Lupe Andrade Salmón 

Porque me da la gana

miércoles, 4 de agosto de 2021 · 05:11

¿Hace cuánto tiempo que usted, lector amigo, no hace algo porque se le antoja, o simplemente porque sí? Es decir: ¿Cuándo hizo algo “porque le dio la gana”?  Apuesto a que hace rato esa frase no aplica a su vida.  Esta pandemia nos ha arrebatado muchas cosas: ir de pronto al cine, hacer una fiesta bailable; salir sin parecer de la banda de Pete el Negro; abrazar, besar, sonreír y que nos sonrían.

La pandemia nos ha coartado acción, pensamiento, deseo y ejecución.  Las máscaras, sprays, o frascos de desinfección de todo tamaño nos han convertido en una nueva variedad de alcohólico-dependientes.  Y lo de hoy es más constrictivo que un mero vicio: es una obsesión mundial omnipresente y forzosa.  No podemos salir ni entrar, no podemos viajar, no podemos hacer la menor transacción sin pre y post desinfección alcohólica.  

Sueño con volver a un mundo pre-covidiano, pero aunque pasan días, semanas y meses, parece imposible.  No sabemos cuándo, ni cómo será la nueva normalidad de un planeta lastimado por un virus “malditango”, como dirían en Santa Cruz, y por sus nefastos parientes Delta, Gamma o hasta Zeta. 

Sin embargo, la pandemia también nos ha enseñado a ser más humildes y más humanos.  Ya nadie piensa que somos invulnerables; sabemos que el daño al medio ambiente, el cambio climático y la basura en tierras y mares son elementos destructores que tienen efectos impensados.  Estamos viendo que sí, el peligro nos acecha.  Sabemos que tenemos que poner nuestra parte para que el renacer de la industria y el comercio traigan cambios protectores, desde la base.  

Poco a poco, cautelosamente, algunas personas están estirando la mano y el pie para intentar salir de la concha, pero todavía no lo hacemos sin riesgo, sin costo, o sin miedo.  Sabemos que casi todo lo material puede reemplazarse con el tiempo, pero eso no es igual con vidas perdidas que no podemos reemplazar, y nadie que lea esta columna, nadie, repito, ha estado ni está libre de perder a un padre, una madre, un esposo, una pareja, una hermana, amigos y más.  

También hemos perdido el tiempo vivido. Si tratamos de recordar qué cosas positivas y nuevas hemos logrado en estos más de dieciocho meses de encierro enmascarado total o parcial, podemos quedarnos quietos, con la mirada perdida, sin respuesta.  Más bien, nuestra visión interna se ha ido limitando por máscaras, desinfecciones, puertas y ventanas cerradas.  Haga la prueba, querido lector.  ¿Qué puede poner en la lista de cosas bellas logradas, o que le han sucedido y donde ha participado?  Debe haberlas, sí, pero por el encierro, probablemente no suficientes. 

Usted y yo, estimado lector, debemos agradecer que hemos sobrevivido siendo un poco más tolerantes, más cálidos, valorando la vida de una nueva manera.  Yo agradezco haber podido hablar con ustedes a través de este maravilloso medio, aunque fuese sobre nuestra soledad compartida.  Así estamos: renuncié a muchas cosas, demasiadas para mencionar.   Usted, ¿qué cosas o personas tuvo que abandonar?

Todos compartimos frustraciones, pero estamos tímidamente comenzando a recomponer nuestras vidas, pedazo a pedazo.  Vemos a una antigua amistad, o dos, o tres.  Hasta allí, bien.  ¿Fútbol de domingo? No. ¿Reuniones rockeras?  Tampoco. Los feriados vinieron y se fueron sin ruido.  ¿Matrimonios?  Postergados o celebrados sin celebración.  ¿Velorios y entierros? Demasiados, y sin que podamos despedirnos. Todo lo logrado fue cauteloso, y pedaleamos la vida a toda fuerza sólo para mantenernos en el mismo lugar. 

Usted y yo estamos bien.  Una bendición. ¿Qué más?  Honestamente... eso no es lo mismo que ser o hacer algo más allá de lo “bien nomás”; hay que crear, inventar, aportar, ceder a la fantasía, o tener un antojo especial... y cumplirlo.   Quiero volver a los tiempos en que hacíamos cosas porque sí.  Lo repito: los invito a hacer algo viejo/nuevo hoy y mañana ¡simplemente porque nos da la gana!

 
Lupe Andrade Salmón  es periodista.

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