Lupe Andrade Salmón

Historia viviente, crisis presente

miércoles, 16 de septiembre de 2020 · 00:11

Nuestra casa yungueña, donde disfruto mi aislamiento, parece ser un lugar más en el área rural. Está en medio de una zona cocalera, tenemos algo de café y viejos huertos cítricos.  La casa es antigua y llena de cicatrices;  los muebles son destartalados.  Aquí estoy rodeada de enseres y cosas viejas que no hacen “juego”.  Una casa para vivirla, sin pretensiones.

Pero pensándolo bien, su fachada desigual y varias veces reconstruida y estos árboles centenarios de raíces retorcidas son parte de una diferente realidad.  Estas paredes de adobe -de un metro de ancho- tienen historia.   Y aquí, como en toda Bolivia, estoy viviendo mi pedazo de esa historia, un poco temerosa, y sin poder vislumbrar ni un milímetro del futuro.

En el jardín hay una pesada mesa de porfirita con una esquina rota, apoyada sobre cuatro gruesas columnas  talladas.  Esa mesa estuvo largos años en la casa de Augusto Céspedes, insigne escritor.  El “Chueco” se la regaló a mi padre, Víctor Andrade, su gran amigo, contándole que la había adquirido de los herederos de Juan Bautista Sagárnaga, un prócer de nuestra independencia, ajusticiado junto a Pedro Domingo Murillo. Dicha mesa tiene, por lo tanto más de doscientos años, y por su peso y tallado, puede haber tenido un pasado colonial.  Es vieja, rota y hermosa.

La casa, en su parte central data de por lo menos 1840, según un inventario fechado y notariado en 1865, que incluye 27 trabajadores aymaras, con precio.  No eran esclavos, exactamente, pero sí tenían precio... y ese precio humano era ¡ay! menor al valor de un “cato” (1500 m2) de cafetal.  Un pasado de belleza y crueldad,  típicamente humano.

Esa existencia que parecía antigua quedó empequeñecida por el descubrimiento que hicimos de restos de un antiquísimo cementerio prehispánico, con restos de las bases y costados de más de una docena de cistas funerarias de piedra, junto a restos de una tinaja mortuoria, típicamente beniana.  No sobrevivió ningún resto o artefacto humano por la humedad de esta zona, pero las  seis enormes piedras, que hoy descansan en el jardín de la casa, son testigos de perdidos ritos ancestrales de inhumación.  Esas tumbas eran de jerarcas, creo, porque esas cistas de gruesa piedra (que no hay en esta zona) pesaban varios cientos de kilos cada una, habiendo sido traídas a lomo humano desde lejanas canteras. Semejante esfuerzo no se hubiera hecho para cualquier persona común, así que tengo libertad de imaginar, además del dolor, la procesión formal de los habitantes de la zona, las lamentaciones rituales, el lento ulular de las tarkas,  y los colores de las ofrendas funerarias depositadas en honor de  quien vino aquí a vivir y morir. 

Pequeños restos de cerámicas prehispánicas, son comunes aquí, en lugares hoy convertidos en huertos.  Algunos todavía tienen la sutil curva, la finura y los restos de engobe de color utilizados por los anónimos maestros alfareros precolombinos.  Sostengo dos trozos en la mano ahora mismo,  de un par de centímetros cada uno, testigos de esta continuidad de vida de la cual soy también parte pasajera.  

Comparo esa continuidad humana con lo que estamos viviendo hoy; sabiendo -en el sentido grande de la historia- que lo que ocurre ahora pasará y será asumido u olvidado.  Nosotros mismos, los que sufrimos por este momento de crisis, somos insignificantes en ese gran marco.  Las historias perdidas así como los relatos transmitidos por padres y abuelos se suman a esos antiguos restos, formando con lo más nuevo un gran diseño continuado cuya trama final no podemos vislumbrar.

Dentro de ese largo panorama de vivencias, estoy segura de que este momento aciago, entre Covid, elecciones y amenazas contra la democracia,  pese a su drama y tragedias humanas, es un pedazo más del camino; otro escalón (o tropezón) en la historia de este lugar, es decir de La Paz, Bolivia a Yunkas,  Kollasuyo, Tiwanaku y más allá.  

Pero precisamente por esa historia, hoy necesitamos actuar, es decir votar con cerebro y corazón, porque esta etapa puede ser parte de una pirámide de logros o un camino de destrucción.  Un voto no significa nada.  Un millón de votos pueden hacer o deshacer lo que llamamos patria.  Si lo hacemos bien, quizás algún día, desde este mismo lugar y perspectiva otros dirán, agradecidos: ¡Esos viejos, ¡qué hermoso país dejaron, qué buen trabajo hicieron!”

 
Lupe Andrade Salmón
es periodista.

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