Pedro Portugal Mollinedo

¡Descolonizar!

sábado, 1 de febrero de 2020 · 00:09

“No habrá verdadera paz social en Bolivia y construcción de una sociedad integrada y próspera si no hay verdadera descolonización. Resta entenderla adecuadamente”. Así concluía mi artículo del mes de enero en esta columna de opinión. Legítimamente, muchos me preguntaron: ¿Qué se debe entender como “verdadera descolonización”?

El concepto de descolonización se generalizó finalizada la Segunda Guerra Mundial para indicar la independencia de territorios bajo dominio de naciones extranjeras. Tuvo su apogeo en la década de los años  60 del pasado siglo.

Si esa descolonización señala el acceso al poder de pueblos y culturas colonizadas en África y Asia, ¿qué sucede con las poblaciones -ahora llamadas indígenas- en las Américas? El fenómeno local más cercano a la descolonización fue la guerra de los kataris y amarus en el siglo XVIII. Al frustrarse ese intento, cobró fuerza en el continente la acción de un tercer actor: la población criolla. 

La descolonización del siglo XX implica territorios y pueblos gobernados desde una metrópoli, es un poder extraterritorial. Allí donde el colono extranjero provocó la emergencia de una nueva población, de origen europeo pero nacida en territorio colonial, el esquema clásico de descolonización -como en Argelia- peligró.

En América fue pleno lo que en Argelia fue esbozo. La guerra fue de ibéricos contra criollos. Sin embargo, estos últimos no representaban a todos los habitantes y, una vez triunfantes, no lograron sociedades integradas. Esa anomalía hace que el fenómeno colonial persista en nuestros territorios. Para calificarla en los años 80 los kataristas utilizaron el concepto de colonialismo interno.

Si bien el modelo clásico de descolonización no es aplicable en nuestra situación, tampoco lo es el reciente de posturas culturales o de microautonomías locales. El fracaso culturalista liberal -intentado como política de Estado en países de ruptura hacia el socialismo, como hasta hace poco Ecuador y Bolivia- obliga a repensar el problema.

Principalmente, dos aspectos constituyen el fenómeno colonial: la definición del otro por quien detenta el poder y la construcción de un aparato ideológico e institucional para garantizar la vigencia del orden así construido.

En Bolivia el estamento criollo define al colonizado: en determinados momentos es el irracional que atenta al logro civilizatorio; en otros, el depósito de saberes para el solaz espiritual del colonizador. Esta fue la ideología del pasado gobierno del MAS, que cabalgó exitosamente en el mito occidental del buen salvaje, útil -como acertadamente alguien comentó- sólo para quienes no son ni uno ni lo otro.

Lo definitorio en la descolonización no es la percepción del colonizador, sino la del colonizado. Contrariamente a los clichés establecidos, la simple observación nos muestra a los indígenas -en especial aymaras y quechuas- involucrados en el avance tecnológico, la economía contemporánea y las ideologías actuales… pero sin ocupar los puestos a los que sus inquietudes y capacidades les pueden destinar.

Hay ideologías a demoler e instituciones a desestructurar. Ejemplos: la racialización, es decir, roles que determinan funciones a base  de imaginarios racistas. También el orden institucional criollo con el mundo indígena. Lejos de ser solución, las “autonomías” indígenas son un apartheid colonial. 

La “República de Indios” de la Colonia no fue un reconocimiento a la identidad indígena, sino un recurso para establecer el poder ajeno, origen del actual gremialismo en el que el sindicato de minibuseros es el complemento del Colegio Médico de Bolivia: cada uno defendiendo sus intereses sin tomar en cuenta el bien común, ante la inexistencia de una administración digna de ese nombre.

La descolonización se hará cuando las víctimas actúen en consonancia. Y, ahora, es tan interesado en ello el indígena como el criollo y el mestizo. Ese interés común requiere aglutinantes y dirigentes. Ese es el rol del indígena. No del refugiado en el pasado y por ello bullicioso pero inocuo, ni del servil y ubicuo en cualquier espacio que el sistema le ofrece. Sino del rebelde, pero capaz de asumir el reto de formar -por el dominio de saberes y actitudes contemporáneas- nación e interés común: una nueva identidad nacional.

Pedro Portugal Mollinedo es autor de ensayos y estudios sobre los pueblos indígenas de Bolivia y actual director del periódico digital Pukara.

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