Evelyn Callapino Guarachi

Todos Santos potosino

miércoles, 4 de noviembre de 2020 · 00:12

Flores, velas, incienso y un cúmulo de recuerdos es lo primero que recibí con la visita de la muerte. Hace más de cuatro meses que convivo con ella porque decidió llevarse a Leoncio, mi padre, dejando en mi mente una nostálgica cueca en acordeón para acompañar mi dolor mientras lentamente lo alejaba de mí.

Es bastante complicado sobrellevar un duelo en medio del caos, por el lado que veo todo está convulsionado. A pesar de todo eso, hay cosas que son bastante fuertes que se mantienen arraigadas en el lugar donde nací.

En mi familia no todos son católicos, hay varias inclinaciones;  sin embargo, algo que aún se respeta son las tradiciones con las que crecí.  

A pesar de las diferentes posturas que tenemos en casa, con mucho cariño y respeto honramos la memoria de mi padre como él nos enseñó y como le habría gustado. Desde niña, con mi familia visitábamos muchas “tumbitas” de familiares y amigos, y él, en particular, siempre lo hacía con mucha fe.

La celebración de Todos Santos está fuertemente arraigada a las tradiciones potosinas y mantiene su esencia con el pasar del tiempo. Está ligada a la muerte, cómo llevan el luto las familias y cómo recuerdan a quien partió.

Este año, a pesar de la pandemia, éstas mostraron su fuerza; ni la inestabilidad  ni el caos en el que estamos pudo frenarlas. Lo que sí se implementó son las medidas de bioseguridad. Potosí es un lugar bastante conservador y este día se vivió con la misma intensidad de siempre.

El 31 de octubre se llevó a cabo el armado de altar funerario, pero no sólo lo hicimos con mi familia, sino ahijados y ahijadas vinieron a acompañarnos. Ellos me decían: “Es un deber venir a armar el altar de mi padrino”. Algunos venían con flores, otros con manteles.

En el centro del altar estaba la fotografía de mi padre, acompañado de un Santo Cristo, velas en candelabros de plata, sus accesorios favoritos, todo esto rodeado de muchas flores. En el costado de la mesa estaban las t’antawawas (pan en forma de personas), vino y comida que le gustaba.

El primero de noviembre, a las ocho de la mañana, empezaron a llegar personas que lo conocieron. Todas nos ofrecían ayuda y lo recordaban con mucho cariño.

Llegó el mediodía, encendimos las velas, rezamos y luego servimos el plato tradicional de este día, que es el Ají de achacana.

A partir de las 15:00 empezó a llegar más gente; entraban y se dirigían al altar, se paraban en frente rezando unos minutos y luego se servían una porción de torta con vino y se despedían de nosotros, diciéndonos cuánto lamentaban la partida de mi padre.

Como forma de agradecimiento por las oraciones, entregamos pequeñas canastas artesanales con “masitas” (sopaypillas, alfajores, galletas, rollos, etcétera).

 En la sala, de fondo, nos acompañaba la melodía de las cuecas en acordeón que le encantaban a él, en medio de murmullos, yo viajaba en el recuerdo y me perdía en su sonrisa que está grabada en mi mente. Así pasó esa jornada. El 2 de noviembre siguieron llegando más amigos y amigas, algunos se quedaron a comer otro plato tradicional de estas fechas, el mondongo. La tumba fue desarmada por personas allegadas y posteriormente jugaron la T’oqola (adobe de barro con un hueco donde se tiene que hacer llegar una moneda). 

Por último, el 3 de noviembre, llevamos todas las flores al cementerio acompañando con chicha; nos quedamos un momento y por la tarde, con cariño, despidieron a todos los difuntos con el “almacacharpaya”, donde es común jugar con tostado y mixtura de colores, que representan alegría y el agradecimiento por la visita de las almas.

Algo que me dejó sorprendida es que es todo una agenda que debe seguirse, son pasos que tienen mucho significado e importancia. Es un ritual que ayuda a muchos de esta religión a sobrellevar su duelo.

Mi experiencia más allá de todo, es que muchos de los amigos, compadres, comadres, ahijadas o ahijados me mostraron otro rostro más de mi padre. Me comentaron sobre cómo lo veían desde sus espacios, y lo agradecidos/as que están con él. Conocí otras facetas de él y me provocó mucha dicha en todo este proceso de dolor que representa su muerte

 

Evelyn Callapino Guarachi es politóloga, docente universitaria y coordinadora de Mujer de Plata.

 

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