Rafael Archondo

Larecaja 188: Siles y Únzaga

jueves, 26 de marzo de 2020 · 00:12

Es 19 de abril de 1959. Han pasado ya casi 61 años de aquel fúnebre pestañeo. Dos hombres que en la década previa partieron juntos al exilio en Chile, abren sus ojos al nuevo día. Es miércoles en La Paz. El sol se alza sin contratiempos y encara a los que salen a misa, pero también a los que han velado armas desde la víspera. Hernán Siles Zuazo ostenta la Presidencia, mientras Óscar Únzaga de la Vega cumple 43 años. Es el jefe de Falange Socialista Boliviana (FSB), aquel grupo de conspiradores, que se dispone a invertir las horas de ese día en poner un alto a los ya siete años de la Revolución Nacional. El Ministro del Interior es Walter Guevara, firme aspirante a la Presidencia en la cadena de sucesión que solo él atesora en la cabeza. De su firmeza aquel día, conjetura, dependerá su designación en las elecciones del próximo año, las segundas bajo la bendición del voto universal. En Londres, Paz Estenssoro guarda otros planes y preferirá repetir.

Cuenta Ricardo Sanjinés Ávila (2013), el mejor biógrafo de Únzaga, que el complot falangista descansa sobre las promesas verbales de dos jefes uniformados, Alfredo Ovando Candia y Julián Guzmán Gamboa. El primero está al mando del ejército, el segundo, del cuerpo nacional de carabineros.  En las agotadoras madrugadas de la conspiración, ambos jefes le han prometido a Únzaga la banda presidencial, y éste, meticuloso, ha completado la nómina de su gabinete. La política boliviana de esos años es urdimbre subversiva en un alto porcentaje. Las elecciones parecen ser sólo un receso entre una conjura y la siguiente.

Falangistas y movimientistas atizan odios homicidas desde 1953, el año del inicial intento de los primeros por derrocar a los segundos. Únzaga dirige con mística obstinada a un grupo de anti-comunistas altamente motivados. Se enfrentan a la maquinaria de represión más sofisticada de la historia, el “Control Político”, una tupida red de campos de concentración, salas de tortura y milicias desbocadas.  Los impulsos alocados de FSB parecían hacerla merecedora de tanta saña gubernamental, pero, a su vez, la crueldad desproporcionada de la Revolución parecía justificar el encono violento de los falangistas.

Aquel abril en 1959 aspiraba a equipararse al de 1952, cuando por primera vez, esos mismos hombres, Siles Zuazo y Únzaga, planificaron un golpe de Estado, en coordinación paralela y engañosa con el jefe militar en uso, el general Antonio Seleme. En aquella ocasión, la fortuna se puso del lado de Siles, siete años después, Únzaga esperaba un vuelco pendular a su favor.  “Bolivianos, la patria se ha salvado. En todo el territorio de la nación hay ahora antorchas encendidas, porque (…) acaba de estallar la insurrección de FSB”.  La voz de Roberto Freire truena desde la cabina de Radio Illimani, la emisora del Estado, que desde las 11 de la mañana está ocupada por hombres armados. 20 minutos después de la proclama, un camión colmado de falangistas se vacía frente al portón del cuartel Sucre. Los atacantes ingresan sin fricción al patio interior.

En su refugio de la calle Larecaja 188, Únzaga ha perdido el apetito y no para de fumar. “En este día glorioso, Bolivia se incorpora para siempre al seno de las naciones libres. Hemos derrocado a la…”. Una franja infinita de ruido certifica que la transmisión rebelde es interrumpida. Mientras tanto, dentro del cuartel Sucre, 30 falangistas controlan a 400 soldados. Los insurrectos abren el arsenal y se preparan para entregarlo a la militancia, que, sumergida en una fiebre de impaciencia, se congrega en dos plazas del centro. Pero, por más que buscan, los asaltantes del cuartel Sucre no encuentran una sola caja de municiones. Víctor Sierra, el único que sobrevive a la masacre, cuenta en el libro de Ricardo Sanjinés, que sólo la ausencia de balas les hizo dar cuenta de que habían caído en una trampa.

A las 12:27 de ese día, el Ejército retoma el cuartel y acaba con la vida de casi todos los sublevados. Al caer la noche, alertados por testigos, los milicianos allanan la casa donde Únzaga se esconde y entrega su vida. 

A tantos años de distancia, las dudas siguen flotando en el aire, ¿por qué Únzaga y Siles no encontraron un modo de convivir y salvarnos de tanta muerte?, ¿por qué la Revolución prefirió el manoseo electoral y el “Control Político” a la edificación paciente de una democracia plural?, y finalmente, ¿por qué seguimos llamando “fascista” a una Falange que no organizó, sino padeció los campos de concentración?

Rafael Archondo es periodista.

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