Max Murillo Mendoza

La modernidad en cuestión

jueves, 23 de septiembre de 2021 · 05:11

La modernidad fruto de una mentalidad concreta, de una cultura concreta y de un desarrollo económico social a partir de la civilización occidental, que partió como epistemología y cosmovisión allá en el siglo XVI, está hoy en debate y crítica por todo el mundo. Sus resultados negativos son demasiado evidentes: destrucción de la tierra, contaminación ambiental, crecimiento de la pobreza, desestructuración social por todas partes del mundo.

Los inicios del siglo XXI no son precisamente de esperanza, sino todo lo contrario. Pues el modelo de la modernidad, con sus pilares clásicos de desarrollo y progreso, al parecer ha llegado a su fin y ya no pueden responder a las complejas demandas de todas las culturas del mundo. 

La modernidad sólo ha servido para la satisfacción de un pequeño puñado de élites gobernantes, a lo largo del mundo. La modernidad ha seducido a todas las ideologías y, por supuesto, que ha penetrado todos los pensamientos y modelos económicos del mundo. Se ha adueñado de las costumbres y cosmovisiones culturales. Ciertamente su atractivo de progreso, expresado en tecnologías de punta, en cemento por doquier, en carreteras modernas, en definitiva en mentalidades supuestamente civilizadas y portadoras de modernidad.

Pero hasta hoy, es un modelo excluyente de miles de millones de habitantes en el mundo. Porque en sí mismo ya sabemos que es un modelo elitista, y su característica básica económica es la explotación destructiva de la naturaleza en función del crecimiento infinito. 

Los economistas conscientes saben que el crecimiento infinito es insostenible, porque simplemente es la destrucción salvaje de la naturaleza. Sin embargo, la economía sigue siendo el suicidio colectivo mundial más racional y civilizado posible. Los números de los cálculos científicos desde hace mucho tiempo nos dicen que estamos destruyendo el medio ambiente; pero la humanidad no es capaz  de frenar dicho suicidio colectivo. Por ahora no tenemos modelos alternativos al sistema imperante, sólo en teoría y laboratorio de pruebas. Por ahora la destrucción de nuestro hábitat mundial sigue nomás en curso. 

Las élites del mundo ya disfrutan de las nuevas tecnologías fruto de las revoluciones industriales, como la robótica, las nanotecnologías, las tecnologías de la información y todo  lo que se llama transhumanismo, es decir la unión de la biología y la robótica cibernética. Están ya muy cerca de conseguir la inteligencia artificial. Lo paradójico de estos fascinantes avances es que la pobreza y la miseria no paran de crecer y profundizarse. Las desigualdades sociales son el rostro inhumano de la modernidad. 

Definitivamente se agigantan los abismos entre países ricos y pobres. Sobre todo entre élites súper pequeñas y todo lo demás, que somos las inmensas mayorías mundiales. Las noticias cotidianas están llenas de tragedias humanas a lo largo del mundo: migraciones hambrientas del sur hacia al norte, miles de muertos ahogados en todos los mares del mundo por alcanzar las fronteras de los países ricos, millones de desplazados por sequías o inundaciones por el cambio climático, pandemias mundiales, crecimiento de la criminalidad, etc.

La tierra se ha convertido en un valle de lágrimas, que no es para nada un lugar del goce espiritual humano. La tierra es un planeta donde el sálvense quién pueda es el lema más aceptado, frente al goce del modelo de un pequeño puñado de élites en el mundo. 

Así nomás son los resultados de la modernidad. Evidentes y absolutamente claros que no hay duda para afirmar ese rotundo fracaso. Dicha crisis sistémica no tiene respuestas alternativas aún. Sino como posibilidades en algunas propuestas como el Vivir Bien, todavía en el imaginario del pasado, que fueron paradigmas distintos de desarrollo de nuestras culturas ancestrales. Barridos y marginados en los siglos de triunfalismo de la modernidad: colonialidad y repúblicas neocoloniales. 

Pero lo ético y moral tienen que pasar a la ofensiva en todo el mundo, para no dejar que las lógicas de la muerte se impongan sobre los sueños de esperanza de la humanidad. Lo que implica exigir a las ciencias de toda índole volcar la torta, para realmente crear e inventar nuevos modelos de convivencia humana, nuevos modelos de economía que no sean destructivos y antihumanos como los actuales. Nuevos modelos de las ciencias, más holísticas y humanas, donde por fin el centro de atención sea la naturaleza y lo humano como parte de ella, no sobre ella. 

Insistiendo. Los resultados de siglos de desarrollo y progreso son brutales y destructivos, del entorno natural como del espíritu humano. La naturaleza humana es totalmente individualista y egoísta, pues la modernidad rompió con la comunidad y lo colectivo de la humanidad. En suma, el modelo del sistema nos conduce al suicidio total como a la destrucción del hábitat animal, vegetal y humano. Revertir siglos de ilusión modernista, destructiva del medio ambiente y climático, no será un desafío sencillo. Las nuevas generaciones tienen en sus manos y mentes, semejantes desafíos. El fracaso de las anteriores generaciones ya es un hecho histórico. Hay que volver a empezar, volver a caminar para reconstruir el espíritu humano hacia la convivencia pacífica y civilizada, es decir anti moderna. 

 

Max Murillo Mendoza  es ciudadano boliviano

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