Max Murillo Mendoza 

Tiempos de pandemia, tiempos de incertidumbre

miércoles, 9 de diciembre de 2020 · 00:09

   Todas las seguridades propuestas por la modernidad se han derrumbado: revoluciones y democracias liberales. Todos los sistemas políticos han sucumbido a la tragedia de la burocracia y la corrupción. Las promesas de entrar a un siglo y milenio distinto, más humano y justo, gracias a las nuevas tecnologías y supuestamente los niveles educativos más altos por todo el mundo, no se han cumplido. Lo que vemos como resultados es todo lo contrario: más pobreza, más marginalidad y total incertidumbre por el presente y futuro de las nuevas generaciones.  

En los últimos años ha crecido por todo el mundo la política turbia, oscura y corrupta. Con ello la economía se ha corroído a niveles insostenibles. Las finanzas y las bolsas de valores gringas  no son de confianza, pues los dueños de esos espacios corruptos ya no son los Estados, sino mafias totalmente desconocidas; con nexos en la política. En suma, al parecer todo está podrido, a lo largo del mundo el desconcierto y la incertidumbre son las monedas corrientes de miles de millones de habitantes.  

Ese escenario apocalíptico se ha fortalecido más con la pandemia en este año. Pandemia que ha destruido los tejidos sociales de las economías; por lo que todo lo corrupto es todavía más fuerte. Pandemia que ha desnudado los fallos estructurales por todo el mundo, sobre todo en sociedades frágiles y sin institucionalidad del Tercer Mundo, donde los sistemas de salud y educativos simplemente se han derrumbado, sin la capacidad de respuesta a las ingentes necesidades de las poblaciones.  

El mundo está envuelto en un manto de incertidumbre, no hay certezas en nada sino en todo lo negativo. La decepción generalizada acorrala al conjunto de las sociedades por el mundo entero. Y es preciso ponerse en campaña para no caer en las tentaciones abominables de la política real. Ya ni siquiera las iglesias y las confesiones sirven de algo, también están corrompidas moral, ética y económicamente por dentro. Han dejado de ser respuestas espirituales, para convertirse en simples mecanismos de engaño colectivo.  

La pregunta es lógica, ante este escenario de Dante. Cuáles son los posibles caminos para frenar ese festín de la maldad, de la corrupción desenfrenada del sistema y de la capitulación de las democracias, que han fracasado y ya no son capaces de dar respuestas, a las preguntas y necesidades de las generaciones actuales. Y quizás las respuestas, algunas, estén en el regreso al origen. Origen de las culturas donde las principales preguntas sobre la vida estaban resueltas.  

La modernidad, que tiene su nacimiento allá en los inicios de la colonización europea, simplemente ha confundido más la existencia humana, prometiendo cielo y tierra; pero sólo dejando tragedias por todo el mundo. Ni siquiera la posibilidad de las revoluciones tecnológicas han sembrado algo de certidumbre. Revoluciones que sólo favorecen a sociedades dispuestas a arrodillarse ante el sistema. Los discursos religiosos de la modernidad sólo son engaños, palabras de endiosamiento a las modas de las nuevas tecnologías; con sus resultados realmente poco esperanzadores y sus lastres por todo el mundo.  

En estos tiempos de pandemia donde el caos es la reina de la existencia, donde las instituciones sólo son adornos de ultratumba, se nota la esclavitud humana. Nadie quiere cambiar nada, sino sólo buscar certezas ante la incertidumbre: en la política o en algo de dónde agarrarse a como dé lugar. Pues la modernidad no tiene respuestas, no tenía como vemos y no tendrá respuestas a las preguntas más complejas de la humanidad. Sólo el retorno a las raíces, al origen de todo lo humano puede tener certezas.  

Las nuevas generaciones están siendo sacrificadas en nombre de dioses viejos, ya sin nociones del tiempo y espacio. Dioses modernos que sólo han servido para encubrir con maquillajes pasajeros, a todo lo más importante de la naturaleza humana: libertad y fraternidad. Pero las nuevas generaciones aun no son conscientes de ese sacrificio. Ni siquiera con los golpes del cambio climático, resultado brutal de la modernidad y sus dioses serviles, se dan cuenta de la tragedia actual. La destrucción humana, animal y vegetal es parte de sus vidas y no causa reacción alguna aun. En fin.  

Estos tiempos de pandemia, donde la incertidumbre se ha apoderado del ser humano hasta el fondo de su alma, es urgente reconsiderar el regresar al principio, al origen de la naturaleza humana. Allá donde la convivencia al parecer era precisamente más humana. Allá donde los Estados apenas eran insignificantes instituciones de cooperación en el trueque social o económico. Allá al principio de las principales preguntas.  

Nadie quiere regresar a las nuevas normalidades, que son las continuidades de la modernidad, las continuidades de la explotación humana y de la naturaleza, en nombre de los dioses progreso y desarrollo. Pero nadie se anima a buscar otras certezas: regreso al origen. Regreso a los ancestros olvidados y enterrados por la velocidad de la modernidad. En fin.

  

Max Murillo Mendoza   es ciudadano boliviano. 

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