Jorge Patiño Sarcinelli  

El cóndor para un cóndor

viernes, 22 de enero de 2021 · 05:10

Ha muerto Felipe Quispe, el Mallku. No han faltado los comentarios sobre su figura histórica y el significado de su accidentada vida política; la mayoría enalteciendo sus logros y virtudes y dejando para futuras ocasiones el análisis de sus errores y defectos. La historia dirá que hay de condenable, perdonable y elogiable en esa vida que acaba de terminar.

Ha dejado de existir un hombre. Es un momento siempre solemne; el de la despedida final y a los muertos les debemos el respeto de la serenidad y la austeridad en los juicios. Es el momento de despedir a un hombre que luchó por cambiar nuestro país “para que su hija no fuese sirvienta de nadie”; la de él ni la de ningún boliviano. 

Estas palabras del Mallku han hecho historia y si tuviésemos que elegir las grandes frases de nuestro pasado, la de él sería sin duda una de ellas, junto a “Que se rinda su abuela, carajo”, “El país se nos muere”, “La tea que dejo encendida nadie la podrá apagar” y otras que perduran en la memoria colectiva. 

Entre estas, la más poderosa y la más significativa es la del Mallku porque captura un ideal; una reivindicación de cambio social para mejor. Una aspiración concreta en lo que demanda y abstracta en su ambición transformadora. No hay ahí desazón ni esperanza paciente, sino amargura rebelde.

No es una frase bonita ni altisonante como las otras, y no ha sido pronunciada para que lo fuese. Es una frase desgarradora que duele porque nos recuerda una deuda secular, y ha sido dicha justamente para que incomode, que duela, con bronca, con esa que viene de la indignación profunda, con la convicción de quien siente el derecho a una reivindicación; no en el calor fácil de un momento o de un discurso, sino como el sentimiento de generaciones oprimidas y humilladas que no quieren darse por vencidas, como diría Silvia Rivera. Los que no lo hemos sufrido, no podemos decir que la comprendamos en toda su dimensión, pero si eres boliviano sabes que ahí sangra una herida nacional.

¿Quién podría elogiar o aprobar todas las acciones y palabras del Mallku? Sin embargo, el que quiera juzgarlo en su justa perspectiva debe ponerlo, no en la categoría de los hablistanes, oportunistas de última hora ni políticos de carrera, sino en la de los luchadores dedicados a la causa de construir un país más inclusivo. Se equivocó seguramente en palabra y obra muchas veces; luchó mucho, acertó poco, logró poco. ¿Quién tira la primera piedra?

Es muy posible que si él hubiese llegado a encumbrarse en el poder, este hubiese hecho en él los mismos estragos morales que hemos visto en otros. Pero eso es solo una hipótesis y no se juzga a nadie sobre ellas. Al momento de partir seguía siendo él mismo, duro, incansable, radical, y en un mundo populista la autenticidad vale oro, aunque esté adornada de equivocaciones.

Han propuesto que se otorgue al Mallku el Cóndor de los Andes. Si vemos la lista de los galardonados, a Domitila Chungara y a Ernesto Cavour les vendría bien la nueva compañía, pero me pregunto si Felipe Quispe hubiese querido recibir un tan desgastado y republicano galardón y verse al lado de Teodoro Obiang y Nicolás Maduro, nada menos. 

Si queremos homenajear al Mallku, mantengamos su memoria haciendo que su nombre viva donde es más cálido el recuerdo; en boca de todos. Propongo que se nombre la autopista de El Alto, avenida Mallku Quispe. Es ya hora de borrarle su pasado banzerista. Con el tiempo, olvidaremos el sobreprecio y aprenderemos a usar el nuevo nombre. 

El Mallku no ha visto realizado su ideal, pero no podemos decir que haya fracasado. Seguimos fracasando todos. Las luchas grandes como la que encierra la reivindicación de su famosa frase son de generaciones, pero, para usar la palabra consagrada, esa tea sigue encendida, y de tumbo en tumbo, como hacemos todo, un día llegaremos ahí. 

El Mallku ha atizado el fuego que no nos permite olvidar la necesidad de un cambio para mejor y nada más eso lo hace merecedor de un lugar en la memoria nacional. Paz en su tumba, dignidad en su memoria.

Jorge Patiño Sarcinelli  es matemático y escritor.
 

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