Erick Fajardo Pozo

Felipe: Memorias de un "k’ara"

jueves, 21 de enero de 2021 · 05:09

En un espacio de tiempo mítico, entre la insurgencia armada katarista de los 1990 y la irrupción democrática indianista de 2000, entre la edad del Acuerdo Patriótico y la Megacoalición, campeó por la geografía y las narrativas de esa fallida utopía republicana llamada Bolivia un cronopio de nombre Felipe Quispe Huanca. 

En noviembre de 2000, a días de la fundación del Movimiento Indígena Pachacuti, en una elipsis entre la Guerra del Agua y la Guerra del Gas, el entonces máximo dirigente e ideólogo de la Csutcb me aceptó asistir al VII Encuentro Nacional de Estudiantes de Comunicación Social, en la Universidad Mayor de San Simón y exponer ante el foro de futuros comunicadores del país su lectura de la coyuntura desde “la otredad”.

Sería la primera vez que Felipe retornaría al campus de la UMSS después de su liberación de Chonchocoro, donde purgó cinco años de detención por cargos de  alzamiento armado. La agenda pública, marcada por el debate de “las dos Bolivias”, imponía su presencia en el evento.

La intolerancia ideológica – que en el fondo es siempre étnica – operaba en aquel entonces a la inversa, como discurso dominante de un mundo que imaginaba al indio a extramuros del Estado. En contrapunto con el total apoyo a esa “osadía estudiantil” del rector Augusto Argandoña – irónicamente construido como neoliberal por el discurso trotskista –, un tristemente célebre docente de Economía, que solía echar de sus clases a las universitarias recomendándoles “probar corte y confección”, amenazó con procesarme por pagar boletos y alojamiento “a los atracadores de las remesas de la UMSS” (García Linera también participó del evento).

Dirigentes y decanos hicieron airadas representaciones y ejercicios de protesta simbólica por la llegada de ambos. Finalmente se impuso el espíritu universalista del foro universitario y por primera vez, después de la Jornadas de Abril de 2000, estudiantes de toda Bolivia escucharon la versión alternativa al monólogo mediático-académico de caracterización del movimiento indianista como “separatista” o “terrorista”.

De aguda percepción, Felipe no dejó escapar el hostil clima en torno a su llegada a San Simón y espetó una frase que recordaré para siempre: “No puede haber ni diálogo, ni puente, ni tregua – que eran los tópicos del evento – mientras el indio siga siendo recibido como un indeseable en una institución pública”. Dos años después el MIP llevaría a sus primeros seis parlamentarios al Legislativo y tres años más tarde derrocaría a Sánchez de Lozada en las jornadas de Octubre Negro, en el altiplano paceño.

Después de aquello, el evismo-mesismo, con sus singulares “reformas electorales” en porcentajes de representación y distribución de escaños, lograron lo que el neoliberalismo no pudo: asfixiar la existencia político-institucional de la aguerrida lógica aimara. En 2005 el MIP se disolvió y Felipe se mimetizó durante los siguientes 15 años en una contestación obsesiva pero marginal, esta vez a la hegemonía del estado cocalero. 

La pandemia fue en la mente de Quispe apenas otra escaramuza en la resistencia ideológica aymara a toda explicación de mundo venida de Occidente; la reposición del mito del “k’arisiri”, que simboliza la percepción alegorizada de la rapiña sin límites en la relación de Occidente con el mundo andino. Por eso, airado, sentenció en 2020 que “el virus no es para el indio”.

Pero la realidad terminó por fisurar su narrativa de invulnerabilidad étnica, impermeabilizada contra toda evidencia científica. La pandemia trituró letal el mito de inmunidad de la raza aymara y Felipe, el insurgente de los ayllus rojos, no sobrevivió para ver el final de la batalla ideológica póstuma entre su tesis y el virus.

La partida de Felipe marca el fin de una era de resistencia ideológica inclaudicable a toda visión de mundo o racionalidad postcolonial, y es la más importante pérdida para el pensamiento político aimara, después del fundador del Mitka, Luciano Tapia. 

Su epopeya fue – para decirlo en términos de Cortázar – “un dibujo fuera del margen, un poema sin rimas”; el eterno nadar contracorriente de un líder y una nación que nunca se imaginaron parte ni de la utopía republicana, ni de la plurinacional.

 

Erick Fajardo Pozo es máster en Comunicación Política y Gobernanza por GWU.

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