Lupe Andrade Salmón

Aprendiendo de las llamas este 2021

miércoles, 6 de enero de 2021 · 00:11

En la primera semana de una nueva década, lo obvio sería escribir sobre el horrible 2020 y las dificultades con que nos amenaza el 2021.  Temas  que no me da la gana abordar.  Sabemos cómo nos fue, y sabemos que enfrentamos un futuro incierto.  Me niego a aumentar esa carga emocional.  

Por lo tanto, queridos amigos, hagan caso omiso de ese primer párrafo y acompáñenme en un viaje de fantasía hacia el pasado de esta nación y el futuro que puede estar esperándonos.  Y no se rían ni pongan cara de desagrado.  Lo que digo, lo digo en serio.  Este año, es posible aunque difícil que – como humanos- doblemos la esquina para dirigirnos hacia la luz, dando la espalda al temor y la incertidumbre, pero esta columna es sobre Bolivia, ese rinconcito especial que nos vio nacer y nos cobijará cuando estemos flotando en el infinito.

El 2020, el planeta se encontró en un infierno sorpresivo.  Cientos de millones de personas sufrieron y millones murieron de una plaga bíblica.  Hubo y hay hambre, dolor y muerte por doquier.  Sin embargo, aceptar la mala suerte inevitable no ayuda en nada.  Propongo, al contrario que como bolivianos, pensemos en lo que ha sido y puede ser nuestro destino y que tomemos como ejemplo de sobrevivencia a nuestro animal paradigmático: la llama.

Lo digo en serio.  La llama es el animal perfecto, útil desde las pezuñas hasta las orejas.  Todo sirve: su lana, su cuero, su carne,  fuerza, aguante e inteligencia.   La llama, camélido auténtico, soporta días enteros sin agua o comida; viaja largos trechos con carga, no necesita pastor y es fiel a su amo, pero sabiamente.  No se deja matar de agotamiento como los insensatos caballos; no necesita enormes cantidades de forraje como las vacas, no es tragona como los cerdos, no necesita pastor como las tontas ovejas.  De viaje por lugares fríos, se acercan unas a otras, compartiendo su calor hasta con su dueño. Su cuero protege y abriga, su carne alimenta, y su mirada de grandes ojos serenos, nos dice que hay algo más allá, más profundo que una simple vida sin sueños.

La llama sabe quien es su amo, dónde queda su corral, dónde pastar, aunque fuese paja brava.  No desperdicia nada.  Como su estiércol es combustible de alto rendimiento, lo deposita en un solo lugar para fácil utilización.  La llama trabaja, es decir lleva carga,  pero no se deja abusar.  Si se le pone demasiado peso, se echa al piso y no se mueve hasta que la carga sea redistribuida.  Si se la quiere obligar a caminar demasiado, hace lo mismo, negándose al abuso.  Golpearla es tan inútil como insultar a las montañas.  Eso lo saben ellas y sus dueños, de modo que la convivencia es de respeto mutuo, dentro del marco de lo posible.  

Bolivia ha pasado por épocas peores.  Esto les dice quien ha vivido largos años con ojos abiertos en este país, que ha sufrido con él y que conoce sus virtudes y defectos.  Afirmo, por ello, que el inicio de una nueva década puede y debe llevarnos a ser mejores, porque somos resilientes. Luego de que Chile nos arrebató el mar, o luego de la Guerra del Chaco luchada en contra de enormes intereses económicos ajenos, nos levantamos y sobrevivimos como nación.  Hoy, nuevamente podemos mantenernos de pie y avanzar en nuestro camino de desarrollo y bienestar.  Unidos.  

Al ser un país pequeño en población y economía, pero grande en recursos naturales y potenciales, Bolivia tiene ventaja sobre países que deben alimentar, cuidar y gobernar a cientos de millones.   Aquí somos 12 millones de bolivianos (menos que la población de Sao Paulo).  Tenemos grandes bosques, montañas, valles, recursos naturales, ríos, lagos, altiplanicies y enormes pampas deshabitadas.  Lo que nos falta es trabajo, acción coordinada, decisión, sacrificio (palabra gastada, admito, pero real en este caso) y disciplina.  

Así deberíamos ser como nación, avanzando con la frente alta y apoyando la construcción de una Bolivia antigua y nueva, que hoy -obligada a cambios inmensos en su accionar- deberá encontrar un forma justa y generosa, dejando odios y angurrias en el pasado junto al horroroso Covid.  Que el 2020 quede sólo como recuerdo, como enseñanza de que el mundo sufrió por no tener disciplina, hermandad, generosidad o consciencia. Para ello, propongo que aprendamos –como nación- la lección de cómo ser útiles e inteligentes como las maravillosas llamas. Adelante pues, Bolivia: ¡esta podría ser nuestra gran oportunidad!

 

Lupe Andrade Salmón es periodista.
 

 

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos

29
4

Otras Noticias