Lupe Andrade

In Memoriam de aquellos a quienes no pudimos decir adiós

miércoles, 9 de junio de 2021 · 05:11

Si hace veinte años alguien hubiera planteado la posibilidad de una pandemia como la de hoy, hubiéramos creído que era una novela de ciencia ficción.  Este azote de hoy, una plaga sin origen definido, sin tratamiento conocido, sin cura certera, si vacuna infalible, misteriosamente transmitido por aire, contacto y respiración; sin bacterias, sin elementos microbianos conocidos o detectables; un enemigo invisible, agazapado y rastrero, que ataca silenciosamente sin dejar rastro, nos tiene a todos de rehenes.  Este enemigo hubiera sido imposible de concebir, y mucho menos en una dimensión global donde no se libra ni el más fuerte, o más veloz, inteligente o hermoso.  El dinero no protege, y menos aún la pobreza.  Muere el anciano, el joven, el deportista, así como el desvalido.  Nadie está libre del peligro.

Nos aislamos, nos alejamos y vivimos atemorizados.  Nos auto-encarcelamos.   Este enemigo invisible es horroroso, y se torna en algo peor aún, porque no es predecible, filtrándose por Dios sabe qué rendijas, obligándonos a escoger la eremita y la soledad por encima de amistad, trabajo, amor o deseo.  Estamos cada vez más solos en cuerpo y alma.  Como una tormenta impredecible, el Covid lanza ataques invisibles por doquier.  Ya vamos u largo trecho en este viaje oscuro… sin garantías ni seguridad.  Hoy, no es mi meta sembrar temor o desesperanza, solamente escribo en letras adoloridas lo que todos vemos, sentimos y sabemos.

Sin embargo, no debemos rendirnos.  Si lo hacemos buscando sobrevivir en reclusión total, sea como eremitas o encerrados por el terror a la muerte, estaremos tomando caminos de encuevamiento y retroceso.  Y no hay receta segura que garantice que cuando abramos las puertas, que sea a u retorno a la normalidad.  ¿Entonces? De esta tragedia planetaria deberá surgir, con nuestra ayuda, una nueva luz, un diferente amanecer, una distinta y más amplia forma de pensar y actuar.

El mundo nos está diciendo algo inmensurablemente importante: quizás nos pide pensar en la humanidad como una sola entidad, donde se debe proteger a todas las razas y condiciones, sean blancos, negros, tez de bronce o marfil.  Los humanos somos todos vulnerables; todos compartimos el mismo planeta, la misma genética profunda, y a la larga correremos la misma suerte porque este virus maldito nos está demostrando que juntos podemos morir, o juntos y de formas solidarias podemos sobrevivir, intentando crear un mundo protector y no un planeta suicida.

¿Imposible? Puede parecerlo, pero no lo es, y la alternativa es terrorífica.  Y sí, se puede lograr.  De este flagelo podemos salir renovados.  De la Peste Negra medieval, surgió el Renacimiento; de los horrores de la Primera Guerra Mundial salió un mundo industrializado; de la Segunda Guerra Mundial salió este mundo moderno, con la computación que nos da comunicación universal, y el hoy ubicuo y esencial Internet.  La humanidad pudo sobreponerse a la tragedia y seguir adelante.

Sí, pero la pandemia del Covid es diferente, y debemos reconocerlo.  No tiene límites ni fronteras, y hoy está arrasando por toda nuestra geografía humana.  Hoy no hay continente, región, zona o país libre de la muerte covidiana (y de sus posibles sucesores o variantes).  El panorama es sombrío, terrible.  Este es un desafío inédito, inesperado, insondable, que nos pone frente a un espejo despiadado y nos obliga a mirarnos y ver toda esa vanidad que nos hizo creer que podíamos ser invencibles.

Y amigos y lectores queridos, desde el fondo de este abismo debemos rescatar nuestra humanidad, utilizando toda nuestra fuerza para ser disciplinados, creativos y valientes.  Debemos seguir las reglas, respetar las normas y cuidar al prójimo como a nosotros mismos.  De aquí no podremos salir solos; este es un caso donde el plural es esencial: o vencemos unidos, o caemos en un abismo insondable.  Cada uno muere solo: esa es la eterna y trágica realidad, pero vivimos juntos.  Dependemos unos de los otros.  Si lo hacemos con generosa e inteligente disciplina, sobreviviremos juntos para disfrutar de mejores tiempos.

Por ello, amigos, entrando en el terreno de lo mundanal, no quiero saber de fiestas y farras desafiantes.  No quiero saber que se promuevan grandes manifestaciones políticas, o sectarias.  Quienes llaman a este tipo de acción, sean líderes o seguidores, son o serán asesinos en potencia o realidad.  La política o la farra no ofrecen inmunidad a quienes en escenarios masivos, desafían al destino.  Seamos sensatos y generosos con nuestros cuidados.  Busquemos el bien ajeno, tanto como el propio.  Y un día bendecido, podremos nuevamente abrazarnos libremente, intercambiar palmadas y besitos, bailar, comer, reír juntitos, apretados y felices.  Si hoy somos disciplinados, mañana podremos soltar las riendas y vivir libres, riendo a carcajadas en agradecimiento a la vida, que podrá continuar mañana si es que la cuidamos hoy.

 
Lupe Andrade es periodista.
 

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