Javier Torres-Goitia T.

Derrota mortal o inicio de recuperación

sábado, 21 de noviembre de 2020 · 00:10

 Los 14 años de gestión totalitaria, que a título de defender algo tan justo, como la exclusión del desarrollo de grandes sectores populares, puso en práctica el abuso de poder y la improvisación de la ignorancia ineficiente en la gestión de gobierno, destruyó las instituciones y frenó todo atisbo de organización política que no estuviera ligada al partido oficial.

La política se convirtió en instrumento de dominación y de desarrollo del culto a la personalidad de quien menos merecía tal distinción. Esas lamentables condiciones que soportamos por tan largo tiempo explican la heroica gesta de “las pititas” que abnegada y valientemente se rebelaron contra el fraude electoral del 2019 e hicieron renunciar y huir hasta México al tirano, quien sin fundamento alguno trata de calificar su vergonzosa huida de golpe de Estado. 

Pero, por otro lado, explica también la incapacidad política de estructurar un frente democrático sólido sobre la base de esa gesta heroica y auténtica movilización social.

 La destrucción política provocada sañudamente por la dictadura totalitaria fue más efectiva que los esporádicos intentos de pequeños partidos y agrupaciones sociales que sobrevivieron a la judicialización y persecución de los opositores. Se impuso así la tesis común a los populistas de sostener un partido único y un culto a la personalidad escalonado desde un jefe supremo, dueño de todos los poderes, hasta los líderes de barrio. Estructura nada fácil de desarmar después de 14 años de abuso de poder.

 Estas circunstancias y una buena dosis de limitaciones personales, producto del individualismo, egocentrismo y miopía social, impidieron construir un frente democrático para sustentar un gobierno de transición. El que ejerció esa función fue desde un comienzo blanco de ataques de propios y ajenos y víctima del peor bloqueo masista y de la pandemia. Aunque la popularizada expresión de @Arias “O nos unimos o nos hundimos” fue aplaudida, nadie fue capaz de construir la unidad para ganar las elecciones del 18 de octubre, teniendo dos tercios de la población disconforme con la gestión masista. 

La inobjetable y contundente derrota electoral traduce una verdad política, que pocos asimilamos y es que más que el número de adherentes a una causa, vale la organización y la disciplina partidaria. Por brillantes que sean los individuos, electoralmente convocan menos que las organizaciones sólidamente estructuradas. En el proceso electoral  pudimos constatar que aquel 20% de indecisos que esperaban votar por quien esté con mejores perspectivas para ganar al MAS, sufrió el impacto de una contienda fatricida con tintes incluso de regionalismos exacerbados, que le hicieron sopesar el riesgo de tener un gobierno débil frente a  bloqueos, marchas y hasta guerrillas anunciadas, y como quien prefiere el mal conocido a lo bueno por conocer, prefirió votar por el MAS. ¿Ocurrirá lo mismo en las subnacionales? 

 Las expresiones conciliadoras del vicepresidente  Choquehuanca e incluso las del propio Presidente fueron como una luz al final del túnel. Sin embargo, el partido oficial sigue dirigido por el jefe más resistido dentro y fuera del MAS  y existe el riesgo que esa luz no sea la del sol iluminando un nuevo día de libertad, con vigencia de derechos, sino la luz artificial de un tren que avanza a gran velocidad en sentido contrario al nuestro, con riesgo de aplastarnos contra los muros del estrecho túnel. Todo puede suceder, pero la capacidad humana tiene recursos inagotables y quizá no volvamos a tropezar con la misma piedra. 

 Podemos observar con esperanza que  el propio Ministro de Justicia  critique que la justicia cambie de camiseta según la autoridad del Ejecutivo que imponga una u otra conducta. Si logramos innovar la justicia de raíz y tener jueces probos, honestos y no serviles habremos dado un paso trascendental.

 Ojalá ocurriera algo parecido en la educación. En cuanto a la salud, tema al que volveremos más extensamente en nuestras próximas columnas, resta hacer comprender que el sistema único actual es demagógico y mal orientado en la tesis totalitaria de partido único. Así como Evo hizo desaparecer el SUMI, desconociendo sus innegables beneficios, el SUS constituye una permanente amenaza contra la seguridad social, la cual para los populistas es mediatizadora de la lucha de clases, instrumento de hegemonía del capitalismo e incompatible con el socialismo del siglo XXI.  

 

Javier Torres-Goitia T. fue Ministro de Salud. 
 

 

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