Ronald MacLean Abaroa

La revolución trumposa

miércoles, 13 de enero de 2021 · 05:08

Si Estados Unidos tuviera el sistema electoral que tiene Bolivia, como el resto de los países presidencialistas, el Partido Demócrata, de votación mayoritaria, hubiera gobernado al menos 16 de los últimos 20 años, pero sólo gobernó ocho. Al Gore y Hillary Clinton ganaron el voto popular y muy probablemente hubieran gobernado sus dos periodos presidenciales, pero ello no sucedió.

La explicación está en el arcaico sistema del Colegio Electoral que tiene EEUU, que no le otorga la victoria al candidato con mayor votación popular, sino que establece que cada estado tiene una cantidad de electores, que es igual a la suma de sus senadores y representantes (diputados). Así, por ejemplo, Alabama tiene nueve electores, California tiene 55 y Vermont, tres. La diferencia se debe a la cantidad de población.

Tras el exitoso gobierno de Bill Clinton (1993-2001), todo indicaba que su vicepresidente, Al Gore, vencería las elecciones de fines del año 2000. Efectivamente Gore ganó el “voto popular”, pero el sistema de Colegio Electoral le impidió ser Presidente. Su situación fue todavía más polémica porque todo indica que Gore ganó el estado de Florida, con lo que hubiera tenido mayoría en el Colegio Electoral. Bush se impuso oficialmente por una dudosa mínima diferencia de 537 votos (0,009%) sobre un total de casi seis millones de votos de la Florida. ​La Corte de Justicia de Florida aceptó realizar un recuento manual, pero la Suprema, que tenía mayoría de magistrados republicanos, ordenó interrumpir el recuento manual de los votos. Con eso, Bush obtuvo los necesarios “votos electorales”, otorgándole la victoria nacional pese a que había perdido con el voto popular.

El problema del Colegio Electoral es que si un candidato gana un estado, obtiene la totalidad de los delegados electorales. Por eso, pese a haber ganado por el 0,009% de los votos, Bush consiguió todos los delegados de Florida y 271 votos electorales en total, frente a los 266 obtenidos por Al Gore. Posteriormente se acusó a Jeb Bush, hermano de George y entonces gobernador de Florida, de haber impedido —usando triquiñuelas— que varios miles de personas, de condados fuertemente demócratas, pudieran votar. Sin esas irregularidades, Gore hubiera ganado en Florida y hubiera accedido a la presidencia.

En las elecciones de 2016, luego de ocho años del gobierno del también exitoso Barack Obama, la demócrata Hillary Clinton ganó la votación popular nacional, esta vez por más de cinco millones de votos que, en un país como Bolivia o casi cualquier otra democracia, le hubiera valido ganar la presidencia. Pero no. Donald Trump logró conseguir una mayoría de los “votos electorales” que le dieron el mando por cuatro tormentosos años que concluyeron hace poco con el intento de rebelión y golpe de estado para subvertir el resultado electoral y aferrarse ilegítimamente al poder. Una suerte de fraude postelectoral.

El partido de Abraham Lincoln, el Republicano, triunfó en la Guerra Civil (1861-1865), salvó la Unión y liberó a los negros, como se les llamaba entonces a los afroamericanos. Era el partido de los liberales, antiesclavistas, del norte. Los Federales del sur se oponían a la liberación de los negros por ser principalmente estados agrícolas y por necesitar mano de obra gratuita y abundante. El Partido Demócrata heredó esa tendencia.

Los papeles se intercambiaron a partir de la Gran Depresión de los años 30, cuando accedió al poder el presidente Franklin D. Roosevelt, Demócrata, el gran estadista electo cuatro veces consecutivas, que recuperó la economía y transformó el Estado creando las más importantes instituciones de bienestar social. A partir de Roosevelt, los demócratas se convirtieron en el partido liberal, heredado por los Kennedy, Clinton y Obama, dejando el papel conservador a los republicanos.

Para ponerlo en sencillo, desde la década de los 30, los demócratas son el partido popular asentado mayoritariamente en el norte y las costas urbanas, y los republicanos el de la aristocracia mercantil, la de “old money”, bien representada por la aristocrática familia Bush, trasplantada de Massachusetts a Texas, donde los republicanos se han consolidado como la fuerza dominante y han irradiado a todo el centro-sur del país; es allí donde la tradición sureña “federalista” —derrotada en la Guerra Civil— se refugia.

Los “padres fundadores” que redactaron la Constitución americana (1776), creadores de la democracia moderna, tenían un gran temor a que ésta fuese secuestrada por una “turba populista”, que el gobierno cayera víctima de los demagogos y que sucumbiera en un régimen de la turba, “the rule of the mob”. Los escritos de los federalistas analizaron esa preocupación y los llevó a idear el mecanismo que evitara caer en el “régimen de la turba”. Ese invento fue justamente el “Colegio Electoral”.

Originalmente esos delegados electorales no estaban obligados a respetar el voto popular de su estado si consideraban que éste ponía en peligro la democracia. Ante esa circunstancia, los estados han legislado para que se respete la voluntad popular, con el modelo ya mencionado que otorga todos los delegados al ganador aún sí su victoria fuera mínima.

Basado en esta controversia e intentando forzar a las autoridades estaduales (recuérdese a Jeb Bush) para que torcieran el resultado del voto popular del 3 de noviembre último, Trump intentó socavar la credibilidad de las recientes elecciones.

Trump ya había perdido el voto popular en 2016 y aún así se hizo de la presidencia, gracias a que logró los 270 votos del Colegio Electoral. En los comicios de noviembre pasado perdió por siete millones de votos, e intentó esta vez anular algunas certificaciones estaduales para tener otra vez mayoría en el Colegio Electoral. No le resultó. Por eso optó por la subversión: el movimiento de una turba racista había sido enardecida por sus discursos incendiarios y polarizantes durante años, lo que terminó en la toma del Capitolio, sede del Congreso de EEUU, el 6 de enero pasado.

Así, pretendió protagonizar nada menos que un golpe de Estado, una revolución trumposa, mediante el asalto de su turba al Capitolio sin descartar que se hubiera podido secuestrar o incluso asesinar al Vicepresidente y otros líderes parlamentarios “traidores” a su causa.

Si alguna vez tenía que ser ejercida la discrecionalidad del Colegio Electoral, como lo anticiparon los “padres fundadores”, para evitar que un populista pusiera en riesgo la democracia, fue al cabo de la elección de 2016, cuando ya estaba claro que Trump era precisamente ese demagogo con ínfulas de tirano que ellos temían.

La democracia estadounidense ha derrotado al autócrata. Veremos si, cual su símil en el Chapare boliviano, no pretende fomentar desde Mar-a-Lago, ese su sueño autoritario tramposo.

Ronald MacLean Abaroa fue alcalde de La Paz y ministro de Estado

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