Pedro Portugal Mollinedo

El antirracismo indeseable

miércoles, 7 de abril de 2021 · 05:09

¿Hay algo más noble que obrar por la fraternidad entre los seres humanos? La perniciosa creencia en la superioridad “natural” de unos sobre otros contradice ese esfuerzo. 

El racismo es una conducta desatinada, basada en prejuicios y aprensiones, sostenida en un orden social y en aparatos institucionales e ideológicos. En realidad, es una construcción social pues, como lo señalaba atinadamente Nelson Mandela: “Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel. La gente aprende a odiar…”.

Al ser el antirracismo un esfuerzo social, su efectividad depende de lo certero que sean sus iniciativas y acciones. Existen sociedades contemporáneas en las que el racismo era característica constitutiva. Reformas institucionales, políticas y sociales han reducido ese mal a proporciones congruentes. Su desaparición total depende de cambios sociales e institucionales globales.

Existen también sociedades en las que el antirracismo es palabra movilizadora de moda, pero que en los hechos consolida y fortalece el racismo que pretende combatir. Tal es el caso en Bolivia.

Nuestro antirracismo dominante es eco deformado de las modas vigentes en los países “altamente desarrollados”. Es resonancia abollada del lenguaje políticamente correcto, del revisionismo histórico en todas sus facetas y del culturalismo occidental. En esas latitudes, es efluvio de cambios estructurales que sí modificaron las relaciones interraciales; o es extravío de radicalismo liberales en su afán inmolatorio por quebrar las bases civilizatorias que les dio origen. Una u otra: es producto y consecuencia de su propia historia y cultura.

En nuestro caso solo suele ser rebote en élites que las utilizan para perpetuar su dominio sobre la sociedad en que se enseñorean. Por ello, estas élites no tienen empacho en caer en contradicciones y discordancias. Cuando entre 1550 y 1551 se enfrentaron en Valladolid Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda sobre la naturaleza de la imposición colonial sobre los indios, las élites criollas afincaron su legitimidad en las tesis de Ginés de Sepúlveda, quien justificaba la sujeción indígena a la supuesta diferencia del indio. Las Casas abogaba por la igualdad. Ahora, el discurso de moda de las mismas élites es la diferencia del indio. 

Esas contrariedades revelan un hilo conductor: La hegemonía racializada de una parte de la sociedad boliviana sobre la otra puede esgrimir cualquier discurso, incluso uno que superficialmente parezca antirracista.

Ese antirracismo perverso adquiere formas perfectamente distinguibles. Una es escudarse en la abundancia de disposiciones legales, simple palabrería legalista que no logra impedir la realidad que se pretende penar. Es la forma contemporánea del colonial: “La ley se acata, pero no se cumple”. 

Otra, es usurpar la palabra del racialmente discriminado al definirlo, caracterizarlo y determinar sus opciones de liberación. Así, quienes más escriben y claman contra la discriminación racial, suelen ser aquellos que pertenecen al mundo que precisamente discrimina y excluye. No se trata de vilipendiar la libertad de pensamiento y de creación, pues ese antirracismo no es ejercicio literario, ni libertad de pensamiento: 

Es una práctica de dominio, que no busca la libre perorata, ni solamente satisfacer el ego de quien tiene el valor —aparentemente— de remar contra corriente, sino dictar las recetas para dar fin a esa situación. Claro que esa prescripción es de por sí inválida, pues la fórmula está contaminada por el ambiente que patrocina, financia y valora esa producción, ¡espacio en el que justamente está ausente el racialmente discriminado!

Banalmente, la discriminación racial se expresa en la ausencia del discriminado en los círculos de poder y de predominio. Todo aquello que mantenga esa situación, así sea con discursos halagüeños o con fogosas denuncias, es, simplemente, una manifestación más de racismo. Esta situación desaparecerá —la historia así nos lo ha demostrado— si el racialmente discriminado empieza a asumir poder y puede desenvolverse en cualquier ambiente y círculos que lo desee o sea necesario. Es decir: el tema es estructural, social y político, no literario ni esotérico.

 

Pedro Portugal Mollinedo es fundador de Pukara y autor de ensayos y estudios sobre los pueblos indígenas de Bolivia.
 

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