Max Murillo Mendoza

Crisis moral, crisis ética , crisis de valores

viernes, 3 de julio de 2020 · 01:08

Lo sucedido en octubre y noviembre del año pasado fue la culminación de un cataclismo moral y ético que se cobijó durante más de 50 años de prácticas políticas. Arrasó tanto a gente de la derecha como a gente de izquierdas. Lo increíble de todo eso es que no haya un solo documento de evaluación, de disculpas, de perdón por tantos errores cometidos. Tanto daño realizado al conjunto del país. Por supuesto que lo económico funcionaba de alguna manera. Pero no lo ético, no lo más importante que es la raíz de todo funcionamiento social, colectivo y personal. Hemos visto que la política, y los políticos, fueron la degradación moral y ética más brutal en estos años. Mostrando los imaginarios más insultantes a las nuevas generaciones.

Es nomás increíble que no haya un solo documento de los gobernantes del proceso de cambio, al menos como balance y evaluación de su proceso. Silencio que coincide con las prácticas políticas más tradicionales. A Banzer o García Meza no podíamos pedirles nada, dictadores coloniales como fueron, pues eso era todo. Pero los anteriores del proceso de cambio, supuestamente cabalgaban en los socialismos más humanitarios. Es decir, al menos algo de sentimientos tendrían para decir su palabra, su perdón, al pueblo por los errores que tuvieron. Al parecer estamos pidiendo peras al olmo.

El gobernante que salió del país, dejando casas de farra por todos lados, donde disfrutaba de wiskis de 400 dólares, de todos los placeres del poder, y de otras cositas más del poder, todo con dineros de los bolivianos, pues qué tipo de socialista era? Dicho gobernante que reprimió a los propios indígenas en el Tipnis, y de otras naciones también. ¿Qué tipo de socialista era? Además de toda la estela de sospechas de su comportamiento psicológico con las mujeres, niñas y adultas. Que siempre es el eslabón oculto, hipócritamente por la sociedad, que deja secretos raros desde el poder. Incoherencias ocultas desde el poder, con todos los sirvientes encubridores bajo los discursos más fogosos de revolución y cambio.

Millones de bolivianos creyeron y confiaron en el proceso, como apuesta a modificar el curso de la historia. Apuestas para realmente cambiar las duras e injustas estructuras sociales y económicas de nuestro país. Millones de bolivianos les dieron sus votos para cambiar por fin tanta injusticia, ausencia de instituciones y corrupción generalizada en las esferas del Estado patrimonialista y colonial republicano. Confianza que fue traicionada, dilapidada por los revolucionarios del cambio, que faltos de ética y coherencia, no fueron conscientes del momento histórico que tenían en sus manos.

La ceguera mental e ideológica de muchos de aquellos militantes, entrenados como en iglesias pentecostales, sólo culpaban al imperialismo y sus lacayos de sus fracasos en gestión. Sin capacidad alguna para mirarse y verse en el espejo de su realidad. Es decir sin capacidad de autocrítica y crítica. Por eso prohibieron a los libre pensantes, o pensadores en serio en esas filas. La obediencia ciega a los mandarines del poder, ciega y funestamente totalitaria, como en las lecciones que ya sabíamos del socialismo real de Europa del Este. Ni siquiera tenían esa capacidad de revisar la historia, ni siquiera eso. Las justificaciones triviales como increíblemente caricaturescas, encubridoras de todos los errores del poder, mostraron nomás los mismos patrones de lo que se criticaba del neoliberalismo anterior. Ni siquiera en el estilo se distinguieron.

Lo cierto es que en todos los momentos, de todos estos años, no mostraron algo de coherencia socialista. Coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, como en el caso de Marcelo Quiroga Santa Cruz, por ejemplo. Coherencia que le llevó a la muerte. Los socialistas del proceso de cambio gritaban en competencia patria o muerte: y escaparon rápidamente del país, dejando a los demás enfrentarse a las balas y la represión. Abandonando sus puestos de liderazgo, sus puestos de trinchera en la batalla en serio. Hasta ahí nomás llegó su estatus ético y moral.

Todas las sociedades y culturas del mundo funcionan sobre estructuras invisibles, como importantes, que se llaman valores. Estructuras para ordenar y reordenar los comportamientos humanos  colectivos e individuales. Esos elementos son vaciados en leyes, normas y reglas de funcionamiento colectivo. Al interior de los valores están la ética y la moral, eso vale para los musulmanes, cristianos, budistas, etcétera.  En nuestras culturas tenemos también todo eso: ama llulla, ama qhella, ama sua. Valores que regulan actitudes y comportamientos, siempre hacia el bien, cortando todo lo malo o perverso. Precisamente para frenar a los poderosos y sádicos enfermos del poder. Y el desafío en todas las culturas es que exijamos siempre, por eso las elecciones a pesar de todo, coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

La política actual está degradada, podrida y cínicamente repodrida. Varios de los portadores de ella dejan demasiado y mucho que desear. Coincide su manera de decir y hacer las cosas, con lo que destruyen en el Estado. No hay secretos en la vida dicen los sabios. Sin embargo, hay siempre la gente sana, en medio de las pandemias políticas, la gente consciente y éticamente correcta. Sobre esa base, que por ahora no es mucho, se tiene que rehacer los mecanismos de la política boliviana. Hay que renacer como el ave fénix en Bolivia, porque lo que tenemos y hemos tenido ha sido el ejemplo de todo lo que no se debe hacer, por justicia, por amor al país, por respeto a los muertos y humildes de este país, que sólo exigen coherencia y ética en las palabras y en las acciones.

 

Max Murillo Mendoza es ciudadano boliviano.

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