Lupe Andrade Salmón

De amor, valor y ritos perdidos

miércoles, 9 de diciembre de 2020 · 00:11

El mes de septiembre pasado, el Día de los Enamorados vino y se fue casi sin que se lo sienta.  Hoy en la primera quincena decembrina, prepararse para una Navidad tradicional parece una locura inaplicable. En tiempos de pandemia y encierro, el enamoramiento con flirteo, flores o chocolates, resultaba tan pasado de moda que parecía estar perdiendo su magia.

¿Cómo se puede ser romántico o tradicional con barbijo por ambos lados?  ¿Cómo se puede halagar a una bella mujer protegida por alcoholes -y no de los buenos-?  Cómo podemos pensar en una Navidad generosa y compartida, cuando debemos seguir encerrados?  ¿Cómo podremos darnos un abrazo de Nochebuena con distanciamiento social?

Los rituales tradicionales han sido sustituido por rituales de desinfección: rociar manos y pies, desinfectar bolsas y zapatos, chocar codos y no rozar manos.   ¿Cómo haremos para reunirnos el fin de año? ¿Cómo estar juntos, pero separados?  Mantener distancias es quizás el peor de los requisitos. Quizás esta Navidad y Año Nuevo nos mostrarán otras formas de cercanía que no sean limitados a la familia.  Por el momento, los enamoramientos están en congeladora.  Las miradas insinuantes son imperceptibles, los susurros se pierden tras las máscaras, las manos no pueden acercarse sin previo uso de un antiséptico, los besos furtivos son imposibles.  

Con la cercanía de Navidad y Año Nuevo, tenemos otros desafíos.  Lo nuevo es peligroso.  O se tiene pareja, o no se la tiene.  O se está en familia, o con amigos, o se está solo, solo, solo.  En el pasado algunos pocos afortunados se vieron en circunstancias de encierro cercano o compartido del cual surgió el amor, pero hoy hasta esos amoríos se ven constreñidos.  Y dentro del afán sanitario y de trabajo virtual donde computadoras y redes ha reemplazado la interacción humana, el trabajo ni siquiera da oportunidades a sonrisas especiales o miradas que indiquen un interés más allá de los informes y memorándums. 

Y para añadir más agua fría al clima poco romántico, la política, (nuevo gobierno, nuevo congreso y nuevo etcétera) se ha entrometido en las vidas de todos.  Nadie puede sentirse del todo seguro con respecto al futuro, aunque lo miren con ojos de esperanza.  La mayoría, hoy, no puede pensar en el mañana sin desconfianza.  Esa inseguridad hace tambalear cualquier romance, debilita cualquier amistad, y el temor, las presiones, las penurias y desconciertos invaden el alma, dejando poco espacio para alegrías, risas o amores intensos.  

La incertidumbre es lo peor.  Con la peste covidiana, nadie tiene seguridad futura; con los cambios y la evidente crisis económica que se avecina, nadie mira hacia el porvenir con ilusión.  Estamos como en un andamio tembleque, tratando de trepar y crear protecciones para el futuro, sin saber con claridad qué nos espera allí arriba, o en la caída.  

Este problema no es boliviano.  Es mundial.  Los países desarrollados como Estados Unidos se enfrentan a peores estadísticas que las nuestras.  Los enfermos son millones; los que mueren, no se pueden contar.  Aquí, nuestro nuevo Presidente tiene una tarea inmensa por delante, sin que el antiguo Presidente pueda o quiera, ayudar a crear paz y seguridad.  

Y, sin embargo, el mañana viene inexorable.  ¿Qué hacer?  Las pasiones de hoy son políticas, no de carne y hueso.   Las angustias son económicas, no pasionales.  Los apetitos son de carne, no carnales.  Todo está cambiado, revuelto, inseguro.  Todo.

¿Estaré equivocada?  ¿No será que se han reforzado algunos lazos y encendido corazones?  ¿Tendremos una generación nueva, gestada y traída a la vida por y en estos momentos aciagos?  Sí.  Es posible que estemos dando la vuelta a una esquina del tiempo que nos obligará a mirarnos en un espejo sin mentiras, donde lo vano o trivial valga por lo que es, y no por lo banal o lujoso que representa.  Es posible que joyas y perlas dejen de brillar, y que mañana brillen las flores, las amistades, lealtades y manos extendidas en señal de unión.  

Es posible, y hasta probable, que podamos ver la esencia del trabajo y de la vida misma de otra manera, atesorando lo auténtico por encima de lo brillante.  Quizás estemos recién apreciando el valor y no el costo; que hallemos el significado profundo de vivencias, amistades, amor y familia.   Cierro los ojos sin poder vislumbrar el mañana, pero allí viene, inexorable.  Hagamos que sea constructivo, hagamos que sea generoso y nos muestre un camino positivo hacia lo venidero.  Los demás es impredecible ¿pero amar? ¡Ah! Eso depende de nosotros.

 

Lupe Andrade Salmón es periodista.

 

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