Jorge Patiño

Ivermectina, libertad y liderazgo

viernes, 5 de marzo de 2021 · 05:09

En estas semanas hemos visto en las páginas de opinión de este medio un interesante debate sobre las bondades de la Ivermectina como remedio contra el coronavirus. Siendo este un problema tan álgido, todo debate al respecto es útil. 

Además de la relevancia del tema este debate es notable porque en él se han enfrentado dos personas que merecen el respeto general por sus respectivos calibres intelectuales; el Dr. Fernando Patiño en el área médica, y el doctor Roger Cortez como intelectual y político, y no por eso menos médico. 

Lo que yo piense de la cuestión de fondo, es decir, si la Ivermectina ayuda o no a prevenir o curar la Covid-19, es irrelevante. Cuando se trata de cuestiones médicas, soy apenas un lector que reconoce que es atrevido opinar desde la ignorancia. 

Sin embargo, la efectividad de la Ivermectina no es una cuestión más; en ella se juegan salud y vidas y si hay algo que ha caracterizado esta pandemia es la cantidad de preguntas en las que la ciencia patina. 

¿Dónde se originó el virus? ¿Cómo te contagias? ¿Se contagian igualmente personas de todas las edades y razas? ¿Los vacunados siguen siendo transmisores? ¿Hay recontagio? ¿Qué pasará con las nuevas cepas? ¿Hay alguna droga que ayude a prevenir o curar la enfermedad? Y otras.

Hay epidemiólogos que tienen respuestas para todas estas preguntas, pero la sensación que tiene el público, o yo al menos, es que ellos son como los economistas, entre los que siempre encontrarás quien defienda A y quien defienda B. La prensa que divulga todo lo que dice alguien con mandil blanco es en parte responsable por esta ensalada de dudas, pero hay que ponerse en su lugar antes de criticar.

Vivimos en una época de crisis de autoridad y todas las verdades han sido igualadas por abajo. Cada uno es libre de creer en la verdad que más les guste entre todas las que les presentan la prensa, la publicidad o Facebook. Pero esa libertad de creer lo que a uno le dé la gana tiene sus riesgos. 

Cayendo en ella, alguien podría creer que la tierra es plana, que el agua es hecha de oxígeno y cloro o que Cristóbal Colón era andaluz. Ningún artículo de opinión, por mejor escrito que esté, podría por si solo convencer a esa persona de su error en apenas mil palabras. Ante la imposibilidad de verificación directa, cada uno debe elegir en quién creer.

Con la medicina la cosa es aun más complicada porque todos hemos pasado por la experiencia de curarnos de algo con una receta de la abuela o de sufrir en las manos de un galeno que no le achunta. 

La medicina ha evolucionado mucho desde Hipócrates, pero sigue siendo una ciencia imperfecta que trata con seres únicos, lo que da pie a que florezca una medicina paralela basada en pociones de moda o seudociencia. Como hay males que se van solos, no hay quien no haya curado alguna dolencia con aspirina, cloroquina o agua bendita, confirmando sus bondades.

Antes la gente depositaba su confianza en la palabra de alguna autoridad; el cura, el maestro o el sabio que la mereciesen, y se dejaba guiar por sus opiniones. Esto no bastaba para generar consenso y una sana disidencia siempre ha existido sobre muchas cuestiones, pero ahora la dispersión es total; es un vale todo, y pesan igual la calle y la ciencia, el dizque y los hechos.

Esta crisis de autoridad, la proliferación de verdades como resultado de la fragmentación de los medios y la irrupción de la redes sociales como guías de opinión coinciden en un momento en el que es notable la ausencia de grandes líderes en todo el mundo. Es tentador juntar estos fenómenos en uno solo, pero afirmarlo sería caer en el error que critico; así que lo dejo como tema de reflexión. 

Nunca han faltado los vendedores de elíxires mágicos para conservar el pelo o el vigor sexual, pero excepto ante los crédulos que los compraban, ellos pasaban por p’ajpakus. La legitimación de verdades golondrina ha permitido que ahora se vendan polvitos milagrosos con etiqueta impresa. 

Nada se puede hacer; cada uno es libre de elegir la poción con la que se quiere engañar o matar.

 
Jorge Patiño es matemático  y escritor.

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