Erick San Miguel Rodríguez

Trump y la política en Bolivia

miércoles, 13 de enero de 2021 · 05:09

Después de los inéditos hechos del pasado 6 de enero, cuando una exaltada turba, azuzada por el Presidente Donald Trump, tomó el Capitolio en Washington para impedir que el Congreso norteamericano ratifique o certifique la victoria de Joe Biden en las elecciones de noviembre de 2020, han surgido en Bolivia comparaciones con el expresidente Evo Morales. Ambos, a su turno – a decir el ex Ministro de Justicia del anterior gobierno - habrían puesto en vergüenza a la democracia de sus respectivos países.

Las similitudes entre ambos políticos no son recientes. Aunque las distancias son enormes, ambos comparten rasgos psicológicos comunes: magalomanía, egocentrismo, desprecio por las leyes y las instituciones y obsesivo apego al poder. Su estilo oratorio es también similar, con un dedo índice que nerviosamente enfatiza las conclusiones. Todo eso sin olvidar que ambos están peleados con la prensa, en particular con CNN.

Pero los parecidos con los políticos de la derecha tradicional son aún mayores. No se debe olvidar que Donald Trump fue el primer presidente, de los pocos que lo hubieron, que reconoció a la autoproclamada J. Añez y le ofreció todo su apoyo. El gesto fue rápidamente atendido por Tuto Quiroga, a la sazón funcionario del gobierno interino, con un zalamero agradecimiento en su cuenta de Twitter, a quien ahora llama “aprendiz pelirrojo de Evo Morales”.

La victoria electoral del MAS del 18 de octubre, tan inesperada como contundente, dejó a sus opositores sin un libreto predefinido y recurrieron al argumento del fraude electoral, al igual que Trump, sin tener ninguna prueba. Grupos de la ultraderecha, disfrazados como “activistas”, pretendieron tomar la Asamblea Plurinacional con el pretexto de “dos tercios es democracia”; otros, más exaltados, acudieron a los cuarteles para pedir de rodillas golpe militar. Un grupúsculo sentó una vigilia ante la sede del Tribunal Supremo Electoral para evitar la consumación del “fraude”. En Santa Cruz se ensayó un paro un fin de semana con la esperanza de generar una convulsión social como la que había sucedido en noviembre de 2019. 

La poca adhesión a estos actos desesperados generó que estas reacciones fueran menguando paulatinamente. Pero entonces la derecha extrema jugó una última y peligrosa carta. A pocos días de la posesión de las autoridades electas, una Vocal del TSE envió una nota a la OEA – tan explosiva como los tweets de Donald Trump – pidiendo una auditoría especializada, al tiempo que denunciaba la existencia de un bloque de data alterno. La maniobra tampoco prosperó y hoy la Vocal se encuentra procesada y suspendida. 

Mientras tanto los trámites administrativos y legislativos corrieron: el informe final del TSE, la entrega de credenciales a los ganadores, la aprobación de la ley de proclamación de Presidente y Vicepresidente, que por cierto la expresidenta no quiso promulgarla. Fijada la fecha de posesión el gobierno de Añez se empezó a desmoronar a pedazos. Al igual que lo que ocurre hoy en Estados Unidos, menudearon las renuncias de Ministros y Viceministros, otros fugaron a último momento.

En Washington, una vez que la situación fue controlada, reinstalada la sesión de Congreso y oleada y sacramentada la victoria de Biden, parece que Trump finalmente asimiló la idea de que su mandato concluye el 20 de enero. Prometió una “transición tranquila”, pero a la vez anunció que no asistirá a la posesión de Biden: su elevado ego le impide cumplir con el acto formal de entrega de mando. ¿No hay acaso similitud con la actitud de J. Añez que decidió no asistir a la transmisión de mando y a la posesión de Luis Arce Catacora, negándose a entregar la Banda Presidencial que ostentó sin legitimidad ni legalidad alguna?

Las coincidencias políticas e ideológicas de la política de Trump con la derecha tradicional boliviana (Mesa, Camacho, Tuto, Añez) se muestran en mayor magnitud en la posición respecto al gobierno de Maduro, ya que todos ellos se han alineado a la política intervencionista y de reconocimiento del pelele Guaidó (de hecho, el gobierno de Añez recibió a un “Embajador” de este último). Entonces nadie clama por la democracia, uno de cuyos pilares es la soberanía y la no intervención. ¿Cómo puede ser democrático pedir que una potencia extranjera invada un país para deponer un gobierno con el que no comulgan?

El asalto al Congreso norteamericano y hechos posteriores tienen raíces más profundas que simples desvaríos del díscolo Trump. Muestran a una derecha conservadora retrógrada, sin ideas, pero con pulsiones hacia la violencia para imponer sus posiciones y que dejan en entredicho a un país que se precia de tener una de las democracias más antiguas y sólidas del mundo moderno.

 
Erick San Miguel Rodríguez es abogado.

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