Lupe Andrade Salmón

Tumbas de papel

miércoles, 7 de julio de 2021 · 05:11

¿Necesita usted fotocopias de su CI para trámites? Seguro que, como ciudadano disciplinado, usted las entrega sin titubear.  Somos sumisos, aún ante ideas anticuadas, requisitos inútiles y caprichos burocráticos que complican los trámites.  No protestamos ni cuestionamos.  Por mi jubilación, presento, mansamente, dos fotocopias cada mes a un Banco, luego coloco tres firmas en un formulario que se divide en partes, y por alguna razón me devuelven una parte firmada por mí, por si yo necesite algún día comprobar que sí, cobré y firmé el bendito papel.

No puedo cobrar sin fotocopias firmadas ante testigo. Simplemente no puedo.  Pero me pregunto: ¿Si hubiera un problema, no bastaría con el número de CI y la huella dactilar en Identificación?  ¿Para qué, exactamente, necesitan las famosas fotocopias?  No creo que sea por causa de bandas de ancianos que amenazan la banca con bastones y cucharones, o que atacan masivamente al sistema de seguridad social.  Debe haber una mejor razón, porque está claro que ese acopio de fotocopias resulta ser carísimo para el usuario y para el gobierno mismo. 

Hice unos cálculos básicos de peso de papel, volumen y costo, y he comprobado que un jubilado gasta entre 26 y 28 bolivianos anuales en esos papeluchos.  No parece mucho.   Pero multiplicando ese monto por aproximadamente 165.000 jubilados en Bolivia (cifra reciente), los jubilados erogamos un mínimo de  4.460.000 de bolivianos anual.  Cuatro millones y medio de pesos bolivianos, sólo en fotocopias.   Las fotocopias de la Renta Dignidad y otros rentistas añaden más millones de hojas y bolivianos a las cuentas.   ¿Y el peso, y volumen? Cada paquete de 500 hojas pesa más de un kilo y esas hojas ocupan un espacio considerable en archivo, y cada archivo requiere de todo un sistema de gestión de almacenamiento y remisión.  

No soy financista, pero algún lector conocedor de finanzas podría hacer un cálculo mejor del costo a la nación de esta fiebre de fotocopias y pasármelo y llegará a mis lectores a través de este medio, para simple confirmación de lo que escribo. 

Se necesitan fotocopias para trámites del Serecí, para permisos de conducir, para fiscalías y juzgados (cada caso, y a veces cada audiencia, según el humor del fiscal o juez), para notarías, para licencias de conducir, trámites de viaje al extranjero,  viajes al interior (menores de edad), ciertos servicios de salud, y para que se rasquen la cabeza quienes tienen que remitir todo ese papelerío.  

Y recuerden, amigos, éstas son fotocopias, no documentos originales.  No tienen verdadero valor legal, pero ocupan espacio, tienen costo y requieren espacio de almacenamiento, cada vez en mayor cantidad. ¿Qué haremos con el paso del tiempo? ¿Acabaremos enterrados en papeles? Nadie sabe el uso que les dan, nadie sabe de su almacenamiento, y menos disposición.  ¿Las queman?  ¿Las disuelven?  ¿Las muelen?  ¿Qué se puede hacer con millones y millones de fotocopias? 

 

Pregunté las razones en diversos lugares y ocasiones.  Nunca conseguí datos oficiales, pero la respuesta común fue “por si acaso”.  ¿Por si acaso? Me pareció una locura, pero no dije nada.  Sin embargo, recientemente en la farmacia exigieron fotocopia de CI para una receta presentada y dejada allí en el original, con nombre del médico, sello y firma.  Fue la gota que acabó con mi paciencia. Pronto pedirán fotocopias para entrar a cualquier oficina pública y para inscribir los hijos en el colegio (ya se las necesita para inscribir a los jóvenes en la Premilitar).  Lo único que falta es que para acceder a un mingitorio público se requiera presentar fotocopia del Carnet, aunque allí, por lo menos, podrían reciclarlas en algo útil.  

Ruego a quienes manejan estos sistemas: basta de ineficiencias. Sean modernos, sean sensatos, déjennos vivir y dejen que las fotocopias mueran en paz en sus tumbas de papel.

 

Lupe Andrade Salmón  es periodista

 

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