Pedro Portugal Mollinedo

Copacabana de los incas

sábado, 29 de agosto de 2020 · 00:09

Si existe un símbolo de la identidad boliviana y de su irradiación, es la imagen y el culto a la Virgen de Copacabana.

Ese culto es elemento aglutinador nacional, pero tiene también legitimidad y aquiescencia binacional: boliviano-peruana. Por otro lado, en relación al culto mariano otras localidades llevan el nombre de Copacabana. Existe una en la provincia de Catamarca y otra en Córdoba, ambas en Argentina. En Venezuela, es patrona de la localidad de Guarenas, donde todavía no se dilucida si la copia de la imagen —colocada en la primitiva Ermita de San Pablo— llegó allí en 1607 o mucho más antes, por intermedio del capitán español Sebastián Díaz de Alfaro.

El caso más sugestivo de esta impregnación es el nombre de uno de los barrios de Río de Janeiro, en Brasil: la mundialmente conocida playa de Copacabana. Su nombre se origina en la introducción de Nuestra Señora de Copacabana por mercaderes de plata bolivianos y peruanos; según otra versión, a fines del siglo XVIII el sacerdote Arnedo habría enarbolado un estandarte con el ícono de la Virgen de Copacabana, cuando guiaba a hispanos, indígenas y esclavos africanos expulsados de su primitivo asentamiento por terratenientes que reclamaban para sí esas tierras.

La Virgen de Copacabana es también venerada en otro lugar y con otro nombre. Se convirtió en Virgen de Cocharcas cuando una copia de la escultura de Tito Yupanqui fue trasladada por el indio Sebastián Quimicchi desde Copacabana a las sierras de Apurímac, Perú.  Finalmente, la Virgen de Copacabana es una reproducción de la Virgen Candelaria, pero pocos asocian la primera con la segunda, habiendo adquirido una identidad nueva y especifica.

Este anecdotario es en sí interesante, pero el asunto deviene seductor cuando nos planteamos las razones profundas de esa devoción mariana. 

¿Qué hay detrás del culto a la Mamita de Copacabana? Una explicación la señala como la culminación de la extirpación de idolatrías; la destrucción material e ideológica de la religiosidad andina. Copacabana habría sido antes lugar de culto de una deidad local, una piedra azul con esquemática forma humana. Se habría, solamente, reemplazado una por otra, para comunicar una concepción nueva y, de paso, asegurar la sujeción política de los así mistificados. 

Existen otros enfoques, entre ellos el de Fray Jesús Viscarra Fabre en su libro “Copacabana de los Incas…”. Impreso en 1901 (segunda edición, 2010). Ese libro fue extrañamente ignorado y, cuando no, difamado como “confusión intelectual”, obra de una persona desequilibrada. Ese trabajo es realmente extraño, confuso y polémico.

Basándose en documentos de los siglos XVI y XVII atribuidos al agustino Fray Baltasar de Salas, Viscarra defiende que la religiosidad prehispánica tenía más semejanzas que diferencias con la traída por los españoles. La verdadera “cosmovisión andina” prefiguraría los dogmas portados, después, por los españoles.

Las tesis de “extirpación de idolatrías” obvia la compleja interrelación que hubo entre propagadores y receptores de la nueva religión. Presentando el contexto social y político como batalla de cosmovisiones, se eliminan los aspectos comunes a esas interpretaciones y se incrementan —incluso falsificando— las diferencias entre ambas. Lo curioso es que, al presentar la dimensión religiosa como argucia para el dominio político y social de una de las partes, ¡justamente, se pospone la reflexión sobre la dimensión política y social del conflicto existente!

En la Colonia se buscaba evangelizar a los indios, pero no integrarlos a los grupos de poder. La denuncia y supresión de idolatrías cumplía la función de alejar a los idólatras de las estructuras de control social y político, confortando al grupo ambicioso de encomenderos, cuyo modelo caló el experimento republicano en nuestro país.

Entonces, como ahora, se lesionó la construcción de referentes comunes, sean ideológicos o institucionales. El rechazo a la obra de Viscarra puede entenderse en esa proyección. En la Colonia y en la República se estropeó la creación de una teología local, fomentando el antagonismo entre referentes, uno de afuera y el otro atribuido al ancestro profundo.

 

Pedro Portugal Mollinedo es autor de ensayos y estudios sobre los pueblos indígenas de Bolivia y actual director del periódico digital ukara.

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