinco, seis u ocho horas.  El viajero debe tener el alma preparada y traer algo de comida, ya que esos porsiacasos imposibles de vaticinar pueden tenerlo varado de formas impredecibles.

Es un camino mágico, de bellísimas montañas nevadas y bosques verdes rebosantes de pájaros y animales, pero también una vía amenazada por derrumbes, lodazales, pedrones enormes, plataformas desvanecientes y puentes que desafían a la ingeniería tradicional.  No hay letreros que marquen la altura o localidad, salvo en la Cumbre.  Saber dónde uno está, puede ser un misterio más.

El trazo del camino en sí, es tema de novela.  En los muchos años que lo he transitado, he escuchado cientos de promesas de presidentes, prefectos, gobernadores, ministros de Obras Públicas y otras autoridades; he visto repetir el proceso de aparatosas mediciones: con teodolito, con GPS, con haces de luz y hasta con cuerdas.  En los últimos diez o doce años, he visto vestigios de por lo menos cuatro estudios cuyas desteñidas marcas parecen firmas en viejas cartas de amor, variando en caligrafía, color, elemento base y, créanlo o no, distancia.  

Cuando comienza el camino tradicional que divide la ruta entre Nor y Sud Yungas, empiezan las fascinantes numeraciones.  Algunas miden el camino cada cien metros.  Otras, de forma menos regular, quizás por hitos.  Los marcadores de ruta están pintados sobre múltiples materiales: cemento, placas de madera, piedras, y hasta mezclas de yeso o cal.  Todos miden el mismo trazo del mismo camino, pero no son, repito, no son iguales.  No se ponen de acuerdo, quizás por una ignota tendencia de nuestras montañas a encogerse o estirar la cabeza, cual achachilas vivientes.  

En el camino se puede ver el número 200+30, justo al costado de otro que reza 180+20.  Otras dos marcas casi concuerdan, pero están separadas por unos diez metros, quizás por utilizar otros sistemas.

“10+100, 10+200, 10+300” reza una nueva serie de lecturas que acabo de ver, pero allí no acaba la cosa, no.  Súbitamente terminan esos números sin aparente razón, pero luego hay restos de otras numeraciones que también marcaban 100, 200 y 300, aunque no coincidían con la nueva. ¿Por qué? Ni idea. Y, ninguna medición llegó hasta Chulumani.

La mayoría de hitos ha desaparecido con el tiempo, lluvias y derrumbes, pero algunos sobreviven tercamente pegados al cerro.  Ninguno sirvió para nada.  Nada.  El camino, desde el punto de inicio de las marcas, hasta donde desaparecen (misterio también) no ha mejorado ni un ápice, salvo un pequeño trozo maltrecho, pavimentado para complacer a una exautoridad.  Antes, esos números eran marcas de esperanza, pero hoy son sólo tristes testigos de lo poco o nada que sirvieron. 

Pregunto: ¿habrá alguna razón para esto? ¿Qué impide mejorar el acceso a una importante provincia? Pido, ruego al nuevo régimen, al flamante Presidente y al Vicepresidente orgullosamente aymara, preocuparse de una provincia de cultivos y tradiciones ancestrales vivientes.  Y si en el corto plazo alguien vuelve a medir al caprichoso camino, les ruego que sea la última vez,  para una obra real con calidad, como las que existen para llegar hasta Orinoca o Coroma.  Se los ruega una yungueña de alma que quiere transitar deleitada por un camino bien construido, y no por un mito remedido y remendado.

 
Lupe Andrade Salmón es periodista.
 

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