Lupe Andrade Salmón

¿Cuán cerca estamos del cielo?

miércoles, 1 de septiembre de 2021 · 05:11

Hace poco discutía con un  amigo, afirmando que  La Paz está mucho más  cerca del cielo que su  ciudad norteamericana, ya que  llevamos 3600 metros de ventaja.  No acepta mi argumento, diciendo  que puede plantar unos frijoles  mágicos, pero creo que vale la pena  añadir otros factores a tan seria  discusión. 

Primero, el invierno paceño es  asoleado, bello, con cielos azules  y aire un poco ralo pero puro, sin  esa contaminación de gasolina y  goma quemada, mezclada con  escape de calefacción, que convierte  a muchas ciudades gringas  en lugares grises y tristes.  Tan común es el problema allí  que lo llaman Síndrome SAD  (por el cambio estacional), y recomiendan  encender muchas luces  para combatir la depresión  invernal. Luego, les aseguro que  los frijoles, por mágicos que fuesen,  no pueden crecer miles de  metros hacia el infinito, en cambio  nosotros, apenas caminamos  unas cuantas cuadras cuesta  arriba, sabemos que nos acercamos  al cielo de manera real y  mensurable. 

La primavera y otoño en La  Paz, también vienen con pocos  cambios, y solamente en el supuesto  “verano” estamos sometidos  a días nublados y lluvias  frecuentes que por otra parte,  son bienvenidas para parques y  jardines. Los frijoles mágicos no  hacen falta aquí, ya que trepar al  cerro más cercano nos lleva hacia  el cielo de forma muy efectiva.  Miro por una ventana hacia las  torres de El Alto, y las veo con  cristalina claridad.

Miro por  otra ventana, y veo agradecida a  la Muela del Diablo mostrando  sus increíbles colores de arcilla  natural, aunque un par de feos  edificios me tapan al Illimani, y  hoy la expansión urbana está  violando la belleza natural de la  Muela misma. ¡Ay! 

Pero el cielo paceño y el Cielo no  son lo mismo ¿cierto? Aún así, aquí  estamos mucho más cerca de ese  Cielo, el de las historias de San Pedro  con sus llaves, y casi puedo oír  a los ángeles cantando gloriosos  himnos matinales, junto al coro de  gorriones, picaflores, chiguancos  y otras avecillas simpáticas. Las  gaviotas andinas de las riberas del  Choqueyapu elevan sus blancas  alas en hermosos giros, y hasta el  halcón que hace su nido en el edificio  del frente despliega majestuosidad  en su vuelo mortífero al  cazar palomas. 

Los árboles y flores de la Plaza  Roma dan un hermoso toque  verde al paisaje. Todo tan real,  tan cercano, tan auténtico. Aún  las pequeñas casitas casi incoloras  que trepan los cerros hacia la  vecindad de El Alto tienen gracia,  demostrada en la valentía de  sendas y aceras empinadas que  desafían a la gravedad misma. 

He pasado largas temporadas  este año en Yungas, en un espacio  hermoso que me permite ver  al Mururata con sus alas nevadas,  cada mañana. Sin embargo,  la vida valiente demostrada por  los paceños, su ingenio en construir  (con frecuencia sin total legalidad)  en lugares insólitos, y  de mirar hacia el sol paceño con  esperanzadora mentalidad, es  único, casi solamente reservado  a esta ciudad cercana al infinito,  pegada a su tierra multicolor y  aficionada a derrumbarse en los  momentos más inesperados. 

Quien no ama a La Paz, no tiene  alma aventurera. No tiene pies  valientes para acometer subidas  y bajadas, no tiene piel resistente  ante asoleadas fuertes o lluvias  inesperadas, no tiene ojos generosos  para apreciar la valentía de  quienes treparon empinadas laderas,  creando pasajes y graderías,  desafiando hasta la Ley de  Gravedad para construir casitas  de apariencia imposible. 

Lugares semi-escondidos como  El Montículo, la Calle Jaén, o  las gradas que bajan de Miraflores  hacia la Zona Sur, merecen un  pensamiento agradecido. Para  muchos jóvenes calacoteños, no  existe más que ese sector y “El  Centro”, un epíteto no siempre  favorecedor. La Paz tiene mucho  más que ofrecer, les aseguro. Camine,  mire, agradezca a los antepasados  que desafiaron mil obstáculos  para crear una ciudad  única. No se quede “plano” en la  plana Zona Sur. Hay lugares maravillosos  que explorar y le prometo,  apreciado lector, que me  agradecerá la idea y el impulso. 

Lupe Andrade Salmón  es periodista 

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